MUJERES DE PAPEL
En Navidad recordamos momentos del pasado, con sus tristezas y alegrías. También es una buena ocasión para recuperar algunos tebeos. Los dos son excelentes, los publicó Ponent Mon en 2019 y se escaparon a mi radar.
KELLY GREEN
Stan Drake y Leonard Starr
Ponent Mon. Madrid, 2019
272 páginas, 32 euros
Uno ya lo conocíamos en parte, Kelly Green. Se publicaron varios de sus álbumes serializados a principios de los ochenta, en Totem y revistas similares. Este volumen los agrupa todos, incluso los que permanecían inéditos por aquí ¡y además en B/N! Este último dato es importante porque nos permite disfrutar con claridad del fenomenal trabajo de Stan Drake, uno de los grandes en el terreno del cómic realista.
La serie tiene su miga porque ofreció al dibujante la posibilidad de quedarse a gusto después de toda una vida dibujando las aventuras de la comedida Juliet Jones. Aquellos de ustedes que la hayan leído recordarán lo entretenidísima que era la serie, un culebrón con desventuras amorosas y tramas sin fin con las que resultaba imposible aburrirse. Y además con el prodigioso trazo de Drake, de quien se cuenta que dibujaba tan bien los pelos de las chicas porque se había casado con una rubia, una morena y una pelirroja. El buen señor debía tener muchas pensiones que pagar y además ganas de dibujar bellas señoritas sin contención alguna. En ese momento entró en escena su compañero de estudio Leonard Starr, escritor y dibujante de Mary Perkins on Stage, otra tira de prensa de la que hablaremos algún día. Le ofreció colaborar con él en un jugoso proyecto internacional. Los cantos de sirena de Dargaud incluían la tradicional ligereza francesa en cuanto a la representación del cuerpo femenino se refiere. Así que Drake se zambulló en el proyecto, trufándolo de secuencias con la protagonista y otras muchas comparsas ligeras de ropa y con pocas inhibiciones. Hoy en día más de una erudita de nuevo cuño se sentirá tentada a hablar de la cosificación del cuerpo femenino y todas esas mandangas. En el contexto de la época, aquellas historias resultaban liberadoras. Recuerden: no teníamos Internet. Y Kelly era una empoderada “avant la lettre”. Una viuda de dudoso pasado que hablaba sin tapujos del sexo y que sobrevivía con ingenio en un mundo muy masculino. Al releer sus aventuras es posible que algunos aspectos hayan envejecido un poco, pero los argumentos son tan sólidos como atractivos. Del dibujo de Drake ya no se puede esperar más, es fenomenal ¡Qué pelos dibujaba este señor! Es uno de esos tebeos que hay que tener.
También “Regreso a Belzagor”, la adaptación de Silverberg a cargo del equipo formado por Thirault y la dibujante Laura Zuccheri. No he leído la novela original pero esta adaptación me ha gustado tanto que me la he pedido para Reyes. El argumento es
La Cúpula. Barcelona, 2019.
124 páginas, 17 euros.
MUJERES LIBRES Desde que abandonara “Odio”, la serie con la que se hizo popular en los noventa, Peter Bagge se ha dedicado a narrar las vidas de algunas mujeres realmente interesantes.
Y no demasiado conocidas. O, al menos, no son las mismas que aparecen repetidamente en esos libros para niñas empoderadas que colonizan las librerías infantiles. Cierto es que algunas de esas biografías están bien. Sobre todo las de la brillante Pénélope Bagieu, que recientemente presentó “California Dreamin’”. Da la sensación de que preparaba una de sus breves historietas para “Valerosas” sobre Mama Cash, una de las cantantes de The Mamas & the Papas. Y que se enamoró del material y lo dejó crecer hasta que se convirtió en una novela gráfica. Su dibujo mantiene la fuerza habitual y, como siempre, narra con fluidez y desparpajo. Si acaso, toda la parte de psicodelia y adicciones varias resulta un poco cansina, pero en general es muy recomendable.
Volviendo a Bagge, es justo reconocer sus esfuerzos documentando personajes controvertidos y que requieren de una laboriosa investigación. En algunos casos ese trabajo se concreta en obras tan redondas como su cómic sobre Margaret Sanger. En cambio sus aproximaciones a Zora Neale Hurston o a Rose Wilder Lane son más irregulares, pero no perderán el tiempo si las leen. Al contrario, están llenas de información sorprendente y amena. Lo que ocurre es que en ocasiones es tal la cantidad de personajes y hechos que se incluyen que la narración se resiente.
En el caso de Rose Wilder Lane la sensación es agridulce. Por un lado abruma el caudal de referencias históricas, con hechos como la hambruna soviética o la masacre armenia despachados en pocas viñetas. Por otro, esa misma velocidad acaba desequilibrando una obra que transmite cierta sensación de urgencia. Bagge tiene mucho que contar pero no dispone del espacio suficiente. Los pasajes más cotidianos, con la protagonista discutiendo con su madre, sus novios o sus amigas, están entre lo mejor de un torrente vital que las viñetas apenas consiguen contener. Por cierto, la protagonista es la hija de Laura Ingells. Ese nombre evoca inmediatamente la serie que en los setenta rellenó no pocas tardes de domingo: “La casa de la pradera”. Un culebrón que primero fue novela para transformarse mucho más tarde en ficción televisiva. En el apartado de notas se incluye una foto del padre real de Laura y el de la tele, el peludo Michael Landon. Como suele decirse, cualquiera parecido con la realidad es mera coincidencia. Bagge explora muy bien la relación de la heroína con su madre, que le pasó sus novelas autobiográficas donde contaba su infancia en la durísima frontera americana. Rose corregía los manuscritos y
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EL ORIGEN DE CORTO MALTÉS
Díaz Canales y Pellejero continúan narrando las aventuras de Corto Maltés, un personaje a quien descubríamos en “La balada del mar salado” flotando en medio del océano y amarrado a unas tablas.
Su creador, el difunto Hugo Pratt, nunca explicó cómo había llegado allí. A partir de esa anécdota se construye esta tercera colaboración entre el guionista Díaz Canales y el dibujante Rubén Pellejero. Sus anteriores entregas han constituido un éxito tanto entre los lectores tradicionales como entre aficionados más jóvenes, que se convierten en seguidores de Corto tras descubrirlo en estas nuevas aventuras. No participo del entusiasmo generacional hacia un héroe que siempre me ha parecido demasiado listillo y distante. Con todo, puedo reconocer que esa frialdad y la contención narrativa de Pratt agraden a muchos, que parecen disfrutar con una saga llena de referencias literarias y de ritmo característico.
De nuevo destaca el trabajo de Pellejero. Podría considerarse que en su voluntad de permanecer fiel al original traiciona su propio estilo, ofreciendo un producto por debajo de sus capacidades. Su punto de vista es otro. Con otros rasgos Corto dejaría de ser reconocible. Lo mismo pasaría si no empleara algunos de los recursos narrativos clásicos de la serie, como esas panorámicas contemplativas con las que cierra casi todas las planchas. O ese tiempo de más que notamos en los conversaciones y los cruces de miradas. El dibujante no siente que le estén forzando a adoptar un estilo con el que no se identifica. Al contrario, afirma estar disfrutando con un trabajo que además de
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Penguin Random House. Barcelona, 2019.
152 páginas, 17,90 euros.
BUÑUEL CONTRA PAPÁ NOEL
Un viejo chiste cuenta la historia de unas cabras que se encuentran en el campo. Una de ellas mordisquea un trozo de película y una compañera le pregunta: “¿Qué tal la peli?”. A lo que la primera responde “La novela era mejor”.
En este caso el origen de “Buñuel en el laberinto de las tortugas” no es una novela sino una novela gráfica, escrita y dibujada por Fermín Solís. Y no puede decirse que las viñetas originales fueran mejores que su adaptación cinematográfica. La presencia del también dibujante de comics José Luis Ágreda, en este caso como director de arte, aporta una estilización a los personajes principales de la película que rebaja agradablemente el grotesco tono del original. También se han suavizado las gamas de color y se ha reorientado el argumento. Por supuesto la historia inicial se mantiene.
Se cuentan los pormenores del rodaje de “Las Hurdes. Tierra sin pan”, el famoso documental que Buñuel rodó entre su primera etapa, surrealista y parisina, la de “El perro andaluz” y “La edad de oro”, y la mexicana comenzando con “Los Olvidados”, que rodaría muchos años después. La pregunta que subyace es porqué el director pasó del formalismo inicial a la agitación social que en teoría suponen “Las Hurdes”.
Lógicamente, la presencia del documental adquiere más importancia en el filme que en el cómic. Se entremezclan fragmentos de la película de Buñuel con recreaciones de su rodaje. Algunas se corresponden con las escenas más salvajes de la cinta, sobre todo aquellas que no serán del agrado de los animalistas, como la del burro masacrado por las abejas o la de las cabras.
Las últimas aportaciones al mercado americano del asturiano Javi Rodríguez certifican lo mucho que ha mejorado su arte. Página tras página demuestra su sabiduría narrativa con estructuras tan eficaces como innovadoras.
Cuando empezó creo que nadie habría apostado por la carrera que ha conseguido desarrollar. Compañero de Germán García,Javi era quien tenía un dibujo con menos posibilidades. Así, aunque ambos comenzaron compartiendo esfuerzos en el ingrato campo de la autoedición, García enseguida consiguió introducirse en el mercado americano, dibujando “X-Men” primero y “Superman” después. Luego desapareció, pero esa es otra historia. Mientras, Javi se había atrincherado en “El Víbora” donde firmaba series costumbristas como “Paraíso”. Su dibujo, muy limitado y lleno de carencias, no le presagiaba un gran futuro. Pero consiguió meter la patita en los U.S.A. trabajando como colorista. Así nos lo encontramos en el “Daredevil” de Samnee y Waid, donde también dibujó algunos episodios. Yo debo reconocer que no lo vi. Estaba cegado por el brillante estilo de Samnee, sintético y elegante y sin duda uno de los mejores artistas de comic en la actualidad. Pero es que la labor de Rodríguez ya estaba bien. Sus estructuras habían mejorado y su color se diferenciaba rotundamente de lo habitual. Amante de las gamas ácidas, sus tonos siempre van cargados de sorpresas. Sus cromatismos son tan expresivos como narrativos, su color nunca es decorativo.
Desde entonces no ha parado y sus últimos encargos se merecen una revisión. Creo que todavía no le han emparejado con un guionista a la altura de sus capacidades pero en gran medida no importa. Con sus aportaciones consigue que las historias que ilustra parezcan mejores. Eso le pasó con su fascinante recorrido por “Spider-Woman”, donde los episodios del embarazo y el parto de la superheroína son impagables. Y la calidad no baja en los capítulos que siguen. Dennis Hopeless firmó los argumentos. Conviene recordar que el propio Rodríguez se encarga de colorear muchos de sus entregas. Y que se agradece y mucho la presencia de Álvaro López a las tintas. Cuando cede los trastos de entintar a otros autores la calidad se resiente. Pero el equipo López-Rodríguez es perfecto.
Recientemente volvían a demostrarlo en “Exiliados”, colección de la que han aparecido dos volúmenes (sin contar los de anteriores equipos creativos). El guionista es Saladin Ahmed, aunque en algunos episodios comparte el crédito de la escritura con el dibujante. Así que vayan sumando: dibujante a lápiz, colorista, guionista ¡y también un portadista más que decente! La cosa va de viajes en el tiempo, un asunto que siempre se presta a la acción desenfrenada y a una cierta sensación de todo-es-posible-ya-con-otro-salto-temporal-lo-arreglamos. Los continuos saltos de escenario aseguran el lucimiento del dibujante. La trama presta cierta atención a los personajes y consigue ser bastante entretenida.
Dejo para el final lo que me parece su trabajo más llamativo, su participación en la “Historia del Universo Marvel”. Otra vez de la mano de Mark Waid, su guionista en “Daredevil”. Rodríguez acepta un desafío que en el pasado habría quedado en manos de bestias como George Perez o Jose Luis García López. Páginas y páginas en las que se amontonan héroes de diferentes épocas y donde se nos explica la intrincada historia del cosmos marvelita. En mi caso me ha permitido ponerme al día respecto a las últimas incorporaciones y movimientos dentro de una maraña de personajes que no deja de crecer. Me sitúo fácilmente en algunos pasajes mientras que en otros intento asimilar los cambios. Afortunadamente se acompañan estas historietas con una pequeña guía que define a cada protagonista, explicando su origen y fecha de aparición, algo realmente útil. Lógicamente, la tarea de un dibujante en un producto de este tipo es descomunal y especialmente compleja. No solo porque debe representar centenares de héroes que han de identificarse a la primera. También porque apenas hay una acción propiamente dicha y las planchas corren el riesgo de quedar reducidas a bellas ilustraciones sin continuidad ni coherencia. El artista se las apaña para conseguir unas imágenes muy dinámicas y trasladar la sensación de que “pasan cosas”, de que estamos ante una verdadera narración y no una acumulación de bonitos cromos.
Así es cómo llegamos al meollo de la cuestión. El dibujo de Rodríguez ha mejorado, de eso no cabe duda. Se acerca al modelo Kirby, un estilo no del todo realista ni del todo caricaturesco, con caras y cuerpos en ocasiones arquetípicos pero funcionales. Ya no tiene nada de qué avergonzarse, ha ganado mucho en movilidad y en las actuaciones de sus protagonistas. Pero ese no es el terreno donde realmente marca la diferencia. No, el motivo por el que voy a prestar atención a partir de ahora a todo lo que publique es su increíble puesta en escena. Cada página es una lección de narrativa. Algunos dibujantes lo intentan aquí y allá. Rodríguez no, vemos cómo de una manera constante y sostenida busca fórmulas que le permitan animar sus planchas. Conocemos a los padres y abuelos de esos recursos. El tatarabuelo es por supuesto MacCay. Pero no hace falta recordar al pequeño Nemo. Yo mencionaría en primer lugar a Steranko, a quien se nota ha analizado en profundidad. También a Gulacy, Luca Gianni, Ware o Aja. Y lo ha hecho bien. Considero que algunos de los últimos experimentos narrativos fallan por un motivo: se imponen al relato. Se mantienen como un artificio que sobrevuela la historia, desconectados del alma de la narración. Como lectores se nos impone un recurso que es aparentemente muy ingenioso pero que en la práctica resulta inútil al cargarse el ritmo. Es difícil definir cuándo ocurre esto y cuándo no. Si pienso en una comparación cinematográfica podría mencionar la actitud de Hitchcok, que dirige la mirada del espectador guiándole de forma absolutamente seductora. Pero también ha habido una enorme cantidad de autores pretenciosos que han intentado imponernos sus formalismos y solo han conseguido aburrirnos.
En fin, el caso es que Javier Rodríguez se ha lanzado a la construcción de estratagemas visuales que consiguen llevar sus planchas a otro nivel. Cuando creíamos que lo habíamos visto todo él nos demuestra que quedan muchos recursos por explorar y que algunos son tremendamente entretenidos. Seguro que muchos les sonarán de la paleta de trucos de otros autores. Pero a mí me cuesta recordar quienes son los que los están empleando con la naturalidad y frescura que él demuestra.
Los ejemplos son muy numerosos pero voy a citar unos pocos. Al final de “Exiliados” acumula una serie de splashs presididas por las siluetas de los héroes. En su interior distribuye pequeñas viñetas que cuentan historias. En el episodio oriental de la misma serie encontramos un formalismo que emplea a menudo: la repetición de un personaje que se desplaza por un fondo que ocupa la página, señalando diferentes tiempos. Incluye una versión muy sofisticada de ese procedimiento en el episodio de los piratas.
En una apabullante doble página el malo atraviesa un barco mientras los héroes intentan detenerlo. Rodríguez distribuye los bocadillos de forma que guían al lector de la esquina inferior izquierda a la derecha, sazonados con pequeñas viñetas insertadas y otras ocurrencias muy ingeniosas. En “Spiderwoman” la plancha en que intenta evitar que los huéspedes de un restaurante coman carne humana es antológica. También la doble en que se fuga de la gasolinera. Son planchas inteligentes, chulas, muy visuales y en absoluto pretenciosas. ¡Toda una novedad!
INMORTALES CON MUCHA MARCHA Greg Rucka firma un guión trepidante que el argentino Leandro Fernández eleva a un nivel superior. A partir de una excusa argumental aparentemente simple levantan un trepidante y arrollador espectáculo visual.
Esta es una de esas obras que obligan al lector a preguntarse: ¿qué habían hecho antes estos dos tíos? Yo nunca le había prestado demasiada atención al guionista, pero prometo revisar sus trabajos anteriores. El dibujante había colaborado con Ennis en varios episodios de Punisher y allí ya demostró su talento, aunque con un estilo diferente, no tan simplificado, y una puesta en escena más contenida donde primaban las omnipresentes viñetas horizontales.
La cuestión es que aquí firman una obra que encuentra en la sencillez su mayor virtud. No quiero decir que el argumento carezca de profundidad. Al contrario, parte de una premisa que Rucka no intenta explicar, un auténtico McGuffin que funciona a la perfección. Se trata de un grupo de inmortales que se van encontrando a lo largo de los siglos, sobreviviendo al fallecimiento de todos sus familiares y amigos. Al final, viven juntos como grupo y se las apañan para cargar con una experiencia vital que les lleva en muchos casos a desear un descanso que nunca llega.
Al contrario que en la inefable película de Christopher Lambert, estos inmortales no intentan matarse entre sí sino que se comportan como una auténtica familia, cuidando en todo momento unos de otros. A partir de esa idea el guionista se las apaña para introducir algunas reflexiones sobre el sentido de la vida o nuestra relación con los seres queridos, entre otros asuntos no menores. Pero no es eso lo que percibe el lector. Al contrario, la estructura dramática se construye sobre una cacería, con un villano que desea descubrir el secreto de los protagonistas y los acosa. La heroína, una auténtica hembra alfa con miles de años a sus espaldas y bastante aburrida de la vida, da la bienvenida al grupo a una nueva recluta, mientras intenta sobrevivir a una persecución sanguinaria y brutal.
El que consigue aportar la dosis extra de rock&roll es Leandro Fernández. Desde la página uno se encarga de demostrar que ha asimilado bien las lecciones que aprendió con su maestro Risso y que está dispuesto a llevarlas un paso más allá. Acompañado por un color plano muy ajustado a su labor, su estilo se simplifica al máximo, buscando ese contraste extremo que nos devuelve a la clásica línea Toth-Steranko-Mignola-Milazzo-Pellejero y pocos más. Pero no se queda solo en un trazo elegante y unas manchas dramáticas. Es que además su puesta en escena no descansa nunca. Se plantea estructuras de disposición de viñetas innovadoras y variadas. Ese tipo de experimentos se saldan en ocasiones con dolores de cabeza para el lector, mareado por jueguecitos con los que artistas sin talento intentan distraernos para que no nos fijemos en sus debilidades. No es el caso. Fernández narra bien, se ajusta a la historia, los personajes son expresivos y actúan con claridad y todo fluye con naturalidad y un dinamismo embriagador.
Como ha ocurrido con otras grandes obras en el pasado, aquí los autores concilian muy bien entretenimiento y sofisticación. Hay una verdadera reflexión sobre las ganas de vivir, la amistad o el sentido de la muerte, pero no se nos da la chapa al respecto. Al contrario, disfrutamos siguiendo a unos personajes interesantes a los que no dejan de pasarles cosas. Y queremos saber más sobre ellos. No se lo pierdan.
Bang Ediciones, España, 2019. 360 páginas, 15 euros
LASAÑAS EN LOS OJOS Con prólogo de Liniers y elogio en la contraportada a cargo de Flavita Banana, es casi imposible resistirse a esta obra fabricada a cuatro manos por dos humoristas nacidos en Buenos Aires.
Lo primero que llama la atención es el aire rematadamente moderno de sus grafismos, que saltan con naturalidad de un estilo a otro, alternando los planos de color saturado con el protagonismo de la línea, el collage o lo que se les ocurra. Todo tiene un aire como de dibujo de vanguardia de principios del siglo pasado, ese cubismo simpático de “La Codorniz” mezclado con las mil variaciones bastardas facilitadas por el caótico descontrol de Internet. En lo visual el volumen es muy satisfactorio y entretenido, nunca se sabe qué sorpresa aguarda en la página siguiente, aunque en algunos casos los protagonistas de los gags se repiten lo que provoca también el uso de estilos parecidos. Pero en general la variedad está garantizada y sin merma de calidad. El hecho de que sean dos dibujantes quienes confeccionan estas tiras explica en parte esa diversidad, pero no del todo, tal es la amalgama de formas que despliegan.
Luego está lo que realmente define un producto como éste: los contenidos. Los chistes ¿son divertidos o no? La respuesta es afirmativa, sin duda. Por supuesto, cuando se ponen en escena más de cien ocurrencias es casi imposible no equivocarse. Algunas están más cerca de la parida o de la proclama política que de la verdadera comedia. Pero en general el nivel es alto y el humor absurdo y efectivo. “Pomo! Comics” tiene gracia y no poca.
Como ya he comentado, en ocasiones se repiten una serie de personajes o situaciones, como la de las chicas que se van al baño y dejan a sus novios “para que hablen”. O la del cazador perdido en la selva que pasea con su presa al hombro, o la de los snobs, el náufrago, los monos y algunas otras. Para mi gusto en esa categoría la peor es la de “demasiado adorable”, pero seguro que a muchos les vuelve loco esa historia.
En su mayor parte se trata de situaciones únicas, ocurrencias que pueden llegar a ser descacharrantes. Como la del imposible chiste en el bosque. O la muy divertida del pastor rodeado de llamas. A veces se acercan al delirio poético a la manera de Liniers, pero no es lo común. En esa línea podría citarse la triste historia del escritor fantasma. Confieso que en algunos casos me cuesta entender dónde está la gracia, pero seguro que la culpa es mía.
Algunos gags son sofisticados y sutiles, como el del interruptor de gatos. Otros son directos y tronchantes como el del tío al que en la oficina llaman “el gordo” o el de Eugenio el impresentable. Incluso algunas de las bromas políticas están bien planteadas, como aquella que explica las elecciones en clave Star Wars o cuando habla de las luchas de las mujeres.
En fin, el libro asegura un buen rato de lectura agradable con cachondeo garantizado. Nadie puede resistirse a las historias del disléxico o a gags como “Soñares”, “Box Office”, “El genio” o “Jeremías, El autocorrector”. Se reirán, sin duda, y eso es bueno.
PEDAZO A PEDAZO Un manga que aborda asuntos como la dictadura de la belleza y la lucha contra el cruel paso del tiempo. La autora plantea una actualización de Frankenstein, trasladado al mundo de la moda y el famoseo.
Al contrario que en el clásico de Mary Shelley, su protagonista es solo en parte el inconsciente juguete en manos de una dueña perversa. Porque en buena medida ella acepta su situación y el doloroso proceso de transformación por el que ha tenido que pasar para alcanzar sus objetivos. Se nos cuenta la historia de Ririko, una supermodelo a la que las jovencitas admiran, los hombres desean y todo el mundo envidia. Ella posa, desfila, acude a tertulias televisivas, actúa en series y películas y las masas parecen fascinadas por cada uno de sus gestos.
Esa supermujer en realidad tiene los pies de barro y como tal está siempre a punto de cuartearse o derretirse.
Esta novela gráfica se plantea como una crítica feroz de la banalidad contemporánea, de una sociedad que adora las brillantes superficies y que destroza a aquellos que no se ajustan a su inalcanzable ideal de belleza. Las fantasías, los deseos nunca satisfechos, provocan las naturales neurosis en un racimo de personajes enfermos y desesperados, que viven en una constante imitación, una vida ajena, la de esa diosa cuyo destino es necesariamente trágico. Ella manipula a sus colaboradores, conduciéndolos hacia la degeneración y el crimen. Los seguimos por esa autopista al infierno, al tiempo que otros investigadores siguen el rastro de sangre y vísceras y Ririko misma es testigo de su proverbial caída. Aparecen manchas, arrugas, el pelo se cae… ¿Les suena?
Al tradicional miedo a la muerte la modernidad ha añadido algunos terrores más. Sobre todo el asco que produce la fealdad. Se puede ser tonto y pobre pero nunca feo. Y eso es algo que acompaña al proceso de envejecimiento. Así que todos los esfuerzos se dirigen hacia esas cremas, esas operaciones, esos pinchazos que mitiguen las señales y nos permitan seguir pareciendo jóvenes y lozanos unos minutos más. Los ingredientes son sin duda interesantes y atractivos. Pero la autora no sabe cómo manejarlos. Su particular “Dorian Gary” resulta desdibujado y reiterativo. Su narrativa no está a la altura. En muchas páginas apenas distinguimos a unos personajes de otros. Esto no es tan raro en el manga, muchos autores trabajan con unas destrezas mínimas de dibujo, con recursos muy estereotipados a los a veces consiguen sacar mucho partido. No es el caso. Confundo a la madame con la colaboradora y hasta con la hermana gorda. La mitad de los pensamientos no veo de dónde salen y el investigador acaba resultando muy pelmazo. En general todo es demasiado enfático, tremebundo, escandaloso, provocativo… Tanta tensión aniquila el ritmo de la historia. Cuesta concluir la lectura.
Se cierra el tomo con un “continuará” que parece anunciar un segundo volumen. Aunque una página más allá una nota nos informa del triste destino de Kyoko Okazaki, su creadora. Sufrió un accidente del que según parece sigue recuperándose. Pues nada: ¡que se mejore!
REVOLUCIÓN O REACCIÓN En 2015 Alfonso Zapico presentaba el primer volumen de esta saga, que recomendé sin dudar. En 2017 apareció el segundo, y se suponía que la historia se completaría en un tercero. Ahora que se ha publicado, no me atrevo ya a asegurar que el cuarto será el definitivo, aunque así se afirme en el prólogo.
El autor mantiene su habitual pulso narrativo. Hace ya tiempo que dejó de ser una promesa para convertirse en el autor más importante de su generación. En mi lista de grandes narradores yo mantendría en primera posición a Carlos Giménez, que sigue en buena forma, seguido por Daniel Torres, que disfruta de una espléndida madurez y mejora con cada nueva entrega, y finalmente a Zapico, el representante de esa nueva ola que ha dejado atrás las limitaciones del álbum europeo. Él se lanza a la construcción de ambiciosas sagas, empleando el molde de la novela gráfica y rellenándolo con diálogos y situaciones que nos trasladan a los mejores momentos de la literatura y el cine.
He leído esta tercera entrega con más suspicacias que las dos primeras. Su anterior obra, “Los puentes de Moscú”, supuso en mi opinión un paso atrás, un trabajo cómplice con las posiciones más reaccionarias, una innecesaria justificación de la violencia política, en aras de una pretendida concordia que siempre se sostiene sobre el silencia de las víctimas. Esa mirada es la habitual en la interpretación de los hechos acaecidos antes de la Guerra Civil. La revuelta de Franco contra la República en el 36 es mala, ilegal, injustificable. La revuelta de los mineros (y de Companys en Cataluña, un asunto que Zapico deja fuera de su obra) contra esa misma República en el 34 no parece tan mala ni tan ilegal y es casi justificable. Esa ambivalencia (que no ambigüedad) moral siempre me ha parecido intolerable. Pero hay dirigentes empeñados en convencernos de que los actos solo son buenos o malos… dependiendo de quién los ejecute.
Zapico contó en su segundo tomo las brutalidades que los revolucionarios ejercieron sobre los burgueses ovetenses casi como si fueran un chiste. Es cierto que tuvo la inteligencia de incluir pasajes donde esa violencia no se camuflaba, como la magistral secuencia del paseíllo al cura. Pero en general su “Balada” es una gran justificación de la revuelta asturiana. Esta tercera parte se dedica a su fracaso y la consiguiente represión que se produjo. Represión que padecieron más los luchadores de a pié que los cabecillas, muchos de los cuales fueron amnistiados poco después.
Como he dicho al principio, la narración no ha perdido su vigor. Seguimos a todo el grupo de personajes que componen este relato colectivo. Algunos solo aparecen en algunas viñetas y otros son los protagonistas, sobre todo el líder obrero y su improbable yerno, ese Tristán decadente y triste como su nombre indica, que acompaña a su suegro en un largo trayecto que acabará cambiándolos y forjando una imposible relación. Especialmente poético resulta la secuencia del paseo hacia la montaña, visualmente muy bien compuesta y con excelentes diálogos.
Todo sigue siendo interesante y abrumador, se nos cuenta una tragedia colectiva cuyos ecos acabarían alumbrando un drama aun mayor. Y se hace desde el respeto y la precisión hacia esas pequeñas historias que normalmente se quedan en los márgenes. Aquí llaman la atención los apuntes carcelarios, las torturas, los abusos, las violaciones y la respuesta de cada individuo ante una violencia que se lleva toda razón por delante.
El volumen se cierra con un bonito texto de Javier Nart, que recuerda cómo todas las familias tuvieron parientes en uno y otro bando y el papel infame de ciertos dirigentes frente a “la honesta oposición” de otros. Una adecuada clausura para un trabajo monumental. Con suerte, volveremos a hablar de él dentro de dos años.
NUEVAS FRONTERAS Los brillantes Leo y Rodolphe, que ya habían colaborado antes en Trent o Namibia, crean una nueva odisea espacial, dibujada en esta ocasión por Janjetov, conocido por sus trabajos con otro de los grandes, Jodorowsky.
El resultado, por supuesto, no decepciona. Ya saben que soy un fiel seguidor de Leo y que lo único que podría echarle en cara es que no sea él quien dibuje este relato. Este creador de origen brasileño es muy grande en la descripción de personajes y la creación de nuevos mundos, sobre todo en lo que atañe a esas faunas y floras alienígenas, tan terribles como bellas en sus manos.
Para el gusto de algunos, peca de cierta rigidez pero ese es un pecado menor, atendiendo a sus muchas virtudes. Hay una sensualidad implícita en toda su obra, que difícilmente consiguen otros dibujantes.
En fin, lo primero que conviene recordar en este nuevo trabajo es que Leo tan solo firma el guión, junto con su socio habitual, Rodolphe. Los acabados, a cargo de Janjetov, son sólidos y se ajustan bien al argumento. Jodorowsky siempre ha elegido bien a sus colaboradores, así que el hecho de que este serbio haya dibujado algunos de sus comics es toda una garantía. Al principio puede apreciarse cierto exceso de rayados, que no casan bien con el color digital. Pero pronto todo eso se olvida. Su narrativa es correcta y sus personajes están bien caracterizados. Y no falla en la construcción de los complicados ambientes de ciencia-ficción que la pareja de guionistas es capaz de imaginar.
Se trata de una situación clásica, con toda una civilización embarcada en un arca espacial que busca un planeta donde aterrizar. Recientemente el filme “Passengers”, con Jennifer Lawrence y Chris Pratt, nos permitía volver a una situación que ya ha sido reelaborada en otras ocasiones en cine y comic.
En los cincuenta, en una de las revistas de ciencia-ficción de la EC aparecía un relato espléndidamente dibujado por Al Williamson que jugaba con el mismo concepto. Una nave viaja hasta un lejano planeta.
La única forma de realizar tan complicada travesía es mediante la hibernación. Así que toda la tripulación se echa a dormir hasta la llegada a destino. En el comic, la pareja protagonista decide levantarse antes para dominar a los demás. Pero luego él se lo piensa mejor y va despertando bellas señoritas, una tras otra. Cuando se cansa de sus encantos las liquida. Hasta que comete el error de despertar a su socia, que había planeado antes deshacerse de él. Así que en cuanto la despiertan, ella revive a otro maromo que se hace cargo del desalmado novio inicial.
En la película, la aventura se transforma en una fábula moral. El héroe se despierta por accidente y parece condenado a una vida de soledad, ya que faltan décadas para que la nave alcance el planeta. Mientras, puede contemplar cómo todos duermen un plácido sueño. Despertar a alguien supone aplicarle la misma pena. En esas estamos cuando entra en escena Jennifer Lawrence, bellísima en su eterno letargo. Después de darle muchas vueltas decide abrir su cápsula, sin confesarle su responsabilidad en el asunto. Con el tiempo se enamoran pero sobre él pesa la culpa por la situación a la que ha conducido a la mujer a la que ama. La cinta juega muy bien con la ambigüedad entre la falta inicial y la amabilidad posterior. Se enamoran sí, pero todo está teñido por la presencia de esa gran mentira original. Por otro lado, conviene recordar que él pasa de una vida de soledad y desesperación a un estado mucho más confortable, al lado de la atractiva Lawrence. Así que nos cuesta condenarlo sin más. No les cuento el resto. La peli no es redonda y pronto deriva hacia la aventura trepidante, dejando un poco de lado los problemas de relación que dan sentido a la historia. Pero el balance es tan interesante como sugerente y nos hace pensar.
Leo y Rodolphe eligen otros caminos. La tripulación no está dormida sino que ha desarrollado toda una sociedad en el interior de la nave. Una buena parte ignora su destino y no es consciente de que en algún momento deberá abandonar ese entorno habitual, para desembarcar en una tierra desconocida.
El relato se inicia justo en ese momento. El planeta está ya a la vista y toca bajar para enfrentarse a sus muchos misterios y amenazas.
Se nos presenta a un nutrido elenco de personajes, encabezados por una pareja de gemelas con poderes. Pueden conectar con otras realidades y anticipar breves fragmentos de un futuro siempre intrigante. Las acompaña un noble bruto, un muchacho de su aldea tan corto como fuerte y que sin duda nos deparará muchas sorpresas. Luego encontramos a los clásicos políticos, miembros de las fuerzas de seguridad, científicos y demás. En este primer volumen apenas hemos visto algunas de las bestias que pueblan esa nueva tierra. Pero ya están apuntadas muchas de las tramas que se desarrollarán en futuras entregas. Todo bien hilvanado a la eficaz manera de estos creadores. En resumen, la aventura apenas ha comenzado y yo ya estoy deseando leer la continuación.
EL ELOGIO DEL BURÓCRATA Paco Roca une sus fuerzas con el diplomático Guillermo Corral para contarnos cómo fue la batalla legal por los restos del “Cisne Negro”, nombre bajo el que se ocultaba el barco “La Mercedes”, hundido por los ingleses en 1804.
En 2007 la empresa Odyssey anunció haber encontrado un tesoro por valor de 500 millones de dólares. El Ministerio de Cultura se embarcó en un largo proceso judicial, argumentando que lo habían sacado del mar sin los permisos correspondientes. En 2012 las monedas volvieron a España.
Los autores apuestan por una actualización de Hergé. Si en “El secreto del unicornio” y “El tesoro de Rackham el rojo” se adoptaba un tono expansivo y aventurero aquí la acción se traslada a museos, bibliotecas y salas de justicia. Haddock, convertido en Frank Stern, pasa a ser un pirata movido solo por la codicia y sin respeto alguno por el pasado, el patrimonio, la cultura y todas esas cosas tan importantes. Hay una secuencia en la que el álbum podría haberse medido con los clásicos de Hergé, pero hace justamente lo contrario. Como todo lector sabe, uno de los pasajes más fascinantes de la historia del comic es el flash-back del antepasado de Haddock, que el capitán actualiza en pleno delirio alcohólico en “El secreto del Unicornio”. El diálogo entre los sucesos pasados y su interpretación en el presente es cómico y eficaz, tan dramático como conciso y narrativamente perfecto. Cuando Roca llega al momento en que debe contar la historia del barco hundido desiste de enfrentarse a Hergé, adoptando la solución menos visual posible: ilustraciones a toda página acompañadas de gruesos textos. Quizás lo que cuenta es demasiado serio como para explicarlo en forma de comic.
Como siempre, el realismo lo justifica todo. Tintín y compañía son una fantasía. En el mundo real los burócratas se baten en luchas heroicas de las que nadie es testigo. Entiendo la voluntad de actualizar los relatos de piratas, pero esa intención choca con algunos componentes. Lo primero, el aire propagandístico que recorre la historia: Zapatero hace un cameo, el ministro es un tío muy enrollado, la Junta de Andalucía (cuando todavía era “buena”) se enfrenta a los piratas y, al final, cuando el tesoro vuelve a España, como ha habido cambio de gobierno tal parece que en lugar de conservar las monedas van a fundirlas y hacer lingotes con ellas. Hay más detalles, como lo de las razones de la protagonista para estudiar arqueología. No piensen que fue porque en su infancia vio muchas veces “Quo Vadis” o “Ben Hur”. No, le vino la afición para sacar a su abuelo de una cuneta. Esa reducción de lo real a unos esquemas que dividen el mundo en buenos y malos, con un maniqueísmo muy superior al de los menospreciados tebeos de superhéroes, se aplica también al villano de la historia. Comprendo algunas de la razones que se aportan, como que las empresas cazatesoros destrozan los restos que exploran, que solo les interesa el oro y los objetos de valor y que no respetan el patrimonio. Pero no se discute algo incontestable: que los que investigan y encuentran los restos son ellos, la empresa “Odyssey” en la realidad, “Ithaca” en esta obra. Se hacen loas a la serenísima labor del estado pero es la iniciativa privada la que paga una exploración costosa y llena de incertidumbres. Además el libro modifica de forma llamativa un episodio real del director de “Odissey”, Greg Stemm, Frank Stern en la ficción. Parece ser que en su niñez sobrevivió a un naufragio en el que murió su abuelo. Ese incidente se transforma en otro muy diferente en el que Stern deja morir a un familiar del abogado que lucha con él, James Goold en la realidad, aquí solo Gold. Comprendo que los autores se tomen todas las licencias necesarias para salpimentar su relato. Pero algunas decisiones no dejan de chocarme. Como el ataque con hummers al camión blindado al final, un momento de acción que más parece una ocurrencia que un suceso real. Quizás lo fue, pero tal y como se cuenta resulta bastante increíble. No quiero decir con esto que tendrían que haberle dado la razón a “Odyssey” pero sí que se les presenta desprovistos de matices y se les hace cargar con todos los pecados del universo progre. Hasta se les relaciona con los vuelos de la C.I.A. que paraban en Palma. ¡Malditos yanquis! Al otro lado de la balanza todos los funcionarios son gente trabajadora, cumplidora y servicial y los entes públicos un modelo de eficacia. Risas.
En conclusión, esta es una novela gráfica que puede llegar incluso a disfrutarse, si el lector se abre paso entre los elementos propagandísticos que la recorren. Los juicios y las pesquisas son entretenidos, la relación sentimental entre los protas se presenta con naturalidad y el desarrollo de las diferentes fases del proceso es ameno. Por debajo de la maraña ideológica hay algo parecido a un buen guión.
Por si alguien al acabar la lectura se pregunta qué hizo el maléfico gobierno (de derechas, se supone) con las monedas recuperadas, puede respirar tranquilo. Se restauraron, se comprobó que su valor era muy inferior al anunciado por Mr. Stern, se montaron con ellas exposiciones que recorrieron la geografía española y recientemente el Odyssey Explorer, el barco con el que rescataron el tesoro, ha sido malvendido en Letonia.
TREINTA AÑOS DESPUÉS Frank Miller firmó el guión de “Batman año 1” en 1988. Ahora, tres décadas más tarde, se atreve con Superman, acompañado al dibujo por John Romita Jr.
El año pasado pudimos verle por Angulema, muy envejecido a causa de los problemas de salud que ha tenido en los últimos tiempos. Pero su trabajo no flaquea. Larry Hama explicaba cómo, siendo apenas un chaval, Miller se acercaba al estudio de Neal Adams para enseñarle sus trabajos. Adams es conocido por su legendaria falta de tacto a la hora de juzgar los esfuerzos de los aspirantes. De hecho, nadie quería sentarse en la mesa cercana a la suya. Miller aguantó sus comentarios un año tras otro. Esporádicamente se dejaba caer por el estudio dispuesto a recibir su ración de crudo sarcasmo. Pero un día todo aquello cambió. Adams miró sus páginas, no dijo nada y descolgó el teléfono. Llamó a Marvel, habló con un editor y le dijo que a su lado tenía a un crío al que deberían contratar. Y así comenzó la leyenda. Miller inició una carrera prodigiosa que le llevó al estrellato muy joven, por su brillante trabajo al frente de “Daredevil”.
Luego desembarcarían los ingleses para quedarse con la atención de la crítica. Pero en aquel primer momento la renovación vino de la mano de Simonson, Byrne o Miller. No se trataba tanto de romper con lo anterior como de demostrar que se habían comprendido las lecciones de maestros como Eisner, Kubert o Kurtzman. Miller probó casi de todo. Hizo “Ronin”, un tebeo muy “europeo”, y el rompedor “Batman Dark Knight”, auténtica fuente de inspiración para todas las versiones fílmicas posteriores. También escribió guiones para algunos de sus colegas más talentosos. Entre esos trabajos sobresalían sus colaboraciones con Mazzuchelli. Juntos firmaron dos obras maestras absolutas: “Daredevil born again” y “Batman año 1”. Luego Miller facturó algunos caprichos más, como el aclamado “300”, para enzarzarse más tarde en su propia serie negra, “Sin City”. La fórmula gráfica de alto contraste que empleó era interesante, pero los argumentos no alcanzaron las alturas de obras anteriores. En los siguientes años pareció desvanecerse, volvió esporádicamente a Batman, filmó una película prescindible (“Spirit”) y parecía haber perdido su ímpetu inicial. No digo que con este nuevo trabajo vuelva a sus mejores momentos, pero sí que consigue superar algunos obstáculos considerables.
Es muy difícil hincarle el diente al hijo de Jor-El. Al contrario que Batman, cuya cercanía al mal inspira incontables guiones que exploran esas vastas zonas morales grises, Superman es Leer más...
BA-DA-BOOM! El dibujante mallorquín Pau, que durante años ha publicado sus obras en Francia y otros países como Polonia o Inglaterra, da ahora un triple salto mortal: presenta una nueva obra, se convierte en editor y prepara otros lanzamientos, entre los que se cuenta el manual “Cómo dibujar coches dinámicos”.
Calificar “Baboon!” de “nueva obra” resulta irónico ya que su autor lleva más de una década rumiando este proyecto. En tiempos de “cómics Instagram”, en afortunada expresión de mi amigo Javier Cuervo, un tebeo popular como el de Pau corre el riesgo de ser ignorado o menospreciado.
La moda de la novela gráfica ha favorecido la aparición de comics narcisistas, terapéuticos, donde lo único que cuenta es la experiencia personal, el dolor o la diferencia, sin importar la imaginación ni la estructura dramática. Se ha dado la razón a los defensores de un realismo ramplón, enfrentado a toda fantasía, a toda forma de creatividad desprejuiciada. Pau construye un relato clásico que se inicia con la emotiva historia de la madre adoptiva, que remite directamente al “Libro de la selva”. Luego deriva hacia “Kárate Kid” o cualquier peli de Jackie Chan. Su fórmula narrativa le aproxima al famoso “Gon”, aquel dinosaurio pequeñito y encabronado que también carecía de bocadillos y que, como “Baboon!”, encontraba su expresividad a través de las imágenes, en un silencio solo roto aquí por unas onomatopeyas perfectas. “Gon”, era el primo que defendía a los pequeños del abusón. Aquí se trata de entrenamiento y superación. El bueno primero es derrotado pero con mucho tesón se sobrepone y vence. Que es un poco la historia del propio Pau. Lleva años luchando por publicar su obra en condiciones dignas y con un sueldo decente. Cosa imposible en nuestro país, razón por la cual se vio obligado a exportar su trabajo. Además se empeñó en desarrollar sus propias historias, sin más guionista que él mismo. Es esa pelea por alcanzar una autonomía artística, creativa y también económica la que le ha llevado a dar este último paso: convertirse en editor de sus obras, una manera de evitar intermediarios. Ahora está debatiéndose con distribuidores y libreros. Que Dios le ayude.
“Baboon!” evita toda pretenciosidad y se concentra en una narrativa veloz, vigorosa y casi perfecta. Se trata de “golpizas y batacazos” sí, pero en algunos pasajes consigue ir mucho más allá. Sobre todo la Leer más...
DISTINTOS COLLARES DE PERRO Howard Chaykin ataca de nuevo, en esta ocasión con una farsa política muy desmelenada donde vuelca sus obsesiones habituales: lencería, violencia, conspiraciones y travestis.
Escribió la obra pensando que Hillary Clinton iba a ganar. Por eso describe un futuro en el que hay una mujer al mando de unos Estados Unidos al borde del colapso. Siempre ha sido un agitador, lo suyo es la provocación, el forzar los límites. En épocas en que no era tan sencillo saltarse ciertas convenciones (y contenciones), demostró que podía hacerse.
Primero dentro del sistema, en series como “Dominic Fortune” donde iba deslizando pequeños atrevimientos sexuales. O en “Red Sonja”, definiendo el origen de la amazona a partir de su violación. Luego se volvió más explícito, según las normas se iban relajando. “American Flagg” primero y, “Black Kiss” después, demostraron que el escándalo podía resultar rentable. Pero el aplauso de la crítica no le aseguró lectores. Nunca fue un autor popular. Su narrativa adolece de falta de claridad y tiende a liarse con los textos. Sus personajes hablan mucho y todos a la vez.
Preguntado sobre su voluntad constante de ser el Pepito Grillo que denuncia los excesos del poder, su respuesta era muy sencilla: “alguien tenía que hacerlo”. Y le tocó a Howard. Así que cada vez que nos enfrentamos a un nuevo trabajo suyo, sabemos más o menos qué nos espera. El mejor Chaykin es un calentorro al que le gusta dibujar a Catwoman e imaginar a Batman enfundado en un traje sadomaso. Su visión nunca es inocente ni idílica, más bien al contrario. Siempre pendiente de nuestras más bajas pasiones, en lo político y en lo sexual. Con él lo que puede ir mal siempre va a peor.
Aquí se cumple la norma. Todas las normas. El protagonista es un chicano agente secreto que se equivocó provocando el asesinato del presidente. Con ese muerto encima, el comic se construye como un relato disparatado de redención. Para vengarse de los terroristas que descabezaron los USA monta un equipo que consigue que los “Doce del Patíbulo” parezcan hermanitas de la caridad.
Junta a cuatro psicópatas que de alguna enrevesada manera son su único medio para acceder a los conspiradores. Aquí es donde entra en juego lo peor y lo mejor del guión.
Lo peor es el desarrollo dramático de los hechos. Se trata de una conspiración entre líderes de ideas enfrentadas, pero que se ponen de acuerdo para cargarse la América que odian. Esto lo cuenta de forma muy embarullada.
Lo mejor o lo más interesante, es la visión de Chaykin de la política actual, a partir de un lugar común: “Los neoyorkinos Leer más...
EL REY DESNUDO Si un autor ha sido recibido en los últimos años como la gran esperanza blanca, ese es sin duda Tom King. Muchos calificaron su “Visión” de comic imprescindible, luego escribió sobre la boda de Batman y ahora nos llega este “Mr. Miracle”.
En Internet hay quien define la obra como “el nuevo Watchmen”. Supongo que es un halago. King ha ganado no sé cuántos Premios Eisner y parece el encargado de renovar el polvoriento género de los superhéroes. Desde que libreros y aficionados empezaron a hablarme de él, he probado a leerlo en diversas ocasiones sin demasiada fortuna.
Me acerqué en su momento al primer episodio de “La Visión” y no encontré nada que me invitara a continuar con la lectura. Luego le hinqué el diente a una saga galáctica que había escrito y que tampoco dejó huella en mí. Lee Weeks le acompañó en un episodio de Batman con otros personajes de la Warner. Gran dibujo, guión olvidable. Me asomé a un episodio de la boda de Batman y no le vi la gracia. Así que, cuando este año sacaron el recopilatorio de “Mr. Miracle”, después de que lo llenaran de premios en San Diego, me dije: “esta vez me lo trago entero”. Quería descubrir qué tenía King que fascinaba a todo el mundo. Ha sido un infierno.
Comprendo que la obra pueda gustar a alguien. También “Modern Family” tiene seguidores pero eso no la hace más soportable. Y creo que esa es una buena calificación para el trabajo de King. No es que sea bueno o malo, es que es insufrible. Una buena parte de la crítica babea con él porque intenta darle la vuelta a muchos de los tópicos que definen el género de los superhéroes.
Curiosamente, haciendo eso repite lo que Stan Lee se pasó toda la vida afirmando que había aportado a Marvel: una visión más realista. King intenta lo mismo así que ahí tenemos al héroe, con su mujer Big Barda haciendo el amor un episodio sí y otro también. Luego añade el número del parto y las sucesivas aventuras con el bebé ¿Qué es el Ragnarok al lado de un niño sin su biberón?
Tradicionalmente la presencia de elementos cotidianos actuaba como contrapunto de sucesos más heroicos, una pauta que inició Ditko en Spiderman y ha tenido constantes relecturas. Por ejemplo en clave humorística, como “La Liga de la Justicia” de Maguire y Giffen. O de manera más dramática y seria en el “Batman año I” de Miller y Mazzuchelli.
Con King la sensación es “hay una guerra interestelar donde miles de personas son masacradas pero ¿qué importa eso si mi bebé ha dicho sus primeras palabras?”. El guionista intenta ser tan ingenioso e irónico que al final casi nada tiene importancia. A ello se une una puesta en escena terriblemente desafortunada y, lo que es aun peor, muy pelmaza. Gibbons tomó la retícula de 3x3 viñetas que usaron en “Watchmen” de Kurtzman.
Según me comentó hace años, “Intentábamos copiar todos los trucos que podían funcionar”. Otros lo habían usado en la E.C. y muchos lo recuperaron en los ochenta. La pauta favorece una cierta sensación de regularidad y les va bien a ciertos dibujantes. Pero no es el caso. Pronto se produce el “efecto mosaico” y, cada vez que se vuelve a ver la misma estructura de página la sensación es de aburrimiento. Se siente una necesidad casi física de que alguien tenga el sentido común de acabar con esa reiteración. En las escenas bélicas es singularmente irritante. Los bocadillos nos hablan de peleas sangrientas y la estructura visual ni se inmuta. Gran lección de narrativa. Lógicamente el dibujante no es Gibbons y no aporta su riqueza documental en fondos y expresiones. A veces los personajes parecen reír cuando deberían llorar y al revés. Lo llaman realismo. Mi escena irritante favorita es cuando la pareja comenta que la canción que sonaba cuando se conocieron eran los lamentos de los condenados en los pozos infernales. Así que la ponen y, mientras suenan los gritos de los desgraciados, ellos dos se parten de risa. Pues así todo.
No puede haber drama ni épica si no hay una construcción de personajes creíble. King no está en eso. Lo suyo es emplear dos páginas en hablar de Descartes, en ofrecer un plano del bebé desde dentro del útero de su madre y en cualquier cosa que suene a provocativa o moderna. No considero que el legado de Kirby sea inviolable. Si King hubiera cogido a sus personajes y nos hubiera entretenido con ellos dándoles la vuelta, me habría parecido fantástico. Pero tiene muy poco nuevo que ofrecer. Nada que justifique la ingente cantidad de páginas que emplea para contar más bien poca cosa. Su desprecio hacia los aspectos narrativos más elementales convierte la lectura en una verdadera agonía. Un tebeo solo para pedantes con inclinaciones masoquistas..