viernes, 15 de febrero de 2019

MARSHALL BASS de MACAN, KORDEY y DESKO

Marshall Bass de Macan, Kordey y Desko, edita ECC ediciones comic western sherff
ECCComics, 2019.
56 páginas, 12,95 euros


UN VAQUERO NEGRO
El guionista Darko Macan-y el dibujante Igor Kordey nos llevan de paseo por un oeste tan salvaje e intenso como poco habitual.


Aunque todos recordamos westerns protagonizados por afroamericanos, de “El sargento negro” a “Sin perdón” (con Morgan Freeman como secundario), lo cierto es que su presencia más allá de la Guerra Civil y sus alrededores no es común en el género.

Macan decide construir su argumento alrededor de un sheriff negro, con todas las tensiones y conflictos raciales que ello conlleva. Es este un volumen de presentación, la primera aventura de un personaje que apenas consigue salvarse de la horca en la secuencia inicial, ni librarse del todo del patíbulo, como se comprueba al final. Obligado por las circunstancias, se infiltra en una peligrosa banda de antiguos esclavos comandada por un depravado hombre blanco.

El relato no presenta demasiadas sorpresas. Macan y Kordey, testigos ambos del desmoronamiento de la antigua Yugoslavia, llevan tiempo ofreciéndonos la mirada más pesimista posible sobre la condición humana. Los hombres son o malos o peores, queda muy poco resquicio para la esperanza o la decencia.

Aquí el héroe pelea para que su familia pueda sobrevivir y se zambulle en medio de una manada de sanguinarios lobos que no le ponen las cosas fáciles. En realidad el argumento no importa mucho en el conjunto de la obra. Lo que le aporta verdadero valor es la puesta en escena de Kordey. Según se indica en los créditos, también supervisa el color, que es excelente, cargado de tonos insospechados y matices tan maravillosos como los de la vista del pueblo al atardecer.

Marshall Bass de Macan, Kordey y Desko, edita ECC ediciones comic western sheriff viñeta
En cuanto al dibujante es un viejo conocido de los lectores. Nos conquistó con su “Batman-Tarzán”, nos fascinó en X-Men y le hemos seguido en su ya larga trayectoria. Es un eminente discípulo de Corben, de quien hereda el gusto por los juegos de claros y sombras y la predilección por las luces rebotadas.

Nunca se conforma solo con el blanco y el negro así que sus zonas oscuras se llenan de matices que describen con precisión unos rostros siempre interesantes. Sus figuras son tan humanas como realistas. Es un creador singular y un gran maestro de la historieta. No construye dos páginas iguales y su dominio de la anatomía y los espacios perspectivos queda patente en imágenes impresionantes como la doble plancha del asalto a la ciudad.

Salta con naturalidad y aparente facilidad de poderosos primeros planos a complejos planos generales donde con sencillez y rigor encaja a múltiples personajes sobre detalladísimos fondos. Nada se le resiste, cada página es una lección de dibujo. Además, su narrativa es muy fluida así que, aunque los protagonistas hablan mucho, el relato se sigue con facilidad y sin que resulte pesado.

En esta ocasión destacaría los expresivos rostros de sus personajes, sobre todo la descripción que hace del villano, un excesivo psicópata al borde de la locura, un secundario muy teatral al que el dibujante saca todo el partido posible. La portada, fenomenal.

No es este el western más interesante que se publica en la actualidad. Ya saben que es difícil competir con el Ken Parker de Berardi, sobre todo cuando lo dibuja Milazzo. Pero solo por la intensa presencia de Kordey merece la pena comprarse este álbum.

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viernes, 1 de febrero de 2019

SEMPÉ EN NUEVA YORK

Sempé en Nueva York Ilustración New Yorker portadas
Norma, 2018.
348 páginas, 37,95 euros

SEMPÉ, EL ENCANTADOR
Un volumen que agrupa todas las portadas que el ilustrador francés Sempé ha realizado para el New Yorker. El perfecto regalo de Reyes.


Por mucho que conociera otros trabajos de Sempé, por ejemplo los recopilatorios de su obra humorística, esos “Ellas” y “Ellos” que Norma publicó recientemente; por mucho que me sonaran algunas de sus cubiertas, que se incluían en los grandes volúmenes que reunían la obra gráfica del New Yorker, donde además de Sempé anidaban algunos de los más grandes ilustradores de la historia, gigantes como Irvin, Steinberg, Addams o Arno; a pesar de que ya conocía una buena parte de sus portadas, agradezco sinceramente la aparición de este libro.

Por un lado porque está muy bien editado, las obras se presentan en un tamaño adecuado y en un orden cronológico que nos permite disfrutar de las diversas etapas del autor. Como objeto, es una modesta obra de arte en sí mismo.

Pero es que además viene cargado de extras, todos ellos apreciables. Algunos de los dibujos en B/N que Sempé realizó para el interior de la publicación, apuntes con paisajes de Nueva York realizados durante sus estancias en la ciudad, fotos personales con el dibujante paseando o acompañado de colegas como su amigo Koren, el de los bichos peludos. Y sobre todo por la larga entrevista. En ella Sempé da cuenta de su larga relación con el New Yorker, primero como rendido admirador, segundo como dibujante en ciernes que soñaba con poder trabajar con ellos algún día, tercero como novato con todas las dudas y miedos posibles y, finalmente, como colaborador veterano que sigue devanándose los sesos para encontrar alguna idea “digna del New Yorker”.

La entrevista está llena de anécdotas inolvidables. Yo me quedo con la definición de qué es lo que convierte a un dibujo en algo digno de ser portada del New Yorker. Cuando aparece como tal… es que era digno. Esto, que suena muy absurdo, es aceptado sin discusión por Sempé. Él admite que a veces se le ocurren dibujos que podrían ser portadas. Pero no está seguro hasta que se los publican. Si se los publican. Comenta cómo fue su relación con el director de la revista, al que admiraba sin disimulo. Como declara “él sabía más que yo lo que convenía”. Sorprende la humildad de algunas declaraciones. Hablamos de un dibujante que está en la cima de la profesión pero que peleó durante años para hacerse un hueco entre los gigantes que le precedieron.

Sempé en Nueva York Ilustración New Yorker portadas En ese sentido Steinberg no sale muy bien parado, como sospechábamos, mientras Charles Addams queda en muy buen lugar, lo que me alegra profundamente.

En fin, Sempé habla de todos los aspectos de su oficio, desde las correcciones hasta la técnica empleada en cada caso y todo es interesante y encantador.

Y tiene mucha miga. Por ejemplo, sale el asunto de lo grande frente a lo pequeño, una de las claves de su estilo, grandes edificios o aviones al lado de hombres minúsculos. Sin embargo, aunque admite que sintió esa diferencia de escala en Nueva York, declara que nunca le acobardó, nunca se sintió aplastado por la ciudad. Afirma que se sentía más cómodo allí que en París, donde sí notaba cómo la “grandeza” le oprimía. En relación con esto insiste en cómo en Nueva York todo el mundo se busca la vida, pelea por sobrevivir y no lo oculta, mientras que en Europa esa lucha se esconde tras un velo de complejos de clase.

Sumen a esas reflexiones la presencia magnética de sus obras. A sus conocidos personajes cabe sumar aquí evocaciones más pictóricas, no en vano las portadas para el New Yorker se empeñan en evitar un tema concreto. Así que el asunto acaba residiendo en la textura del lápiz o en la potencia del color. Todas las influencias de Sempé afloran, agrupadas y reinterpretadas por su propio estilo, al tiempo evocador y humorístico. Notamos ecos de Dufy y Matisse, autores tan aparentemente ligeros como Sempé, pero que comparten con él esa sensación de acogedora eternidad.

Queremos vivir esas vidas de acuarela, pasear con esos pequeños personajes, habitar sus entrañables casas…

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