DOS TEBEOS RAROS
El cómic es un medio joven que permanece prácticamente inexplorado. Algunos autores juegan con sus límites narrativos, tanteando terrenos intermedios entre el cuento ilustrado y la secuenciación en viñetas. Y más.
“Dos mujeres desnudas” se nos presenta como la novela gráfica más premiada de la temporada ¡en Francia! Ya adelanto que no es para tanto. Emplea de manera ingeniosa un recurso. Solo uno, se sujeta a él y no lo abandona, ese es su rollo. Me refiero al plano subjetivo, aunque en este caso cabría más bien decir “objetivo”. Es algo que ya hemos visto en cine, con la cámara detenida en un elemento y un punto de vista que se deja fijo. En este caso lo vemos todo desde la posición del cuadro que protagoniza la historia. Empieza en blanco, luego se va rellenando y después lo tapan, lo mueven, diferentes personajes lo observan, etc. Como digo, el recurso es curioso y se usa con ingenio. Pero pronto produce cierta fatiga. Como cuando Hitchcock declaró, después de rodar “La soga” en un único plano secuencia, que no lo volvería a hacer más. Pues eso. Creo que una narración fluida exige cierta variedad, ajustar los recursos a lo que se cuenta. Aquí tenemos una declaración de intenciones, que ha recibido el aplauso unánime de la crítica. Pues que le aproveche. Respecto a lo que cuenta, arranca con el clásico pintor bohemio y problematizado, el creador de la obra, un expresionista de provincias. Se vuelve más interesante cuando se narran las peripecias del cuadro y su participación en la infame exposición de arte degenerado. Esa parte está muy bien. Finalmente se diluye en el largo proceso de recuperación y reivindicación de la pintura. Dibujo personal para un trabajo peculiar y curioso, pero no emocionante.
UNA RANITA EN OTOÑO (y mucho más...)
Linnea Sterte
VIEJOS PERSONAJES
Los autores envejecen como todo el mundo. Sus personajes, en ocasiones, no. Giménez se despide de otra de sus series mientras Pellejero nos presenta una nueva aventura de Corto Maltés.
Carlos Giménez
Paracuellos. Un “Hogar” no es una casa
Reservoir Books. Barcelona, 2022
140 páginas, 19,90 euros
Ya lo he dicho con anterioridad. Giménez permanecerá como uno de los autores de historietas más brillantes de todos los tiempos. No solo de este país. Creo que no somos conscientes de su grandeza. Es cierto también que en sus últimas obras ya se nota el peso de los años. Pero su trabajo siempre es respetable porque es mucho lo que le debemos. Cuento Hom, Paracuellos, Barrio oRomances de andar por casaentre lo mejorcito del cómic mundial.
Últimamente al autor le ha dado por despedirse. Presentó la última aventura de Gringo y de Dani Futuro, que ya comenté en su día. Y ahora dice adiós a su serie estrella, Paracuellos, con la que nos impactó en los ochenta y con la que lleva emocionándonos desde entonces. A menos que le dé un parraque, dudo que ésta sea su última incursión en una saga que es mucho más que una historieta. Giménez nos cuenta su infancia, a veces con rabia, otra con nostalgia, siempre con ternura. Y de paso es un gran ajuste de cuentas con un sistema que le maltrató haciéndole pasar múltiples penurias. Para los lectores volver a Paracuellos es regresar a un terreno conocido, casi familiar. Ya hemos leído muchas de sus historias en una saga que se acerca a los diez volúmenes y que encontró una natural prolongación en otra obra tan estimable como Barrio. En este tomo 9 quizás el dibujo acusa cierta debilidad, absolutamente normal en un señor que pasa de los ochenta años. Aparte de eso se sigue leyendo con la facilidad y frescura del Giménez de siempre. No hay innovaciones ni se esperan. Nos reencontramos con esa enternecedora amistad entre iguales y esa denuncia de los abusos de gente despreciable. Se suponía que debían cuidar de unos niños a los que en realidad martirizaban. Yo no pido más.
NO CONVIENE TENER MIEDO
Ignoro cómo el dibujante Asaf Hanuka llegó a juntarse con Roberto Saviano o porqué este último decidió poner en marcha una novela gráfica, en lugar de un ensayo o un documental.
Hace una década se publicó “KO en Tel Aviv”, un recopilatorio con historias cortas de Asaf Hanuka. Allí demostraba su talento con un dibujo realista que a mí me recordaba al de Kevin Nowlan. Al mismo tiempo, exhibía una tendencia surrealista que le llevaba al borde del delirio gráfico, distorsionando su estilo para adaptarlo a sus ocurrencias visuales. Sin duda era la persona ideal para este proyecto. La cuestión es que han unido sus fuerzas para crear un volumen donde el italiano explica cómo ha sido su vida desde que se le ocurriera denunciar las actividades de la mafia en la famosa “Gomorra”. Hace una declaración al principio que define muy bien la obra. Hay dos tipos de historias: aquellas en las que el héroe vence y aquellas en las que el héroe muere. Y esta no pertenece a ninguna de las dos categorías. En ese limbo entre la victoria moral y la muerte lleva instalado Saviano desde hace quince años. Y no parece una situación cómoda ni fácil de asimilar.
Hanuka es el perfecto compañero para este primer viaje por el fumetti del narrador italiano. El dibujante encuentra siempre la forma más visual posible para explicar los diferentes planos de la realidad que se describen. A veces a través de entrevistas o reconstrucciones de los hechos, otras con metáforas visuales, aquí con viñetas, allá con imágenes a toda página. Siempre con un color muy funcional y reducido, que va cambiando de capítulo a capítulo y que ayuda de forma narrativa a transmitir las ideas del texto. El mejor ejemplo lo encontramos en esa fundacional escena del crimen, cuando el joven Saviano contempla su primer asesinato. El sicario descubre a su víctima, escondida bajo un coche, por el reguero de orina que lo delata. A ese primer líquido amarillo le sigue otro rojo, cuando el asesino lo liquida. La conclusión del niño Saviano es tremenda. Murió porque se meó de miedo, por tanto no conviene tener miedo.
El resto es historia. Una historia terrible, de
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Penguin Random House. Barcelona, 2019.
152 páginas, 17,90 euros.
BUÑUEL CONTRA PAPÁ NOEL
Un viejo chiste cuenta la historia de unas cabras que se encuentran en el campo. Una de ellas mordisquea un trozo de película y una compañera le pregunta: “¿Qué tal la peli?”. A lo que la primera responde “La novela era mejor”.
En este caso el origen de “Buñuel en el laberinto de las tortugas” no es una novela sino una novela gráfica, escrita y dibujada por Fermín Solís. Y no puede decirse que las viñetas originales fueran mejores que su adaptación cinematográfica. La presencia del también dibujante de comics José Luis Ágreda, en este caso como director de arte, aporta una estilización a los personajes principales de la película que rebaja agradablemente el grotesco tono del original. También se han suavizado las gamas de color y se ha reorientado el argumento. Por supuesto la historia inicial se mantiene.
Se cuentan los pormenores del rodaje de “Las Hurdes. Tierra sin pan”, el famoso documental que Buñuel rodó entre su primera etapa, surrealista y parisina, la de “El perro andaluz” y “La edad de oro”, y la mexicana comenzando con “Los Olvidados”, que rodaría muchos años después. La pregunta que subyace es porqué el director pasó del formalismo inicial a la agitación social que en teoría suponen “Las Hurdes”.
Lógicamente, la presencia del documental adquiere más importancia en el filme que en el cómic. Se entremezclan fragmentos de la película de Buñuel con recreaciones de su rodaje. Algunas se corresponden con las escenas más salvajes de la cinta, sobre todo aquellas que no serán del agrado de los animalistas, como la del burro masacrado por las abejas o la de las cabras.
ALTO, GUAPO... ¡Y MALO! ¿Qué mejor manera de empezar 2020 que leyendo un tebeo de Carlos Giménez? El autor vuelve a territorios conocidos para ofrecernos nuevas y emocionantes historias.
Sobresale la que cuenta con un argumento de Josep Mª Beà y que da título al álbum, “Mi amigo Luis”. En todos los episodios el autor vuelve sobre personajes que ya había presentado en anteriores álbumes, aportándoles nuevos matices. Como la novia de la juventud que recupera en “Crepúsculo”. Si en la primera versión se nos contaba el arco completo de la protagonista, de su gloriosa juventud a su terrible decadencia, en esta ocasión se le da una nueva vuelta de tuerca, mostrando que aun se puede caer más bajo. Esa mujer vapuleada por la vida confiesa que su mejor etapa fue cuando se dedicó a la prostitución en Portugal. El dibujante lleva años transmitiendo la desesperación del que está al final de un camino ya demasiado largo. Así que sus personajes más desgarradores acaban siendo los más creíbles. Ese encuentro entre la mujer acabada de hoy y su novio del pasado, que la recuerda como en la foto que se intercambian, con la lozanía de su espléndida juventud, resulta tan emotivo como desolador.
Mucho más ligeros son los otros dos capítulos, dedicados a las andanzas del joven dibujante. Giménez ha dedicado muchas páginas a sus compañeros artistas, “Los profesionales”. En general son un conjunto de anécdotas entretenidas y que describen muy bien cual era el ambiente y las costumbres cuando se inició en el oficio. Estas se ajustan a la norma, están bien contadas y poco más.
Pero la primera es algo diferente. Como el propio autor comenta en la introducción él acostumbra a desarrollar historietas que sus amigos le cuentan. En el caso de Beà, también dibujante, no solo le explica el relato con todo lujo de detalles, también le aporta documentación y le facilita bastante la tarea. Con ese material Giménez se lanza a lo que mejor sabe hacer: duplicar la mirada de un niño. Lo demostró con brillantez en “Paracuellos”, también en “Barrio”. Ahora quizás se toma más tiempo que entonces y su narrativa es en general más pausada, pero aun mantiene la magia con la que siempre nos conmueve. Se describe la relación entre un niño y un mozo de almacén, un tipo alto y fuerte al que el chaval adora. Estamos casi ante el reverso de aquel otro episodio que incluyó en uno de los últimos volúmenes de “Paracuellos” y que tuve ocasión de comentar en las Navidades de 2017. Allí aparecía un jardinero que se portaba bien con unos niños acostumbrados a ser maltratados por sus mayores. Aquí a esa amistad entre niño y adulto se le da un giro tenebroso. El asunto tiene miga tratándose de Giménez, uno de los autores más comprometidos de este país. Sus diferentes obras siempre reflejan su ideología y su preocupación por los débiles, por los que trabajan y son explotados, por los que padecen humillaciones que no se merecen. Si alguien ha idealizado a la clase trabajadora ese es Giménez. Pero además lo ha hecho desde dentro. Ahora muchos autores parecen hijos de papá que vienen a perdonarnos la vida y a redimir las culpas de sus progenitores ayudando a los necesitados, o eso nos dicen. Nunca fue así en el caso de Giménez, él nunca jugó a ser pobre. Nos contó las miserias de su infancia y su ascenso social, pero cuando hablaba de la construcción de una chabola en una noche lo hacía desde dentro, desde la verdad. Sus héroes eran perdedores con dignidad y orgullo. Por eso sorprende más lo que ocurre en “Mi amigo Luis”. Cuando la amistad entre el niño y ese “primo de Zumosol” alto y rubio, ese trabajador capaz y honrado queda establecida, se dispone la siguiente pieza del drama: en el almacén donde trabaja empiezan a producirse robos. Él colabora en su resolución. O eso parece.
Ya he contado demasiado. Solo Giménez se atreve a día de hoy a firmar unas páginas como las que cierran esta historia. Ya mayor el niño de ayer vuelve a encontrarse con su viejo amigo el gigante rubio. El cruce de emociones que se describe a continuación será calificado por muchos como sensiblero y hasta empalagoso. Yo creo simplemente que el autor vuelve a demostrarnos que no teme expresar sentimientos y que sigue siendo el más grande.
DESPEDIDA Y CIERRE Giménez firma un extraño trabajo en el que se despide de dos de los personajes que marcaron sus inicios en el medio y que se sitúan en dos géneros muy diferentes: el western y la ciencia-ficción.
Si “Gringo” conecta a Giménez con el pasado, con el cómic español más tradicional y popular, “Dani Futuro” fue la serie que lo lanzó hacia un porvenir donde cada una de sus obras redefinía la evolución del medio. Recuerdo como si fuera ayer el momento en que leí aquel primer episodio lleno de ocurrencias narrativas y un color insolentemente pop, tanto como los grafismos de aquel joven Giménez que exhibía su talento desde las páginas de “Gaceta Junior”. Era 1970 y ahora, casi cincuenta años después, el autor decide ponerle punto y final a su serie.
Aunque ni en este caso ni en el de “Gringo” liquida a sus héroes así que quién sabe si en el futuro alguien se atreverá a redibujarlos. Es curioso que estos dos trabajos no estuvieran escritos por él, que más tarde se convertiría en el autor completo más importante de este país, con obras como “Paracuellos”, “Barrio”, “Sabor a menta”, “Hom” o “Primer amor”, auténticas obras maestras que todo aficionado debería conocer, estudiar y admirar.
Sin embargo, ya digo, “Gringo” fue escrito por Manuel Medina, a quien Giménez rinde homenaje en un sentido prólogo. Por supuesto, Víctor Mora fue el guionista de “Dani Futuro” y en su caso las palabras que le dirige ya no son solo de respeto, también de amistad y admiración.
Esa introducción resulta especialmente emotiva por la deuda afectiva e intelectual que el creador confiesa tener con Mora. También por detalles como la corrección que introduce en su última historia, respecto a lo que considera un desliz del original. Me refiero a la secuencia en la que el protagonista, tras un largo periodo de hibernación, intenta levantarse y cae desmayado. Es una viñeta apaisada en la que Giménez muestra diferentes posiciones del personaje, expresando lo que va de los titubeos iniciales hasta que se desploma.
En la versión de los setenta Dani corría hacia la izquierda (hacia afuera de la página ya que la viñeta era la primera de la plancha izquierda) y se desmayaba hacia el interior, a la derecha. Según apunta el autor ahora lo ha dibujado siguiendo la dirección “correcta”. Me llama la atención esa actitud crítica hacia su propio trabajo, esa voluntad de, medio siglo después, hacerlo “bien”. Debo añadir que no cambiaría nada del primer episodio. Me enloquecen sus saturadas planchas, sus decorativos motivos, sus diseños futuristas, por mucho que Giménez admita sus deudas con Mezieres… y hasta la viñeta del desmayo. Sí, como comprobamos en su revisión, hacia la derecha es más natural. Pero ese tirón del personaje que intenta correr, se ve detenido y casi atraído hacia la derecha donde se desploma sobre el primer plano de Iris ¡es irresistible!
Nostalgias aparte el álbum se lee muy bien. Sorprendentemente, mejor el episodio de “Gringo” que el de “Dani Futuro”. En este último intenta construir un relato áspero, como si se empeñara en agriar la dulzura de la serie original. Hay brutalidad, una violación, muy mal rollo y una proclama ecologista al final. Pero si el inicio espacial no carece de fuerza la conclusión africana es difícil de tragar. En cambio “Gringo”, que en el original era un western muy anodino, le permite levantar un episodio durísimo y este sí nos lo creemos. Tiene un algo de “Sin perdón”, un vaquero que no quiere líos y tan solo desea vivir en paz con su mujer e hijos. Primero Giménez introduce un apunte contra el racismo y luego se marca un final tremebundo, que incide en el existencialismo de que ha hecho gala en sus últimas obras. Si algo puede salir mal no duden de que irá a peor. Muy duro pero narrativamente impecable.
El maestro sigue de despedida, cada una de sus últimas entregas es una incógnita. A veces factura trabajos que no están a la altura de su talento o donde se nota el peso de los años. Pero el que tuvo retuvo y pasará mucho tiempo antes de que alguien consiga arrebatarle a Giménez su corona de rey del comic español.
Aparentemente Giménez deseaba dedicar su último (hasta el momento) libro de Paracuellosa las madres. Según explica en su introducción siempre había prestado atención a los sufrimientos de los niños. Pero sin duda sus madres eran más conscientes y padecían con mayor intensidad aquella forzosa separación.
Ya saben que esta es la obra de su vida. Él fue uno de aquellos críos condenado a vivir en un “Hogar”, lejos de su familia. Lleva una buena parte de su carrera profesional contándolo, describiendo la maldad de unas cuidadoras más atentas al adoctrinamiento y a sus propias necesidades y frustraciones, que a las carencias de unos chavales sometidos a unas condiciones de vida inhumanas.
Si algo nos ha enseñado Giménez es que con los niños no se juega. Cuando alguien antepone su ideología, religión o codicia al bienestar de sus hijos, cuando cree que puedo usarlos como barrera o moneda de cambio, toda razón se ha perdido, ya sabemos que nos encontramos frente a un desalmado capaz de cualquier desatino. Por supuesto hay otros Giménez más allá de Paracuellos: Hom, Koolau, Barrio… Su obra es ingente y magistral, ha sido el Autor con mayúsculas del cómic español. Y pasarán muchos años antes de que nadie pueda sustituirlo. Porque además su voz fue la de toda una generación. Fue la voz de un pueblo que se alzaba y recordaba. Y al tiempo construía y se mostraba dispuesto a avanzar… sin olvidar. Creo que pocos creadores como Giménez pueden presumir de haber sabido, en un determinado momento histórico, expresar los deseos, los miedos, los atrevimientos de una sociedad. Pocos entre quienes le antecedieron o sucedieron lo han vuelto a conseguir. Pero Giménez sí: hace años, él habló por todos nosotros.
Ya saben que últimamente me cuesta seguirlo. Pero creo que con este último trabajo lo ha vuelto a conseguir. Por un lado uno espera una mayor presencia de las madres, de acuerdo al título que propone y a su introducción. No es exactamente así. Sobre todo el último episodio subraya su posición. Él sigue contando desde su experiencia, que es la de un niño maltratado, abandonado.
Desde esa sensación de pérdida explica la ausencia de la madre, ese espacio de amor y calor que los niños echan especialmente en falta. Como comenta el autor los críos se adaptan con más facilidad que los adultos. Las madres sufrían sin tregua mientras los niños se ajustaban a la nueva realidad, pero a veces no era tan fácil. Y ahí está Giménez para contarnos la historia de ese niño que se sube a un banco en espera de que aparezca una madre que no acaba de llegar nunca. Con ese zoom al rostro de Peribáñez nos explica que lo peor es no tener una madre a la que abrazar cuando llegan las ganas de llorar. Alguien lo calificará de sensiblero. Yo no, creo que Giménez ha vuelto a contar lo que mejor conoce y lo ha vuelto a hacer bien.
Otra sorpresa es la dedicatoria del álbum y el epílogo donde nos relata la existencia de ese personaje que les ponía películas. Un funcionario que de forma desinteresada ayudó a los niños sin familia tanto como pudo, a lo largo de toda su vida. Una figura heroica a la que apenas dedica unas viñetas en un episodio. Pero si Giménez no se atreve a desarrollar más la figura de ese santo laico, parece servirle de inspiración para el primer episodio, en mi opinión el mejor del libro y una pequeña joya. El relato es uno más en el conjunto de Paracuellos: niños que padecen, en este caso por sed ya que en el verano el agua se reducía a un vaso al día. Pero aparece un señor, el jardinero, que marca la diferencia.
Como vivimos en un universo donde reina la sospecha, lo primero que vemos planear es la sombra de la pederastia, algo que curiosamente apenas asoma en esta saga. Hay constantes brutalidades, golpes, bofetadas, palizas, pero apenas se alude a tocamientos u otros abusos sexuales. Pero en este caso, cuando los niños han bebido el agua del botijo del jardinero y deciden sustituirla por orina, el momento en que uno de ellos se la saca dispuesto a dar el cambiazo y se ven interrumpidos por el trabajador, uno supone que cualquier cosa puede pasar. Y lo que sucede es lo más inesperado. En medio de sus penalidades los niños descubren a un buen hombre que se hace amigo suyo y los ayuda cuanto puede. Giménez lo cuenta con una sencillez y naturalidad pasmosas, todo resulta conmovedor. Sobre todo porque nos recuerda algo no muy habitual en la serie: que queda bien en el mundo y que esa bondad suele deberse a una decisión personal. El jardinero podía ser un bicho, frustrado por las limitaciones de su existencia. Pero como el hombre del cine, la señorita Ester Alvar o hasta el señor delegado, ha decidido ser bueno. Y eso es ya de lo poco que podemos esperar y agradecer en esta vida.
¡Feliz Navidad a todos los hombres de buena voluntad! Leer más...
LA MARCA DE CAÍN
A finales de los setenta, se recuperaron dos películas de Arrabal y Jodorowsky que habían estado prohibidas hasta ese momento. Tuve ocasión de ver y flipar bastante con la de Arrabal. Tanto que nunca llegué a ver El Topo, la cinta de Jodorowsky.
Años más tarde fui con un conocido a ver Santa Sangre. Aunque luego muchos me han recomendado vivamente esa obra, mi amigo no la soportó así que nos largamos de la sala a mitad de la proyección, algo que no he hecho ni con Rivette, que ya es decir.
Así pues, soy casi completamente virgen en cuanto a la filmografía del creador chileno. Por supuesto, conozco bastante bien sus comics, lo invitamos en dos ocasiones a Gijón y he podido discutir con algunos de sus colaboradores como Bess o Moebius sus peculiares y controvertidos métodos de trabajo. También he leído alguno de sus libros aunque su rollo de santón no me interesa. Sin embargo sus comics sí. Por razones que no alcanzo a comprender.
Jodorowsky ha sabido rodearse de grandes dibujantes que sin duda realzan sus textos. Pero, pese a quien pese, de alguna forma su universo es intransferible y diferenciado y consigue sobrevivir a artistas menores. Ahora nos brinda la continuación de El Topo. Según explica en la introducción tenía preparado ese guión desde que la película original empezó a cosechar cierto éxito en el cine X donde fue estrenada. Pero nadie se interesó por ese argumento o no lo suficiente como para reunir el dinero necesario para poner en marcha una película. Muchos años más tarde un dibujante la adapta al comic, conservando una indudable estética fílmica, apreciable sobre todo en el abundante empleo de viñetas panorámicas.
No es la primera vez que el chileno guarda y recicla guiones descartados. Bess comentaba que El lama blanco había partido de uno de esos argumentos que nadie deseaba filmar, una versión de los libros de Lobsang Rampa. Su frustrada adaptación de Dune ha hecho correr ríos de tinta y él la recuerda con detalle siempre que tiene ocasión.
Lo que Jodorowsky nos ofrece en este retorno al Topo es más de lo mismo. Religiosidad y crueldad extremas, ambición y generosidad sin límites, pureza y lujuria, nihilismo y sincretismo… De alguna forma son los elementos que habitualmente aparecen en sus obras. La eterna lucha entre padres e hijos y la agonía interior de todo humano que se debate entre el bien y el mal, si es que tales conceptos todavía significan algo. Sus personajes continuamente se desplazan, no solo de un lugar a otro sino de un territorio moral al opuesto, abundan los malos que devienen santos y los santos que cometen maldades.
Nadie construye un relato a partir de tal densidad simbólica, todas las guías de escritura lo desaconsejan. Se trata de ocultar el sermón, centrarse en la acción y transmitir la menor cantidad de ideas posibles. “Las películas son entretenimiento, Western Union se encarga de repartir los mensajes” decía Samuel Goldwyn. Jodorowsky no está de acuerdo y se pone a soltar sus peroratas desde la viñeta uno. Cual sea su mensaje o de qué intenta convencernos resulta más discutible. Pero que tiene muchas cosas que decir es innegable y allá va, lanzando sus dardos contra corruptos, curas hipócritas, gente mediocre y otros miserables. No estamos en un universo reconocible. Si acaso, como ya he dicho, el autor construye su propio mundo, un lugar donde predomina la mezcla y donde los discursos parecen buscar la confusión del público, para obligarle a pensar por sí mismo. Podría ser. O lo contrario.
En todo caso, Ladrönn es un extraordinario dibujante y aquí realiza un trabajo genial. Leer más...
Carlos Giménez alcanza el séptimo tomo de Paracuellos, una gran noticia sobre todo tras leer su trabajo anterior, un testamento siniestro, una amarga despedida que parecía anunciar su retirada del medio.
Afortunadamente no ha sido así y ahora recupera una de sus series más populares, aquella que nos hizo seguirlo y admirarlo, que nos emocionó por su contenido y nos impactó por su precisa puesta en escena.
Mucho antes de que nadie hablara de “memoria histórica” Giménez nos desveló la suya, que por personal consiguió ser universal. Y, si había una intención política detrás de aquellos recuerdos, iban por delante los aspectos humanos, dar testimonio del sufrimiento de unas víctimas perfectas, unos niños brutalizados sin razón ni necesidad y cuyo dolor muchos sentimos como propio.
Durante años Giménez contó sus desgracias y las de sus compañeros en una catarsis colectiva a la que como lectores fuimos invitados y que fascinaba por la precisión con que conseguía acercarse a aquellas criaturas con las que resultaba sencillo identificarse. Hubo quien le acusó de sentimental, echándole en cara que su trabajo fuera tan popular. No en vano muchos han preferido siempre la exquisitez de lo minoritario, la diferencia que permite a unos pocos sentirse superiores.
Luego llegó la continuación de aquellas memorias en Barrio, otra gran serie que ha retomado, siempre con fortuna. Su vida como profesional quizás no constituyó un relato tan emotivo ni profundo, pero no estaba exenta de interés. Sumen a todo ello una larga lista de obras maestras como Hom, Sabor a menta, Primer amor… Giménez es EL dibujante.
Si hay que seleccionar a un autor que represente lo mejor del comic español, debe citarse su nombre, sin duda. Durante años nadie se le acercaba en el terreno de la narrativa, nadie tenía su sentido de la estructura visual, de la interacción entre imágenes y textos, nadie tampoco su capacidad para crear personajes humanos, creíbles, con los que podíamos empatizar, por los que nos preocupábamos y cuyas vidas eran más reales que las nuestras. Es uno de los grandes y no debemos nunca olvidarlo.
Pero, pese a ello, sus últimas obras habían sido muy decepcionantes. Empiezo a contar desde 36-39. Malos tiempos, su tetralogía dedicada a la Guerra Civil.
Alguien que como él siempre había ofrecido una versión muy creíble de la realidad nos sorprendía con un relato de buenos y malos, una aproximación maniquea en la que se daban pelos y señales cuando los verdugos eran fachas mientras que los muertos parecían caer del cielo cuando sus asesinos eran de izquierdas. En alguien que ha convertido Paracuellos en una marca personal sorprende esta doble vara de medir, esta desmemoria por un lado y esa precisión por el otro. Desde entonces todo ha ido de mal en peor. Dedicó cinco álbumes a contarnos la vida de su amigo el dibujante Pepe González. Reconozco que era una crónica muy interesante y vívida de un personaje que sin duda merecía tales esfuerzos. Pero ¡cinco álbumes!
El ritmo, uno de los puntos fuertes del autor, desaparecía devorado por la repetición y la insistencia. Con todo Giménez siempre consigue transmitir la idea de que lo que cuenta es importante y que debemos prestarle atención. Pero llega un momento en que cuesta hacerlo.
Peores son sus otras entregas de estos años. Por un lado la fallida Peste escarlata y por el otro Crisálida, una confesión de un señor de la tercera edad al que ya no le quedan muchas ganas de vivir. Conmueve por su franqueza pero deprime por su insistencia y su (de nuevo) falta de ritmo. Nunca pensamos que acabaría convertido en ese abuelo que nos cuenta batallitas. La afirmación anterior es una crueldad, y el peor Giménez sigue teniendo mucho más interés que casi todo el resto de autores españoles. Pero precisamente por haber sido tan grande, duelen más sus actuales patinazos.
Y así llegamos a Paracuellos 7. Es mejor que sus últimas obras. Creo que no alcanza a sus episodios de hace años, pero no desmerece en el conjunto de la serie y mantiene su capacidad para llevarnos a un mundo de niños, que se comportan como tal y que por eso provocan nuestra compasión. Sus ilusiones, sus esperanzas, sus sueños, son tan infantiles como creíbles y cuando alguien les hace daño también nos lastima a nosotros. Yo creo que en el pasado Giménez no habría dejado pasar algunos diálogos, como el que dedica al padre que vivía en Francia. Pero en general es un gran producto que nos reconcilia con un autor al que siempre hemos admirado y querido.
Si les gustó la película de Fincher, El club de la lucha, supongo que se acercarán a esta novela gráfica. El autor de la novela que dio lugar al film ha querido que su secuela saliera directamente en este formato.
Quienes disfrutaron con el tono psicodélico y apresurado de la criatura de Fincher, con sus mezclas y sus saltos temporales y sus fotogramas insertados y demás, encontrarán una natural continuidad en esta obra donde ya adelanto que para mí lo mejor es el dibujo de Cameron Stewart.
Saca adelante como un campeón un encargo que no es nada sencillo. Desde el principio señala su territorio y no pierde el tiempo intentando que sus personajes se parezcan a los célebres actores de la adaptación cinematográfica. En cambio dispone a varios héroes fácilmente identificables y a quienes no perdemos de vista pese a la infinidad de secundarios que pueblan la historia y los cambios de escenario y los saltos entre secuencias y todas las argucias narrativas que se les ocurran.
El dibujante permanece firme y claro y si hay un responsable de que consigamos acabarnos esta laberíntica obra es sin duda él. Sus caracterizaciones aportan sangre y hueso a las ocurrencias más estrambóticas del guión, como esos niños-viejos, uno de los hallazgos argumentales más divertidos. Otra invención a la que más o menos consigue sobrevivir es la aparición de un segundo plano, sobre las viñetas, por donde se deslizan píldoras, espermatozoides, pétalos de rosas y otras emergencias metatextuales. ¡Qué moderno!
Por supuesto el autor, eseChuck Palahniuk que algunos de mis alumnos insisten que lea, se introduce en el texto como un personaje más. ¿Eres Dios?, le pregunta otro comparsa. Desde esa posición bromea con las realidades que viven los protagonistas de un relato disparatado y que intenta ofrecer su desquiciada versión de esa realidad que nos desborda.
Supongo que a los jovenzuelos de la generación Nocilla este trabajo plagado de niveles de lectura les enloquecerá, pero a mí me cansa tanto sampleado (¿Se sigue diciendo sampleado?). ¡Señores, que yo me leí lo de las Tostadoras Eléctricas del Sienkiewicz! Y unas cuantas chifladuras más de los ochenta. Esto no es nada en comparación.
Fincher aportaba un tono épico al relato original y el hastío existencial del protagonista era comprensible. Entendíamos su repulsión ante una vida que parecía sacada de un catálogo de Ikea, sólo un psicópata se sentiría a gusto en esos espacios virtuales.
Y de alguna manera narraba con vigor el ascenso de aquella extraña secta que conspiraba para derrumbar el orden establecido. El puntito viril y sadomaso de los intercambios de mamporros entre hombretones semidesnudos también tenía un indudable atractivo y no dudo que haya servido de inspiración para los dirigentes del estado islámico. Pero ahora todo eso ya nos suena a antiguo, esos tratos entre poderes ocultos que dirigen el mundo como los inexistentes sabios de Sión, ese sarcasmo infinito, esa cita dentro de la cita… Al final todo se mantiene a tanta distancia de lo real que deja de afectarnos. Todo es una broma y por tanto ni nos importa ni nos conmueve. Leer más...
A estas alturas del año ya hemos leído algunos de los mejores comics de 2016. Pero todavía quedan algunas rarezas sueltas, piezas de difícil clasificación que no deberían de pasar desapercibidas.
TEBEOS NO TAN NUEVOS NI TAN VIEJOS
Que no, que no me muero de María Hernández Martí y Javi de Castro
Una impecable reflexión sobre el cáncer servida a través de un dibujo de narrativa minimalista en la onda de Chris Ware. No es la primera vez que se nos ofrece una versión de primera mano de los destructivos efectos de la enfermedad, ni la primera en clave de humor. Pero, pese al tema, es un tebeo bonito y de agradable lectura.
Democracia de Alecos Papadatos, Abraham Kawa y Annie Di Donna.
Los autores de Logicomix buscan refuerzos para contarnos el nacimiento de la democracia. El dibujo tiene garra y el tema es extremadamente interesante. Pero de alguna forma se pierden en el desarrollo y, aunque cuentan con un gran final, supone un verdadero esfuerzo llegar hasta él.
Aquí vivió de Isaac Rosa y Christina Bueno.
Era inevitable que en un momento en que los desahucios impulsan carreras políticas y copan minutos de televisión alguien los emplease como tema para un comic. Lástima que a las buenas intenciones no les hayan sumado algo de talento.
Fenix de Osamu Tezuka.
No podía dejar que la tremenda saga del maestro Tezuka concluyese sin al menos señalarlo. Con el Tomo doce desborda la frontera de las tres mil páginas dedicadas a un trabajo desmedido e irregular pero lleno de grandeza. Cualquier cosa podía pasar en las páginas de Fénix y en cualquier momento. El Disney japonés es imprevisible y torrencial y su lectura siempre recomendable.
¡Socorro! ¡¡Mi madre tiene Facebook!! de Carles Ponsí.
Simpático y sin pretensiones. La madre del autor emplea un lanzallamas para encender el ordenador y dice Yusuf en lugar de YouTube. Resulta fácil identificarse con esa señora incapaz de estar tecnológicamente actualizada pero que sin embargo emplea con entusiasmo todos los nuevos juguetes que el hijo pone a su alcance. ¿Mi chiste favorito? Cuando la madre le manda un mensaje al móvil de su hijo… para explicarle que se lo ha dejado en su casa.
Hellblazer de Jamie Delano. Alan Moore había creado al personaje de John Constantine, un detective de lo sobrenatural con los rasgos de Sting que hacía de maestro jedi para la Cosa del Pantano. Alguien pensó que tenía posibilidades y lo lanzaron en una serie propia. Los primeros números los escribió Jamie Delano y fueron dibujados por John Ridgway. Las enloquecidas ocurrencias del guionista alcanzaron tal nivel de depravación que el ilustrador acabó abandonando la serie, ausencia que se acusó de forma notable. Este recopilatorio permite disfrutar de aquella primera etapa, con episodios realmente antológicos y dos extras muy jugosos: el excepcional “Santo maldito”, con dibujo de Talbot, y los números de The Horrorist, con arte de David Lloyd.
Flash Back en negro de Manel Gimeno. Los tebeos de Cordelia, la editorial que firma esta recuperación, ha establecido varias líneas de trabajo muy diferentes. Por un lado reeditando clásicos imprescindibles, como es el caso de los volúmenes que ha dedicado a McCay o a Herriman, por el otro apostando por autores jóvenes, como en el tebeo sobre Joselito firmado por Jose Pablo García, y finalmente rescatando del olvido a creadores raros o no muy populares, como hicieron con Javier de Juan y ahora con Gimeno. El tomo agrupa las historias de un detective en la onda de Blade Runner, una serie de negra con toques de ciencia-ficción muy típica de los ochenta y que cuenta con el interés añadido de que Mique Beltrán firmaba algunos de los guiones. Una verdadera rareza.
Paria de Kirkman y Azaceta.
El talento de Kirkman sigue deslumbrándonos desde las páginas de The Walking Dead y sus nuevas líneas argumentales no han decepcionado a sus seguidores, entre quienes me cuento. Quizás empiezo a notar algo más de cansancio en Invencible, otra de sus series en marcha. Paria llega a su segunda entrega y, aunque el color sigue siendo muy agradable, al dibujo le falta cierta fuerza narrativa. Con todo tiene sus momentos y si necesitan una dosis extra de Kirkman aquí pueden conseguirla.
Macanudo 11 deLiniers.
Es habitual olvidarse de series que llevan años en marcha como ésta. E injusto. Si aplaudí en su momento la aparición de este humorista argentino ahora debo rendirme ante su capacidad para renovarse y mantenerse fresco después de tanto tiempo. Siempre incluye algún chiste realmente bueno. Como el de Han… Solo.Leer más...
Podría suponerse que ante una situación de crisis como la que atraviesa este país, algún autor tendría algo interesante que decir. Que aparecería el Carlos Giménez del siglo XXI facturando un tebeo popular donde quedaran reflejadas las tribulaciones de parte de los ciudadanos.
No ha sido así y tendremos que conformarnos con Miguel Brieva. Lleva tiempo publicando manifiestos donde explica sus reflexiones sobre la economía, la política o la ecología. Su dibujo tiende al realismo sucio, con algo que recuerda a Burns o a Crumb, emparentándolo más con los colaboradores de El Víbora de los ochenta que con muchos de los historietistas actuales, no muy proclives a los sombreados y el detalle con que él satura sus planchas.
Ahora presenta la que califica como su “primera novela gráfica” y, por su portada, podría suponerse que iba a trazar un retrato de la crisis y los movimientos sociales que ha provocado. En la cubierta se ve una manifestación en un lugar tan emblemático como la Puerta del Sol. Hay policías disparando pelotas de goma a los asistentes pero también unos muñequitos de colores muy delirantes que se pasean por la calle y que anuncian en parte el tono con que está contada la historia del interior.
En el aspecto gráfico el volumen es impecable. Tiene esos rayados saturados que lo desmarcan de las tendencias minimalistas y facilonas predominantes, y todas las secuencias, tanto realistas como oníricas, están resueltas con solidez y convicción. Si acaso, el aspecto más débil de la puesta en escena es el equilibrio entre textos e imágenes, con cierta tendencia a la verborrea, que se desborda sobre todo en las introducciones de los capítulos. Pero, a pesar de la abrumadora presencia de los textos, se lee bien. Otra cosa es lo que cuenta.
Básicamente se explican algunas de las circunstancias de la crisis a través del protagonista, un licenciado en geológicas que se ve obligado a trabajar de limpiador en el aeropuerto. Asistimos al drama de los desahucios, a la tragedia del padre que pierde el empleo, a la voracidad de los malvados capitalistas que piensan de manera egoísta y no colectiva y a ciertos conatos de rebeldía, que acaban en enfrentamientos con la brutal policía. En ese sentido, Brieva, que ha colaborado en varios libros de texto de “Educación para la ciudadanía”, imparte la habitual receta anti-capitalista, sermonea contra el neo-liberalismo y proclama la necesaria destrucción del sistema opresor. Hasta ahí, sin sorpresas, todo es como cabría esperar. No nos vamos a poner a pensar a estas alturas.
Pero en una segunda lectura lo que se descubre es algo más interesante. Primero, su discurso no se enuncia desde la posición de un narrador omnisciente, un comisario que nos explique las contradicciones del mercado. Al contrario, su héroe es un haragán con tendencias depresivas y alucinaciones y delirios varios a causa de los porros y las pirulas que trasiega constantemente. Hay momentos en que me sentía de vuelta a las historietas de Caza en Metal Hurlant, fantasías hippies con críticas a la rutina y elogios de las drogas y el sexo libre ¡Yupi!. La realidad se convierte así en una alucinación psicotrópica en la que sólo hay que dejarse llevar y conectar con el universo. En ese sentido el diálogo con el ficus de la psicóloga es revelador. El yo es nuestro enemigo, fundámonos con la masa y el cosmos.
Yo sospecho que Brieva ha firmado una monumental parodia. Como cualquiera que haya visto Ladrón de bicicletas, por ejemplo, no podía entender escenas tan melodramáticas y sonrojantes como la del despido del padre. O la plancha en que se dedica a explicarnos lo alienados que estamos, con nuestros ai-fons, videojuegos y programas basura de la tele. O la del empresario que afirma que las almas ya no valen nada. Todo es tan barato, simple y panfletario que sólo cabe una explicación. Y es que todo el libro es una gran broma, una sátira de unas visiones del mundo realmente caducas y simplistas. Y que sólo pueden aceptarse como chifladuras de un perturbado. ¡Ya decía yo! Leer más...
Daniel Clowes aborda el problema moral que subyace en todo tebeo de superhéroes: ¿qué hacer cuando se nos otorga un poder que nos sitúa por encima de los demás?
Ya saben cual es la respuesta clásica de Lee y Ditko: un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Todas las revisiones contemporáneas de esa afirmación han tendido a burlarse de ella, cuando no a negarla directamente. Si Ditko había llevado la premisa hasta sus últimas consecuencias, en personajes como Mr. A o sus héroes para la Charlton, la siguiente generación de creadores opinó justo lo contrario. El poder conlleva corrupción y cuando el poder es absoluto también la corrupción lo es. Esa es la evidente premisa en Watchmen, que no por casualidad nació como una actualización de las criaturas de Ditko. Lo que en principio iba a ser una puesta a punto acabó convertido en algo muy diferente, una gran farsa en la que la inversión de valores era casi completa. Pasábamos del mundo en blanco y negro del creador de Spiderman al universo plagado de matices de gris de Moore, donde la ambigüedad moral era la regla.
A Moore le siguieron otros escritores que demostraron que ambos puntos de vista podían convivir en el mercado. Morrison y muchos otros investigaron los diferentes tonos del gris, mientras que creadores como Ennis o Millar nos traían de vuelta a héroes clásicos, que debían enfrentarse a un mundo ya no tan simple como el de sus ancestros. Pero las bases se mantenían. En Kick-Ass, por ejemplo, el protagonista puede ser un desgraciado a quien su novia desprecia y todo el mundo da palos, pero eso no disminuye su coherencia moral ni la firmeza de sus convicciones. En todo caso, este era un debato del que el comic alternativo en general parecía bastante apartado. ¿Qué interés pueden tener estas discusiones sobre el bien y el mal cuando nos entregamos a la parodia más enloquecida o reflexionamos sobre el (sin) sentido de la vida?
Hasta ahora Clowes apenas había rozado estos asuntos. Sus héroes se mueven en unos territorios devastados, donde es el azar (y no nuestro libre albedrío) quien realmente causa unos cambios que siempre escapan a nuestro control. Ese protagonismo del absurdo provoca que sus relatos tiendan a avanzar sin rumbo, como si la atención del autor se desplazara del desarrollo de la historia hacia los ambientes. Con todo, su talento es indudable y se ha ido volviendo más refinado y sofisticado con los años. En sus últimas obras le ha dado un mayor protagonismo al color y ha depurado sus juegos con los diferentes registros del lenguaje del comic, incorporándolos a su discurso no siempre de forma afortunada.
Pero en este caso construye una historia sorprendentemente rotunda. Parte de un argumento clásico, como ya he indicado. Su “héroe”, el eterno perdedor adolescente, consigue una pistola que lanza ese rayo mortal que indica el título. Y lo usa con sus enemigos. Lógicamente, nada es lo mismo tras un asesinato y Clowes explica con mucha inteligencia esas consecuencias atroces que la violencia siempre provoca. Lo hace a su manera elíptica y retorcida, pero toda la estructura narrativa se pone al servicio de la idea central y no pierde nunca ese rumbo. El resultado es un tebeo sólido e inteligente, sin concesiones y con la frialdad y distancia que caracterizan al autor. No se lo pierdan. Leer más...
La reciente publicación de la nueva entrega de Macanudos del argentino Liniers y Ellos mismos de nuestro televisivo compatriota Joaquín Reyes, nos permite comparar dos estilos humorísticos muy distintos.
En resumen: pensaba dedicar este artículo al trabajo de Reyes, pero me ha parecido tan flojo que prefiero simplemente citarlo y saltar cuanto antes al argentino, que mantiene el brillante nivel que le caracteriza. El caso Reyes es especialmente decepcionante cuando pensamos en lo divertido que puede llegar a resultar en la televisión. No sólo en sus imitaciones de personajes conocidos, como Lars von Triers, cuya parodia fue antológica. También en sus secuencias de animación, como las protagonizadas por Enjuto Mojamuto, cuyo gag sobre la caída de internet fue justamente celebrado en todos los foros frikis. Pero también sabíamos que Reyes puede ser muy irregular y que salta con facilidad de lo tronchante a lo autocomplaciente. Y eso es lo que en líneas generales predomina en su libro.
Siendo justos debo conceder que su dibujo es bonito y agradable. Y que algunas de sus ocurrencias no carecen de humor. Me he reído con el pasaje que dedica a Jiménez Losantos. Aunque también me pregunto qué habría pasado si el argumento que emplea, que el conocido locutor era “feete y por eso no disfrutó del amor libre”, hubiera tenido otro destinatario. Por ejemplo, ¿se imaginan que alguien afirmara que como Maria Antonia Iglesias es un cruce entre una ballena y una piraña, no mojó lo que debía y por eso ahora está tan amargada? Tiemblo tan solo al plantearlo como mera hipótesis de trabajo. Quiero decir que Reyes se ensaña con los famosos con los que está bien visto meterse, apenas se arriesga. Lo que es peor, muchas de sus tiras no tienen gracia y él es el primero en ser consciente de ello. Si es así, ¿por qué nos castiga con su falta de inspiración? Espero que su próxima entrega esté un poco más elaborada, pensada y seleccionada.
Después de sufrir Ellos mismos, la lectura de Liniers es casi como un bálsamo. Nos deslizamos con delectación por sus mundos poéticos, por sus misterios, por su ternura.
Su dibujo es tan sencillo y eficaz como su escritura. Nos gusta hasta cuando falla, cuando el gag no llega. Porque sabemos que enseguida nos regalará otra gran ocurrencia, otro buen chiste, un nuevo motivo de reflexión. Especialmente delicada resulta esa sorpresa en mitad del volumen, el viaje a Abajópolis donde Liniers da rienda suelta a muchas de las influencias que rastreamos con facilidad en su trabajo, de Carroll a Gorey, en un trayecto que oscila entre la fantasía y el misterio. Un misterio tan divertido como el que protagoniza el famoso hombre de negro, extraño héroe que se multiplica en sus tiras.
Liniers mantiene algunas de sus virtudes narrativas, como es la costumbre de forzar las posibilidades de un medio a priori tan limitado como la tira. La fracciona, la estira, la comprime… En fin, es un maestro en su arte y pasearse por sus mágicos territorios resulta siempre agradable y satisfactorio. Y, no lo olvidemos, divertido. Puede ponerse poético y hasta metafísico, pero nunca olvida regalarnos chistes tan brillantes como el del “after” de las ovejas, el del entierro del payaso, el de las arenas movedizas o el de la luz mala. Situaciones siempre surrealistas con planteamientos tan absurdos como desternillantes. Leer más...