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viernes, 14 de junio de 2019

BLANCO, LA ÚLTIMA SONRISA DEL TBO

El pasado mes de mayo moría en Barcelona el último dibujante del TBO clásico, Josep Maria Blanco Ibarz. Tenía 92 años y con él se desvanece una de las etapas más gloriosas de la historieta española.


En 2011 tuve el honor de organizarle una exposición acompañada por un voluminoso catálogo en el Casal Solleric de Palma. Sus vínculos con Mallorca eran conocidos, dos de sus hijos residen en la isla y él solía acercarse en verano.

Repasé con él la lista de caídos del TBO. Entonces todavía seguía en pié Muntanyola, que moriría en 2012. Pero Blanco, con la crudeza del superviviente, me apostilló: “Él era más bien un colaborador. De plantilla solo quedo yo”. Y ahora ya nos hemos quedado definitivamente sin testigos de aquella época.

Otro comentario que solía repetir era la atención que los medios prestaban a Bruguera, en detrimento del TBO. No conviene olvidar que, antes de que Mortadelo y Filemón, Anacleto o Zipi y Zape existieran, el TBO era la revista de historietas más vendida y leída de este país, con tiradas que hoy resultan casi imposibles de imaginar.

Descanse en paz Josep Maria Blanco TBO


Habitualmente se valoran más los aspectos de crítica social y retrato distorsionado de la realidad que aparecen en las publicaciones de Bruguera, frente a los mundos felices que encontrábamos en el TBO. Lo cual nos remite a una premisa que cierta crítica ha convertido en dogma, como es la visión del arte como herramienta política. Recientemente leía una revisión de “Cantando bajo la lluvia” en clave feminista. Aparentemente el film es un elogio del heteropatriarcado y Debbie Reynolds una sumisa y un mal ejemplo para toda mujer. Estas aproximaciones delirantes olvidan que las formas artísticas exigen ser leídas según sus propias normas. Esto es, no puedo juzgar un musical sin prestar atención a sus movimientos, su ritmo, su plástica interna. Y lo mismo ocurre con toda forma de arte, incluidas las historietas. Disfruto con el TBO por la misma razón que amo a Matisse (o “Cantando bajo la lluvia”). Porque me trasladan a un espacio de felicidad ideal. Los marxistas rococós me acusarán de conformista pero más reaccionario me parece aplicar una mirada unidimensional a toda obra de arte, despojándola de sus componentes más salvajes y personales y convirtiéndola en proclama, siempre con la misma denuncia en la boca. A veces admiramos la crítica y el señalamiento de los problemas sociales más acuciantes. Pero en otras ocasiones simplemente nos queremos reír, queremos disfrutar con un trabajo limpio, bien hecho, queremos emocionarnos e imaginar que un mundo más educado, más ordenado y amable es posible.

Esos eran los universos a los que nos trasladaba Blanco. Con su dibujo más esquemático pero terriblemente encantador en sus inicios, con su grafismo clásico después, cuando sustituyó a Benejam en “La familia Ulises” o cuando se embarcó a dibujar a las multitudes que ya inundaban Barcelona en los noventa. Recientemente sus traviesas vistas de la ciudad han vuelto a reeditarse en lo que supongo ha sido su última publicación.



Tras la noticia de su muerte no puedo dejar de pensar en las tarjetas de navidad que él mismo pintaba a mano y repartía al llegar el fin de año, siempre con sus mujeres grandotas y sus pequeños y tímidos hombrecitos. Y que ya no recibiré. También pienso en una de las curiosidades que incluimos en su catálogo: una servilleta de papel sobre la que había dibujado en el hospital, a falta de otro soporte. A su edad, ya había tenido que pasar por centros médicos en diversas ocasiones. Él endulzaba aquellos agrios momentos ideando chistes protagonizados por enfermeras sexys y amables médicos. Y él mismo, que aparecía en algunos gags como el de la depilación. Para una de sus operaciones habían tenido que rasurarlo completamente. Semejante afrenta a su intimidad no era algo a lo que un hombre de su edad estuviera acostumbrado. Dibujó la escena y me lo comentó en una entrevista, entre sonrisas y guiños: “¡Todo! ¡Me lo rasuraron todo!”,

En fin, Josep Maria Blanco era un encanto de hombre, un peleón, un trabajador incansable que supo compatibilizar su labor en una entidad bancaria con su oficio de historietista. Nunca descansó, siempre tuvo una sonrisa para todos y sus creaciones permanecerán. Ya lo echamos de menos.


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viernes, 2 de octubre de 2015

LA ESCUELA BRUGUERA: ANACLETO

Anacleto agente secreto de Vázquez

El estreno de la película sobre Anacleto, el clásico personaje de Vázquez, es una excusa tan buena como cualquier otra para reflexionar sobre la popular “Escuela Bruguera”.


Cuando se habla del legado de la editorial tiende a hacerse recurriendo a algunas oposiciones básicas. La primera sería la que la enfrentaba con su gran competidor de la época, el TBO. En el discurso que ha quedado establecido Bruguera aportaría un mayor realismo, una visión crítica, frente al conformismo burgués del TBO. Es cierto que había violencia y muertos de hambre en las historietas de Bruguera. Pero no lo es menos que La familia Ulises permanece como el gran retrato de la clase media de este país.

El problema reside en la idea de “realismo” que se defiende. El que se centra en lo negativo y desvela las contradicciones del capitalismo es buen realismo. El que aplaude sus aciertos y describe a gentes de bien, compasivas y decentes, malo. Bruguera asienta así un modelo que con el tiempo se ha convertido en conducta habitual de los protagonistas de nuestras series de ficción. Los bondadosos habitantes del TBO no tienen herederos. En cambio los rastreros, pelotas, chapuzas y miserables antihéroes de casi todas nuestras sagas televisivas llevan en sus genes la marca de Bruguera.

Por supuesto, estoy simplificando. En Bruguera participaron muchos y variados autores que no encajan con facilidad en esta descripción. Pienso en el noble Raf o en Segura y tantos otros. Pero el tiempo ha reducido la aportación de la editorial a dos nombres, tan opuestos como similares: Ibáñez y Vázquez. Ambos se parecían porque los dos trabajaron con personajes poco ejemplares.

Curiosamente, Vázquez, que hizo de la trampa un arte, supo insuflar más brío a sus creaciones. Sus héroes tienen una vitalidad contagiosa y hasta sus quejas son simpáticas. Hace unos años rodaron una película sobre él y también Paco Roca lo empleó como personaje en una de sus novelas gráficas. Allí era presentado como un desclasado que traicionaba a sus compañeros dibujantes. Mientras aquellos intentaban editar una revista para liberarse de la opresión de Bruguera, Vázquez los engañaba e Ibáñez se ofrecía a sustituirlos a todos, como el perfecto esquirol.

Anacleto agente secreto de Vázquez
Mi visión de Vázquez se resume en una anécdota de la que fui testigo. Hace años le invitamos al Salón del Cómic de Gijón y allí se le alojó en un hotel. Era un tipo alegre, bromista y amante de la farra. Así que una noche llegó a las tantas al hotel, donde le esperaba la policía. Parece ser que había dejado una cuenta sin pagar en otro establecimiento, nada raro tratándose del “tío Vázquez”. Según nos contó la recepcionista, a los pocos minutos ya estaba bromeando con los agentes, haciéndoles dibujitos y consiguiendo que se olvidaran de los cargos. Durmió tranquilamente en su cama. Vázquez era un genio que tenía mucho peligro.

También tengo otra anécdota para definir a Ibáñez, en otro certamen gijonés. Como saben, y él no se cansa de repetir, fue empleado de banco. Durante años compatibilizó su trabajo como contable con sus tareas como dibujante. Sus lectores recordamos cómo se autorretrataba atado a la mesa de dibujo, incluso en vacaciones, con el editor siempre exigiéndole planchas que faltaban. Él sí ha tenido un éxito prolongado, con Mortadelo y Filemón traducidos a innumerables lenguas y también con adaptación cinematográfica. Cabe decir que en persona no tiene ninguna gracia, repite una y otra vez los mismos chistes y acaba siendo cargante, al contrario de Vázquez que era un caradura muy simpático. Los lectores de Ibáñez siempre le recuerdan El sulfato atómico, el álbum donde demostró que podía dibujar tan bien como Franquin (a quien ha “citado” en muchas historietas de Sacarino por ejemplo). Ibáñez explicaba que no había vuelto a dibujar de manera tan laboriosa porque, en el tiempo que había empleado en hacer aquel álbum, más cuidado, podía dibujar dos o tres de los “normales”. No se había vendido más así que ¿para qué esforzarse? Esa era la lamentable actitud que tenía hacia su propia obra.
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viernes, 4 de julio de 2014

OTTO EL CAÑON de BLANCO, DIBUJANTE DEL TBO

Otto el cañon de Blanco edita Amaníaco humor TBO comic
Amaníaco, 2014.
64 pág. 19 €

¡APUNTEN!


Blanco, uno de los últimos dibujantes del TBO, sigue en plena forma. Publica ahora una colección de chistes con un insólito protagonista, un cañón.


Primero, debemos agradecer a los chicos de Amaníaco que hayan decidido lanzar este producto extraño y delicado. Pasados los momentos en que un personaje o serie están de moda, el destino de muchos dibujantes es el olvido cuando no directamente la pobreza. Todos conocemos historias de autores que acabaron pintando soldaditos o, si tenían más suerte, marinas en serie para rellenar paredes de hotel. Eso no ha cambiado mucho. Los creadores veteranos mueren y su obra aparece en la basura o es malvendida por sus herederos. Como no hay nada que se parezca a un museo del cómic en condiciones, páginas que ahora podrían ser adquiridas a unos precios razonables están condenadas a perderse o a pasar a manos privadas y quizás dentro de doscientos años algunos afortunados consigan volver a ver alguna. Pero parece poco probable. Cada vez que algún Ayuntamiento discute qué hacer con un edificio que permanece vacío pienso en las escasas instituciones que almacenan y exhiben planchas de cómic. Algo que permitiría obtener unos merecidos ingresos a los creadores y que sin duda tendría un gran interés turístico y cultural. Y que además presenta una diferencia nada despreciable respecto a los museos de pintura tradicional o de arte contemporáneo, donde las ciudades más pequeñas no pueden competir con las grandes. Madrid tiene el Guernica y aquí nos conformaremos con los apuntes con los que se limpiaba el trasero Picasso. En cambio en el mundo del cómic todavía se pueden conseguir piezas interesantes de casi cualquier autor a precios asequibles. Cualquier ciudad de provincias podría montarse el mejor museo de Europa, si empieza a moverse ya. Teniendo en cuenta el tradicional desprecio académico hacia el medio, dudo que tal cosa ocurra.

Catálogo de Blanco en el Casal Solleric, ajuntament de Palma comic
Imagen vía Extraestudio
Así que nos conformaremos con que algunos de los veteranos puedan disfrutar de cierto reconocimiento en su madurez y vean cómo muchos lectores todavía aprecian su talento. En 2011 dedicamos exposición y catálogo a Blanco en el Casal Solleric de Palma. Ahora sus hijos, preocupados por mantener vivo el legado de su padre, estudian nuevas estrategias comerciales entre las que se cuenta retomar la clásica serie de dibujos de Barcelona, realizada tras abandonar el TBO. Esas láminas, como bien pude comprobar al incluir algunas en el catálogo, sufrían mucho al reducirse de tamaño, gran parte de los detalles que les dan sentido no se apreciaban correctamente. Ahora planean imprimirlas sobre unos sorprendentes soportes que nos permitirán disfrutarlas en todo su esplendor pop. Si todo sale bien, estoy seguro de que serán un gran éxito comercial y harán justicia, finalmente, al esfuerzo que Blanco puso en ellas. Y hasta aquí puedo contar sobre un proyecto todavía en pañales.

Otto el cañon de Blanco edita Amaníaco comic TBO humor antibelicista
Lo que ya es una realidad es este volumen, financiado entre la editorial y la familia y con una tirada muy limitada, que agrupa un conjunto de bocetos guardado por Blanco en una carpeta y que nunca se había editado. De hecho, ni siquiera lo mencionó cuando confeccionamos su catálogo. Su temática antibelicista no lo hacía apropiado para el TBO y el autor ni llegó a presentarlo. Pero la idea le gustaba y continuó construyendo chistes sobre Otto, un cañón al que no le gusta disparar. Esto fue a mediados de los sesenta. Muchos años más tarde, exactamente en 2013, los dibujos reaparecen y se le ocurre que puede retomar el proyecto. Ahora han sido reunidos en una cuidada edición, con un color de acuarela muy discreto y conservando el trazo fresco y sin complejos de los primeros esbozos. ¿Qué puedo añadir? Se lee muy bien, si no tienen problemas con la ingenuidad y la ternura que siempre caracterizaron al mejor TBO. No en vano Blanco fue uno de sus mayores puntales. Todo es sencillo y directo, agradablemente naif. Y a los freudianos les encantará especular sobre el valor simbólico de ese cañón que a veces está muy tieso pero que también se ablanda y se queda fláccido, dependiendo de las situaciones y de su estado de ánimo. Nunca se fíen del humor aparentemente sin aristas.
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jueves, 31 de enero de 2013

DEL TEBEO AL CINE de J. R. LARRAZ

José Ramón Larraz. Memorias del tebeo al cine, con mujeres de película. Editores de tebeos
Editores de Tebeos.
Barcelona, 2012.

216 páginas, 17,95 euros.


TEBEOS, FOTONOVELAS Y PELÍCULAS

Esta autobiografía nos permite recorrer la trayectoria profesional y vital de un autor maldito y apenas citado: José Ramón Larraz.


Hace semanas yo me quejaba de las innecesarias recuperaciones que el editor Joan Navarro está llevando a cabo con ciertos autores patrios. Sin embargo ahora debo confesar que este volumen viene a desmentir en parte esas palabras. Y es que nos enfrentamos a un creador cuyas andanzas son, como suele decirse “más grandes que la vida”. Le ocurren tantas cosas y algunas tan sorprendentes que el conjunto resulta fascinante y muy entretenido. Es el propio Larraz quien se encarga de contar los hechos con una exquisita sencillez, evitando todo asomo de pedantería y manteniendo siempre un tono tan directo como fresco. Un estilo muy poco habitual en este país y que nos recuerda más a la cultura inglesa en la que desarrolló parte de su andadura profesional.

Confieso que ciertos arrebatos de campechanía pueden acabar resultando un tanto cargantes, así como el evidente abuso de las palabras gruesas, que aportan una nota un poco forzada a un relato que por otra parte es casi perfecto en su agilidad y capacidad para la elipsis. Primero, no se dejen epatar por la portada, que nos muestra al autor en una pose políticamente incorrecta, con su pie sobre las firmes nalgas de una actriz. En realidad el libro está lleno de afirmaciones que matizan esa superficial imagen de director-conquistador y Larraz repite hasta la saciedad el respeto y cariño que sentía no sólo hacia sus esposas sino hacia prácticamente todas las mujeres que han poblado su vida. Más provocadores resultarán (y él es muy consciente de ello) algunas de sus opiniones políticas o su versión de determinados hechos, como la entrada de Franco en Barcelona, que se produce cuando él es apenas un adolescente. Entrada que fue triunfal y en la que las banderas españolas ondearon en casi todas las ventanas, según recuerda. En diferentes momentos del libro expresa una sincera queja respecto a que España no podrá avanzar mientras pesen más las consignas de partido que los hechos, que no seamos capaces de reconocer lo que es justo, más allá de las conveniencias sectarias.

Bocetos de José Ramón Larraz incluídos en Memorias del tebeo al cine, con mujeres de película. Editores de tebeos
El libro está lleno de momentos emotivos, como la muerte del padre. Y es muy interesante ya que nos muestra la vida de un emigrante, en este caso alguien parecido a un intelectual como él, que se traslada a Francia para vivir una vida mejor. Su talento para el dibujo le permite facturar un conjunto de historietas que yo desconocía completamente y que me ha alegrado empezar a descubrir. Pero hay mucho más. Primero la fotonovela, la nueva moda que barrerá Europa en los sesenta. También hace algo de publicidad y de manera muy natural acaba dirigiendo películas. Por el camino tiene ocasión de casarse varias veces y conocer a unas cuantas actrices y modelos, Susanna York entre otras. La cosa se pone delirante cuando empieza a dirigir películas, al principio con productores de tercera y más tarde participando en proyectos más serios. Larraz es siempre muy consciente de lo que se esperaba de él y reflexiona con agudeza sobre lo “comercial” y lo “artístico”. También se muestra muy lúcido respecto a sus limitaciones, lo cual es de agradecer.

No soy un experto en su obra cinematográfica. Tan sólo recuerdo haber visto en su momento “Polvos mágicos”, que no dejó huella en mi. También algunos fragmentos de “El Periscopio” por Internet, muy recomendables, pero no por motivos estéticos. Yo supongo que gran parte de su filmografía no tiene mayor interés, pero me parece admirable que Larraz desarrollara su carrera apoyándose en el público y consiguiendo siempre que sus productores recuperaran el dinero invertido. Sus tebeos, en cambio, tienen muy buen aspecto y en más de un caso nos recuerdan al trabajo de Bernet. Pero sobre todo resulta admirable su actitud vital, su capacidad para la autocrítica y el cambio, su buen humor y su entusiasmo. El libro se lee de un tirón y uno se queda con ganas de más, no faltan las anécdotas jugosas y las opiniones desinhibidas. Si quieren pasarse un rato muy ameno, yo se lo recomiendo sin reparos.
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viernes, 10 de agosto de 2012

EL WENDIGO #112

En el otoño de 2008 aparecía el número 112 de la revista de "El Wendigo". Hay muchos y variados artículos: Café Budapest, Shazam, Shelton, Crumb, etc. Espero que lo disfrutéis.

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viernes, 16 de marzo de 2012

Obituario: Muntañola, Severin & Moebius

SÓLIDO, LÍQUIDO Y GASEOSO


En los últimos días, tres célebres autores de comic nos han dejado. La fama de uno de ellos podría llevarnos a olvidar a los otros, una injusticia que les aseguro no cometeré. El americano John Severin moría el 12 de febrero, el español Joaquim Muntañola el 5 de marzo y el francés Jean Giraud el 11 de marzo.

Severin, con poco más de 90 años, fue un trabajador inagotable. El adjetivo que mejor califica su labor es “sólido”. Da igual que dibujase historietas de guerra, westerns, humor, superhéroes o espada y brujería. Su detallismo y fuerte estructura gráfica siempre aportaban verdad al tema tratado. Para la EC realizó incontables historietas de guerra, realzando los guiones de Kurtzman y apoyado en muchas ocasiones por el vigoroso entintado de su colega Bill Elder. Luego, cuando aparece Mad, también supo adaptar su estilo a las parodias que le solicitaban. En las historietas históricas era conocido por su rigurosa documentación, que le llevaba a estudiar los patrones de la ropa militar para asegurarse de dónde estaban las costuras. Sin duda era uno de los grandes y así debe ser recordado. Nunca desfalleció, nunca ofreció una obra menor o descuidada. Sus personajes son profundamente humanos y reales.

Su estilo se caracterizaba por un minucioso rallado que no le abandonaría. Lo mantuvo cuando tras el cierre de EC se puso a colaborar con Marvel. Allí lo encontramos como dibujante a lápiz o entintador. Por ejemplo puso tinta a su hermana Marie, también dibujante y colorista, en varios episodios del Rey Kull. También recordamos su paso por The Hulk o Nick Fury, entre tantos otros. Menos conocidas por aquí son sus parodias para la revista humorística de Marvel, Cracked. Como muchos compañeros de generación colaboró con entusiasmo en las publicaciones de Warren, para las que facturó unas espléndidas historias de fantasía y terror. También realizó montones de episodios bélicos para los “Big Five”, las colecciones de guerra de la DC.

Posiblemente su última gran aparición fue en The Rawhide Kid en 2003. Allí volvía a uno de sus temas favoritos, el western, para actualizar de forma brillante un viejo vaquero de la Marvel, que siempre se había distinguido por sus atildadas vestimentas. El guión jugaba con inteligencia con su orientación sexual y Severin realizaba un espléndido trabajo con este cowboy gay. Una divertida despedida.

Muntañola es justo lo contrario. Su trazo es fluído, ligero, veloz, apresurado. Será recordado como colaborador del TBO y dibujante de personajes tan conocidos como Doña Exagerancia y, sobre todo, Josechu el vasco. Pero fue mucho más: guionista radiofónico, colaborador de diversos periódicos, ilustrador y un largo etcétera. Entre otros muchos libros escribió una autobiografía en 2007: La memòria fa pessigolles. Un año después se le dedicaba una muy merecida exposición conmemorativa en Barcelona. Si desean conocer más sobre la vida y obra de Muntañola les recomiendo el amplio artículo que Jaume Capdevila le dedica en Tebeosfera: “Joaquim Muntañola. Fabricante de sonrisas”.

Este creador lleno de vitalidad que casi alcanzó los cien años empleaba el estilo más ligero y despreocupado del TBO, una revista que se caracterizaba por la limpieza de los acabados. No es casual que se la asocie con los movimientos linea-claristas, aunque la expresividad de la plumilla de Muntañola encajaría con dificultad en tan austera tendencia. Lo suyo está más cerca de la aparente despreocupación de un Sempé o un Steinberg. Nunca intentó dibujar “bien” en un sentido convencional. Pero no olvidaremos las irresistibles historias de Josechu el vasco. Por cierto, algunos medios ya se han apresurado a enterrarlo como “último dibujante del TBO”. Se olvidan de que algunos como Josep Mª Blanco Ibarz siguen bien vivos, como su antológica de 2011 en el Solleric se encargó de demostrar.

Por último tenemos a un dibujante que vale por dos: Jean Giraud, también conocido como Moebius. Era el más joven de los tres, nos ha dejado con 74 años. Posiblemente también el más influyente, aunque en su valoración pesa mucho su posición central en el comic europeo. Siempre fue un dibujante milagroso, como atestiguaba su compañero en la Escuela de Arte Mezieres, que casi dejó el medio asustado por su talento.

Giraud colabora e imita al genial Jijé en sus primeros trabajos. Como en el inicio del Teniente Blueberry, serie del oeste que aparece en las páginas de Pilote en 1964. Como muchos de sus compañeros en la revista pasó por un periodo americano, en su caso mexicano al casarse su madre con un oriundo de ese país. Allí descubrió la marihuana y el sexo, en una experiencia personal que demostraría ser una influencia permanente a lo largo de toda su carrera. Con Charlier al guión firma muchos álbumes cargados de homenajes a los clásicos films del oeste. Todos los aficionados recuerdan algunos títulos concretos, de El general cabellos rubios a La mina del alemán perdido. Pero con los setenta empiezan los cambios. Su dibujo abandona progresivamente las masas de tinta heredadas de Jijé, que son sustituidas por evanescentes tramados, delirios barrocos fruto del cruce entre Doré y unos cuantos porros, según propia confesión.

En 1974 monta con otros colegas la revista Metal Hurlant y allí da la campanada con Arzak. La cosa no iba de cocineros sino de episodios sin apenas argumento donde Giraud, ahora ya Moebius, deja volar su imaginación. El resultado es fenomenal y los lectores quedan deslumbrados por su talento y fantasía. Vuelve habitualmente a Blueberry, con un grafismo cada vez más meticuloso y saturado, mientras pasa de todo en delirios como El Garaje Hermético. Las escasas ocasiones en que lo acompañaba un guionista, como la brillante The long Tomorrow, son inolvidables. Allí dibujaba una historia de Dan O’Bannon ¡y el resultado era espectacular!

Muy importante fue su colaboración con el chileno Jodorowsky. Según este contaba lo fichó para su fracasado proyecto de adaptación cinematográfica de Dune. A partir de esa primera aventura los estudios se fijaron en el talento del francés y tuvo ocasión de participar en innumerables producciones, de Abyss al Quinto Elemento. En todas dejaba su impronta con imágenes retro-futuristas. Si las escafandras de Alien nos recordaban inevitablemente a Verne, también conseguía extrañas mezclas en las que predominaban los cristales, las amebas y otros objetos blandos de difícil clasificación.

Se embarcó en la realizaciónde álbumes con Jodorowsky. Quedaban en un café, el escritor inventaba el argumento sobre la marcha, Moebius volvía a su estudio y lo dibujaba. Cuando se le acababa la historia volvían a verse. Así fabricaron varios álbumes donde se entrecruzaba violencia y misticismo en una fórmula que ha resultado inimitable. De alguna manera el chileno resultó el guionista adecuado para Giraud y gracias a esta afortunada unión los mejores dibujantes del mundo hicieron cola para trabajar con él.

Moebius era un tipo tan especial en lo privado como sus maravillosos mundos gráficos podían hacernos sospechar. Pasó por temporadas entregado a las más extrañas dietas, se largó a una isla acompañando a un gurú que anunciaba el fin del mundo, volvió cuando vio que el Apocalipsis no llegaba, etc. Estuvo en el Salón de Asturias en dos ocasiones, en Oviedo en 1988 y en Gijón en 2003 donde recibió el Premio Haxtur al Autor que Amamos en compañía de Sydney Jordan. En ese momento ya era una suerte de figura casi divina, con derecho a hacer lo que le viniera en gana. Casado con una nueva mujer más joven se había distanciado de Jodorowsky, aunque antes de separarse habían completado La Loca del Sacre Coeur cuyo tercer álbum ya evidenciaba las crecientes discrepancias entre ambos.
En fin, Moebius vivió mucho y trajo una mayor libertad al medio, algo que él mismo aprovechó con intensidad. Sus ilustraciones nos alcanzan por su belleza, originalidad y fantasía. Nunca dibujó bien a las chicas y eso que confesaba que el dibujo era lo que le había permitido ligar. Descanse en paz.
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viernes, 4 de noviembre de 2011

Humor Blanco

BLANCO, EL TBO… ¡Y MUCHO MÁS! 
Humor Blanco. 
Josep Maria Blanco Ibarz
Casal Solleric. Del 13 de septiembre al 13 de Noviembre de 2011. 

La pasada Nit de l’Art se inauguraba en el Casal Solleric de Palma la exposición dedicada al dibujante Josep Maria Blanco, uno de los últimos supervivientes de la revista TBO, la publicación que explica que en España denominemos “tebeos” a los comics.

El TBO, primero 
El TBO nació casi una década antes que Blanco, en 1917 mientras que él veía la luz en 1926. La revista incorpora a dibujantes tan reconocidos como Opisso o el menorquín Marino Benejam. Son sólo dos nombres que sobresalen en una plantilla que supone un verdadero despliegue de talento. En 1923 aparece como sección Los Inventos del TBO y en 1936 Benejam crea a Melitón Pérez, aunque el TBO se caracterizaba por incluir pocos personajes fijos.

Con la guerra la cosa se complica y en 1938 se interrumpe su publicación. Vuelve en 1942 pero variando su nombre y con muchos problemas para conseguir un permiso de edición. Con todo, en 1944 aparece la serie más popular de la revista, La familia Ulises. Finalmente en 1952 consiguen normalizar su periodicidad, dando inicio a la etapa más exitosa y prolongada. En 1972 se convierte en TBO2000 y en 1980 en El TBO. Desaparece tres años después. Todavía hoy es fácil acceder al material del TBO. Ediciones B agrupó en tomos historietas de diversas épocas de la revista bajo el título de “El TBO de siempre” y pueden encontrarse en cualquier librería especializada. Recientemente Salvat lanzaba un coleccionable compilando Almanaques:“TBO, edición coleccionista”. En ambos casos se echaba en falta algo más de orden en la selección y presentación, pero al menos nos permitían satisfacer nuestro interés por una obra tan variada como interesante y divertida.

Existen razones que explican la tremenda popularidad del TBO, con tiradas impensables hoy en día, casi medio millón de ejemplares que se calcula eran leídos y compartidos por millones de lectores. Por un lado sus aspectos gráficos, su colorista presentación pero también los variados y muy personales estilos de sus colaboradores. También sus contenidos, que primaban un humor bienintencionado generando la ilusión de un mundo luminoso y agradable en el que primaban las buenas maneras y una inocencia generalizada. Durante años el legado del TBO ha quedado oscurecido por la atención prestada a su principal competidor, Bruguera, que a la larga fue quien se quedó con el pastel del público. Bruguera, se nos dice, ofrecía una mirada distorsionada pero crítica de lo real, de la violencia, el hambre, las contradicciones, la represión y las penurias de la sociedad franquista. El TBO por el contrario sería una publicación burguesa, acomodaticia y que colaboraría con el régimen participando del milagro económico de los sesenta, aturdiendo a sus lectores con la fantasía de un mundo mejor. Es la vieja idea del arte como reflejo. Para los que no creemos en un arte dictado, todo esto no tiene ningún sentido. ¿Hay que despreciar a Matisse por proclamar que su pintura es como un buen sofá? No niego que el arte pueda alimentarse de la indignación política, pero sí que DEBA hacerlo.
El TBO no tiene nada de qué avergonzarse y mucho de qué enorgullecerse. En el desarrollo de ese proyecto jugó un papel relevante Josep Maria Blanco.


Blanco contra Ibarz
Tras algunos coqueteos con otras revistas, Blanco consigue publicar en el TBO en 1951. En ese momento ya trabaja en un Banco, ocupación que no abandonará hasta su jubilación. Toda su vida laboral se caracteriza por una extraña duplicidad, oficinista por la mañana, dibujante por la tarde y noche. Para él, más que una necesidad creativa, de expresión, su trabajo “artístico” era otra fuente de financiación. No era el único, Urda fue su compañero en la sucursal y también Ibáñez trabajó en un banco hasta que Mortadelo le permitió dejarlo.

Lo más interesante en los primeros años de Blanco son sus constantes cambios de estilo. De la distorsión extrema, lo que él llama su etapa de narigudos, a una mayor contención y naturalismo, imitando el estilo de Benejam. Después prueba con la geometría, llegando a realizar las cabezas con monedas. Esta fase es quizás la que nos resulta más moderna, más próxima, pero al autor no le satisfacía, no se ajustaba a sus prioridades cómicas. Entra así en una etapa de geometrías blandas donde los cuerpos se estiran y distorsionan y el dibujo es satisfactoriamente limpio y despejado. Tampoco dura mucho. A mediados de los sesenta fija su estilo“clásico” que ya no abandonará.

Curiosamente esos cambios le perseguirán a lo largo de su carrera. Cuando en los setenta su fama se consolida y debe continuar el trabajo de Benejam en La familia Ulises, los editores deciden recuperar historietas anteriores, inéditas algunas, ya publicadas otras. Para no confundir al lector adoptan el apellido materno del autor. Así, al lado de las planchas del moderno Blanco, encontramos el material del antiguo Ibarz. Ambos son igual de satisfactorios.

Fuera de serie 
Bruguera basaba toda su producción en personajes fijos, al contrario que el TBO. Sin embargo, algunas de sus escasas series fueron tremendamente populares. Como la dedicada a los estrambóticos inventos, donde Blanco apenas participó con un par de planchas. Por su cuenta creó algo parecido a una serie, unos caníbales de nombre movedizo, los kakikus, que seguramente hoy escandalizarían a los beatos de lo políticamente correcto. Participaba de una tradición donde encontramos a Opisso o a Benejam tratando con lamentable paternalismo a los africanos. Aunque cualquier rasgo de supremacía blanca queda habitualmente diluido en un humor siempre bonachón y multidireccional.

Luego el autor se ve embarcado en una aventura que le dejó un sabor agridulce. Como continuador de La familia Ulises, Blanco se siente orgulloso de haber mantenido vivos los personajes creados por su maestro y amigo Benejam. Pero también se lamenta de las horas perdidas realizando un trabajo que no sentía como propio, con guiones que no eran suyos.

Volvió a coquetear con otros héroes, esta vez de creación personal. Pero ni Don Cosme, su señora o el burro Aníbal pueden considerarse realmente fijos. Eran más bien excusas que le servían para fabricar historias. Tan pronto los empleaba como se olvidaba de ellos. Donde realmente sobresalía era en el gag, la historia corta, la ocurrencia. Ya fuera en portadas, planchas enteras o medias, centrales o tiras, su humor no desfallece y apenas necesita desarrollar a sus protagonistas, tan universales son sus rasgos. Blanco conoce muy bien al hombre de la calle, al tipo que vive su vida e intenta que le dejen en paz y evitarse líos. Lógicamente las cosas nunca salen como esperamos y esa decepción activa el mecanismo cómico. Su humor siempre oscila entre la pura observación de la realidad y un desparrame surrealista y muy imaginativo. Si sus historias tienden a originarse en lo real pueden acabar transitando territorios tremendamente absurdos y siempre divertidos.

 Más allá del TBO 
Cuando el TBO se desvanece Blanco decide reinventarse. Salta entonces de las diminutas viñetas que realizaba para la revista a un sorprendente conjunto de “viñetas” únicas y de gran formato. Dedica sus esfuerzos a la ciudad que le vio nacer y donde ha pasado toda su vida. Las transformaciones del 92 empiezan a hacer mella en algunos parajes característicos, así que el dibujante convierte sus vistas en memorandums de una Barcelona que está desvaneciéndose para dar paso a una modernidad quizás demasiado seria.

Si en sus historietas había asumido el lenguaje de Benejam llevándolo a su propio terreno, en sus perspectivas demuestra que también carga con la influencia de Opisso y que puede medirse con él en uno de sus terrenos de juego favoritos, las calles llenas de coloridos personajes. Los fondos se llenan de detalles y rigor y las figuras demuestran que Blanco tiene más facetas de las exhibidas en sus largos años de trabajo en el TBO. De alguna manera la esencia cómica de su arte permanece, pero enriquecida y mejorada.

Todo esto y más puede verse en la exposición del Solleric, que todavía están a tiempo de visitar. Me siento especialmente satisfecho del catálogo que la acompaña, producido con la calidad que la obra de Blanco se merece. Échenle un vistazo y ya me dirán.
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domingo, 11 de septiembre de 2011

HUMOR BLANCO

Humor Blanco
Casal Solleric. Palma de Mallorca.
Inauguración Jueves 15 de septiembre de 2011 a las 20h
Finaliza el 13 de noviembre


¡NO TE LO PIERDAS!
El viernes a las 19h charla con el autor en el Solleric. 


Para recordar será sin duda la inauguración de la exposición dedicada a Josep Maria Blanco, uno de los dibujantes claves de la revista TBO. Será el jueves en el Casal Solleric de Palma, coincidiendo con la Nit de l’Art. Si quieren evitar las aglomeraciones, yo les aconsejo que vayan al día siguiente. En la misma sala el autor tendrá un encuentro el viernes con su público y realizará todas las dedicatorias que le soliciten. Nos vemos en el Solleric.

Josep Maria Blanco Ibarz nació en Barcelona en 1926. Empieza a trabajar para la revista TBO a principios de los 50. Su estilo coquetea primero con una distorsión extrema para luego deambular por un realismo muy contenido y más tarde explorar una geometrización tremendamente moderna. En los 60 su dibujo se instala definitivamente en una zona personal y muy diferenciada, entre lo real y lo simplificado. Algo que también puede aplicarse a sus temas, habitualmente con un pie en lo cotidiano, casi vulgar, y el otro en el territorio de lo absurdo, paradoja que provoca la risa del espectador.

Ya jubilado, se reinventa zambulléndose en dibujos de gran formato donde su grafismo muestra habilidades que permanecían casi ocultas en obras anteriores. La variedad de personajes crece y también los detalles, sin permitir nunca que lo innecesario se cuele en sus imágenes, caracterizadas por la economía narrativa y la esencialidad del trazo. Y una voluntad firme: mostrar la realidad a través del humor. Un humor blanco, que evita la ofensa y el escarnio y se centra en lo cotidiano y lo ridículo, buscando una sonrisa siempre amable. Leer más...