NOS VEMOS EN ANGULEMA Bastien Vivès ya ha demostrado en repetidas ocasiones que es uno de los grandes, un talento a tener en cuenta. Se permite divertimentos ocasionales, piezas más ligeras que alterna con auténticas obras maestras.
Cuento este último trabajo entre lo mejor que le he leído. Fascina su aparente facilidad, la ligereza con que se suceden los hechos, lo emotivo de la trama. Obviamente tiene muchos elementos que atraerán a la gente del mundillo. El protagonista es un dibujante que asiste a la feria de Angulema, uno de esos lugares que los aficionados conocemos bien y donde hemos pasado horas felices. Identificamos las geografías que aparecen el tebeo, el Hotel Mercure, la estación, las carpas... También a los personajes, esos freaks que tienen un guión en marcha, los editores, los coleccionistas de arte, las gestoras... Arquetipos que Vivès construye con insultante facilidad. Esa visión desde el interior, ese entramado de relaciones y de sentimientos que se produce en todo salón del cómic, esa mezcla de creatividad y comercio, de exaltación y depresión, de grandezas y miserias, está perfectamente descrita y por sí sola ya justificaría la adquisición de este libro. Pero es solo el telón de fondo, el marco de una fenomenal historia de amor.
Vivès se sujeta a las dos reglas de un romance que se desea dramático: es ilegal y tan breve como intenso. Hay un tercer elemento, muy importante. Algo que
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Planeta Cómic. Barcelona, 2020.
232 páginas, 8,5 euros.
LOS VIVOS Y LOS MUERTOS
Poco antes de iniciarse el confinamiento se lanzaba el último número de la saga Los Muertos Vivientes, una ficción que saltó del papel a la televisión, abandonando su público original de “comic-zombies” para convertirse en un fenómeno global y tremendamente popular.
Su creador,Robert Kirkman, fue una de las estrellas del pasado Festival de Angulema, localidad a la que acudió a finales del pasado enero y donde ya se escuchaban avisos contra la Covid. Los primeros casos en Francia se habían registrado en París y en Burdeos, una ciudad muy cercana a la pequeña villa de Angulema. Un mes más tarde nuestro querido gobierno seguía insistiendo en que no se sabía nada y que aquello era poco más que una gripe. El encuentro con Kirkman no defraudó, se mostró cercano y divertido, provocando las risas de los franceses cuando hacía como que se echaba a dormir mientras traducían sus palabras.
Venía acompañado de una exposición donde la escenografía pesaba más que los contenidos pero que sin embargo tenía un muy interesante tramo final, páginas originales de The Walking Dead, con un capítulo que todavía no conocíamos. Se trataba del último número de la serie, recientemente publicado. He escrito en numerosas ocasiones sobre esta ficción, siempre con admiración y respeto hacia el trabajo de Kirkman y su compañero en las tareas gráficas,Charlie Adlard, al que considero un gran narrador y en buena medida responsable también del éxito del producto.
El guión se asegura de cerrar la trama abierta en episodios anteriores, una crítica de una sociedad en la que aparentemente todo va bien, pero gracias a un sistema de castas donde la libertad queda excluida. Por un lado se deja claro que no hay prosperidad sin libertad, algo que “Los enemigos del comercio” tienden a olvidar (durante el encierro me he leído la obra magna de Escohotado y se la recomiendo). Por otro se incide en el gran asunto de la saga, el tema central sobre el que pivotan todos sus capítulos: nuestra estancia en este mundo es pasajera, nuestra vida, breve.
Mad. Grandes genios del humor. Vol. I ECC Ediciones. España, 2017. 77 páginas, 9,95 euros.
En 2015 se publicó en USA un recopilatorio con las historietas de Wood para los primeros 23 números de “Mad”. Dos años después se tradujo aquí, disminuyendo innecesariamente el formato original y recortando el contenido. Se suponía que un segundo volumen, que no llegó a aparecer, incluiría el material restante.
Kurtzman (director de la publicación) y Wood nunca se llevaron muy bien. Habían colaborado en series bélicas y a Wood le irritaba la voluntad de controlarlo todo del editor-guionista. Él prefería trabajar a su aire y Kurtzman en cambio acostumbraba a no dejar nada al azar, facturando innumerables apuntes y bocetos que sus dibujantes debían seguir sin desviarse.
Para Wood “Mad” constituía un nuevo desafío ya que se había especializado en un estilo más realista. Toda la plasticidad heredada de Eisner salió a la superficie, exageró el carácter caricaturesco de las caras y poco más. Su entintado, su volumétrica iluminación y su amor por los detalles permanecieron, al servició del humor. Aunque se ha insistido en su capacidad para cambiar de una clave seria a otra humorística, conviene recordar que no fue el único.
Le acompañaron los mismos tipos que, como él, firmaban sólidas historias de guerra en los otros títulos de Kurtzman. Severin y Elder sobre todo, también Jack Davis. Así como este último apenas disimulaba su inclinación hacia la distorsión más expresiva, a los dos primeros no se les notaba tanto. El dibujo de Severin era más estructuralmente serio y él también saltó al humor sin problemas. Costaría más imaginar a Al Williamson cambiando de registro. Pero Frazetta lo hacía sin pestañear. Como muchos dibujantes clásicos han afirmado, si se domina el dibujo realista, el giro hacia el humor no es tan complicado. El camino inverso, de la distorsión al realismo, parece más difícil. No se trata de quitarle méritos a Wood, solo situarlo en el contexto en el que su transformación cómica tuvo lugar.
En los primeros números en color no había muchas sorpresas. Los guiones contenían historias similares a las que el dibujante facturaba para las revistas de ciencia-ficción, con un enfoque humorístico: “Blobs!” (“¡Masas informes!”) en el nº 1 (1952) y “Gookum!” (“¡Babamoco!”) en el 2 (1952). Luego parodiaron el horror en “V-Vampires!” en el 3 (1953) y a partir de ahí dio comienzo una larga serie dedicada a los más populares personajes de comic. Se abordaban asuntos que podían interesar a los jóvenes lectores, ya fueran películas, música o comics. Cualquier nicho cultural medianamente popular servía. Wood se especializó en satirizar otros tebeos y en la adaptación humorística de películas de éxito como “The Wild One” (1953), convertida en “Wild 1/2” en el nº 15 (1954) o “On the Waterfront” que en el 21 (1955) se transformó en la divertida e histérica “Under The Waterfront!”. Las convenciones narrativas fueron puestas a prueba: en “Julius Caesar!” en el 17 (1954) se interpelaba directamente al lector, en “3-Dimensions” en el 12 (1954) se “rompía” la página destruyendo las viñetas como espacio verosímil y en la antológica “Sound effects!” en el 20 (1955) las onomatopeyas alcanzaban el límite de sus posibilidades.
Cuando Kurtzman decidió largarse para fundar su propia revista, Wood se negó a acompañarlo. No estaba dispuesto a trabajar en exclusiva ni para él ni para nadie. “Mad” acabaría siendo la publicación en la que duró más tiempo. Cuando se transformó en un magazine en B/N todo cambió. Wood dejó las viñetas de lado y realizó espectaculares ilustraciones con las técnicas y los formatos más variados: lavados a la acuarela, papel dobletono, tramas adhesivas... Como el Comics Code había destrozado a las publicaciones de comics, el dibujante consiguió encargos para la revista de Ciencia-ficción “Galaxy” y también para otras editoriales. Así que a finales de los 50 pasó a trabajar casi en exclusiva como ilustrador.
De esa etapa normalmente se insiste en sus imágenes más elaboradas, composiciones con cientos de personajes, complejas perspectivas y cuidada realización. Los ejemplos son tan numerosos como apabullantes: “The New, Improved, Rotten Circus” en el nº 41 (1958), “Alfred E. Neuman’s Family Tree” en el 44 (1959) o “Museum of Madison Avenue” en el 70 (1962), entre otros. Pero, dejando aparte el sudor y las lágrimas, Wood también ofreció en “Mad” su cara más delicada, su faceta más artística y seductora. No olvidemos quién le acompañaba. Su competencia era feroz y debió de constituir un acicate para alguien tan competitivo como él. Muchas de sus piezas fueron de una calidad extraordinaria, comparable a la de los mejores ilustradores de los cincuenta.
La lista de obras interesantes sería muy extensa pero se pueden citar: “MAD’s Up-To-Date Version of The Night Before Christmas” en el nº 52 (1960), “New Movie Monsters From Madison Avenue” y “MAD Goes To An Alfred Hatchplot Movie” en el 53 (1960), tan modernas como divertidas, “Open Office Week” en el nº 67 (1961), otra maravillosa demostración de su habilidad para dibujar niños encantadores, etc.
Lo que llama la atención en muchas de ellas es la variación constante de la línea y la iconicidad de los dibujos. Wood tenía mil caras y en “Mad” las mostró casi todas. No se aprecian correctamente sus habilidades artísticas hasta que no se repasan con cuidado sus aportaciones a la revista. Y además, tenía gracia.
Algunas de aquellas imágenes han podido contemplarse recientemente en el Festival de Angouleme, en la expo “Los mundos de Wood”.
Casi hasta el final estuvo dibujando parodias sobre tiras de comic, donde primaba más la imitación del estilo original que su propia interpretación. También en ese género se pueden citar unos cuantos tour de force. Como “Comic Strip Heroes (Taken From Real Life)” en el nº 48 (1959), la alucinante y barroca “The MAD “Comic” Opera” en el 56 (1960), o “The Comic Strip Characters’ Christmas Party” en el 68 (1962).
Al final de su larga trayectoria en la revista ya estaba cansado y se nota. Pero la media de sus colaboraciones es de un nivel muy alto, por no mencionar la apabullante cantidad de material que llegó a facturar. Como él mismo reconoció años después, entre sus entregas para “Mad” se cuentan algunas de las mejores piezas de su carrera artística.