UNA CANCIÓN PARA NO OLVIDAR Kirkman lo ha vuelto a hacer. Tras deslumbrarnos con sus muertos vivientes, su refrescante superhéroe juvenil, “Invencible”, y el arrollador “El poder del fuego”, demuestra de nuevo su talento con “Oblivion Song”.
Sinceramente, no las tenía todas conmigo. Pudimos ver los originales de la serie en Angulema, hace dos años. En la muestra que le dedicaron también se incluían las planchas del último episodio de sus zombis, antes de que se publicara en España. En comparación con la limpia narrativa de Adlard, aquella extraña mezcla de ciencia ficción y monstruos resultaba barroca e innecesariamente distorsionada. Las páginas coloreadas tampoco parecían mejorar mucho el conjunto. Así que les aseguro que comencé la lectura de esta nueva fantasía de Kirkman con pocas esperanzas. Pronto me di cuenta de mi error.
Primero en cuanto al grafismo. A pesar de sus caras expresionistas y sus acabados feístas,Lorenzo De Felici es un dibujante como la copa de un pino. Su estética se ajusta como un guante a esta historia de perdedores, sabe imprimir en los rostros de los personajes todas esas
MARIPOSAS INCANDESCENTES
Los planetas se han alineado para hacer coincidir a Robert Kirkman con Chris Samnee. O, lo que es lo mismo, uno de los mejores guionistas actuales con su equivalente en el campo del dibujo.
El resultado es arrollador. Al principio parece que nos van a contar una historia que ya hemos leído un millón de veces. El joven occidental perdido en alguna inhóspita cumbre tibetana, la lucha por sobrevivir en la nieve y la llegada a un lugar paradisíaco, esa Shangri-La de Horizontes lejanos o el Kun-Lun de Puño de Hierro y tantas otras. Hablamos del clásico monasterio cargado de monjes guerreros y calvos que consagran su vida a perfeccionar sus destrezas físicas y mentales. El Shao-Lin de la mítica serie Kung-Fu o el refugio del peculiar maestro bigotudo de Kill Bill. Y prometo que se acabaron los guiones.
Kirkman, que tras Los muertos vivientes bien podía haber perdido el mojo, demuestra su buena forma. Nos traslada a esos lugares familiares y perfectamente reconocibles y exhibe su habilidad para darles la vuelta. “¿Conocéis esta historia? Ahora lo veremos”, eso es lo que el relato parece sostener. Como en Kung-Fu Panda, el héroe no solo se busca a sí mismo, también desea encontrar a un padre ausente cuya sombra pesa demasiado sobre su destino. ¿Está condenado a cometer los mismos errores que su progenitor?
El guión por un lado se detiene en todas las estaciones habituales en este tipo de narraciones: el duro entrenamiento, la relación cada vez más estrecha con el maestro, las inevitables peleas y desafíos, el mito inalcanzable del guerrero que en el pasado dominó una técnica ahora perdida, ese poder del fuego que da título a la obra... Pero también
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Planeta Cómic. Barcelona, 2020.
232 páginas, 8,5 euros.
LOS VIVOS Y LOS MUERTOS
Poco antes de iniciarse el confinamiento se lanzaba el último número de la saga Los Muertos Vivientes, una ficción que saltó del papel a la televisión, abandonando su público original de “comic-zombies” para convertirse en un fenómeno global y tremendamente popular.
Su creador,Robert Kirkman, fue una de las estrellas del pasado Festival de Angulema, localidad a la que acudió a finales del pasado enero y donde ya se escuchaban avisos contra la Covid. Los primeros casos en Francia se habían registrado en París y en Burdeos, una ciudad muy cercana a la pequeña villa de Angulema. Un mes más tarde nuestro querido gobierno seguía insistiendo en que no se sabía nada y que aquello era poco más que una gripe. El encuentro con Kirkman no defraudó, se mostró cercano y divertido, provocando las risas de los franceses cuando hacía como que se echaba a dormir mientras traducían sus palabras.
Venía acompañado de una exposición donde la escenografía pesaba más que los contenidos pero que sin embargo tenía un muy interesante tramo final, páginas originales de The Walking Dead, con un capítulo que todavía no conocíamos. Se trataba del último número de la serie, recientemente publicado. He escrito en numerosas ocasiones sobre esta ficción, siempre con admiración y respeto hacia el trabajo de Kirkman y su compañero en las tareas gráficas,Charlie Adlard, al que considero un gran narrador y en buena medida responsable también del éxito del producto.
El guión se asegura de cerrar la trama abierta en episodios anteriores, una crítica de una sociedad en la que aparentemente todo va bien, pero gracias a un sistema de castas donde la libertad queda excluida. Por un lado se deja claro que no hay prosperidad sin libertad, algo que “Los enemigos del comercio” tienden a olvidar (durante el encierro me he leído la obra magna de Escohotado y se la recomiendo). Por otro se incide en el gran asunto de la saga, el tema central sobre el que pivotan todos sus capítulos: nuestra estancia en este mundo es pasajera, nuestra vida, breve.
Es habitual que algunos autores reaccionen ante determinados rasgos de la actualidad. Las sucesivas oleadas anti-Trump han acabado resonando en las viñetas de dos series muy alejadas del mundo “real”.
Desde las páginas del “Príncipe Valiente” el guionistaMark Schultz se inventa una intriga política protagonizada por un demagogo que pretende destronar a la reina Aleta. No es la primera vez que ella, uno de los personajes femeninos más fascinantes de la historia del cómic, se enfrenta a conspiraciones de nobles insurrectos. Al final siempre triunfa la monarquía, como Dios manda. En este caso la diferencia la marca el senador que dirige a los opositores a la corona, un tipejo que defiende la pureza de raza de sus compatriotas frente a los decadentes extranjeros. Al final todas sus proclamas patrióticas tan solo esconden unos muy prosaicos intereses personales. Se trata de controlar las fronteras para rentabilizar una inversión inmobiliaria.
En el actual contexto norteamericano es sencillo identificar a ese senador Krios con el impopular Trump. Parecen sostener discursos anti-inmigración similares. Pero las buenas metáforas políticas tienen la virtud de adaptarse a diferentes situaciones. Si lo trasladamos a la actualidad española podríamos sustituir a Krios por el atractivo Torra y poner al rey en el papel de Aleta. Por un lado el racista que defiende lo propio frente a la ocupación extranjera, por el otro el monarca que desvela los sucios interesas del demagogo y denuncia su limitada idea de la justicia.
En la intriga de Schultz al final triunfan los buenos y el aspirante a reyezuelo huye dejando a toda su familia atrás. Todo ello servido con el excelente dibujo de Tom Yeates, que factura algunas de las mejores páginas de la saga que recordamos. Es muy de agradecer que Dolmen continúe publicando la serie en España, al sosegado ritmo de un álbum por año. No se lo pierdan.
También es totalmente recomendable la serie “Los muertos vivientes” y también se ha visto afectada por la actualidad.
Ya saben que no deben compararla con la de la televisión. Aunque el cómic fue primero, cada cual ha seguido sus ritmo y tono y sería injusto que dejaran de leer los comics si la ficción televisiva les ha cansado. Porque los guiones de Kirkman son cada vez mejores.
Ya he comentado con anterioridad muchos episodios sueltos así que no necesito insistir en su calidad. Quizás la mayor sorpresa es que los argumentos no dan muestra alguna de agotamiento. Han explorado las muy diversas facetas de la supervivencia, de la moralidad y de las emociones humanas.
Pero en este último episodio, titulado no por casualidad “Nuevo orden mundial”, se nos empieza a mostrar una nueva sociedad, aparentemente muy efectiva, basada en las jerarquías establecidas en el viejo mundo. Como todos sus lectores recordarán, abundan en la serie diferentes formas de agrupación: bandas, mafias, dictaduras, tribus… Casi todas ellas son formas regresivas, salvajes vueltas al pasado marcadas por un presenta especialmente duro. Cuando la barbarie nos rodea, nos volvemos bárbaros. Rick Grimes, el protagonista, ha sido como un faro moral que ha evitado toda tentación que supusiera un retorno a pautas de comportamiento más arcaicas. Pero ahora él y sus colegas se enfrentan a un modelo exitoso que hasta ha restaurado los partidos de futbol y cuya eficacia parece basarse en una estricta división de clases. Y eso el libertario sheriff Grimes no puede tolerarlo. La intriga apenas ha comenzado a desvelarse así que permanecemos a la espera de hacia dónde nos conducirá el guionista. Pero ya podemos suponer que no será hacia donde esperamos.
América lleva mucho tiempo discutiendo los modelos de gobierno y las tentaciones dictatoriales de sus dirigentes. Así que seguro que lo que Kirkman vaya a aportar será tan inteligente como pertinente. Yo ya espero la continuación.
Todos los años se publican tebeos que por diferentes motivos no alcanzan esta sección. La inminente llegada del verano es un buen momento para citar algunas obras que no deberían de dejar escapar.
“Batman. Elmer Fudd” De Tom King y Lee Weeks. Edita ECC
Tras su exitoso paso por La Visión, King firma este improbable crossover entre Batman y Bugs Bunnie. Aunque yo no acabo de apreciar esas virtudes que todos ven en este guionista, aquí le acompaña el único grafista capaz de llevar a buen puerto este empeño.Lee Weeks es como un cruce entre John Buscema y Joe Kubert y uno de los mejores dibujantes de la actualidad. A ver cuándo le toca un buen escritor. Por ahora tendrán que conformarse con esto. **Mirad cómo lo entrevista Seth Meyers al final del artículo
“Tierras Lejanas” De Leo e Icar. Edita ECC Leo al guión es una garantía pero lamentablemente no firma los dibujos. Icar no tiene su calidad pero es un ilustrador muy solvente así que el producto es más que interesante. Volvemos a los mundos a los que nos tiene acostumbrados el brasileño: geografías hostiles pobladas por aliens sorprendentes y humanos siempre en conflicto y siempre con reacciones inesperadas. Con toda la sensualidad y belleza cruel que caracteriza otros trabajos de Leo. No se lo pierdan.
“The Fix” De Nick Spencer y Steve Lieber. Edita Norma
Si se quieren reír un rato prueben con esta serie. Es una salvajada con mafiosos, polis muy corruptos y estrellas de cine. Hablan mucho y el humor en gran medida se descarga en los diálogos. Pero aun así tiene tales atrevimientos que no dudo soltarán alguna carcajada de vez en cuando, ante ocurrencias como el personaje del gángster vegetariano y similares. Humor muy bruto y muy negro, están avisados.
Guillermo Sanna, dibujante mallorquín que lleva varios años trabajando para Marvel, firma esta espléndida miniserie con Cage como protagonista. El argumento es muy lineal pero él consigue que parezca mejor con un dibujo que mejora en cada entrega. Lo disfrutarán.
“Imperio. Integral I”. De Pecau y Kordey. Edita ECC ECC continúa publicando estos mini-integrales que a mí ya me han costado unas cataratas. La verdad es que es casi un delito tener que apreciar el maravilloso dibujo de Kordey en este infame formato que lleva el tamaño de los textos al límite de la legibilidad. La buena noticia es que Pecau firma una aventura entretenida, una fantasía histórica con Napoleón dominando el mundo y una mezcla disparatada de secundarios entre quienes encontramos a Frankenstein y Drácula. Interesante pero ¡demasiado pequeño!
“Los Muertos vivientes: Negan” De Kirkman y Adlard. Edita Planeta Comic
Supongo que el éxito del villano Neganen la serie de televisión ha propiciado la aparición de este especial. Yo no me voy a quejar. Kirkman sigue en plena forma y nos cuenta la vida del villano más recordado de los últimos años. Como decía Ditko de Jonah Jameson, “era el personaje al que todo el mundo amaba odiar”.Kirkman no justifica a su infernal creación pero sí le da un contexto y explica su comportamiento en una historia que avanza a golpe de elipsis fuertes y de ritmo trepidante. Imprescindible.
“The black Holes”. De Borja González. Edita Reservoir Books
Grandes dosis de Mignola para una historia que casi podría encuadrarse en el universo de Hellboy. Dos tiempos en paralelo, el pasado y el presente. Dos hermanas que viven en un entorno victoriano y opresivo y dos amigas que forman parte de una desastrosa banda punk. Se suceden las reacciones excéntricas mientras nos dirigimos hacia el inevitable y catastrófico final. Buenas intenciones y sana ambición en una obra un tanto enredada y de desarrollo irregular. Bonitos dibujos.
Con gran regularidad, Mike Mignola mantiene en pie el universo Hellboy produciendo obras con autores que procuran siempre ajustarse a las inconfundibles pautas estéticas de la serie.
Recuerdo cuando hace lo que parecen mil años se presentó en el Salón de Gijón, empeñado en dibujar un personaje al que nadie conocía y que nadie deseaba tener en sus cuadernos de dedicatorias. “No quiero esta mierda, quiero un Batman”, era la queja habitual entre los aficionados.
En aquel momento Mignola no era popular por su Hellboy sino por sus colaboraciones con diferentes héroes en Marvel y DC. Pero estaba obsesionado por alcanzar una mayor independencia creativa y suponía que su diabólica creación se la iba a conseguir, como así fue. La jugada le ha salido bien y todo el mundo parece rendido a los pies de su chico infernal. Las adaptaciones cinematográficas a cargo de Guillermo del Toro han respetado su imaginario, ampliándolo más allá del papel y asegurándole una confortable posición y la autonomía artística que anhelaba.
Sus logros son considerables, más en una industria tan volátil como ésta. Recuerden que en su primera historia, como no se sentía demasiado seguro de sus capacidades como escritor, contó con la ayuda del autor más de moda, el tipo que lo dibujaba y lo escribía todo y a quien los fans veneraban. Hoy en día ¿queda alguien que se acuerde de John Byrne?
Lo he dicho con anterioridad, como dibujante el trabajo de Mignola es absolutamente respetable. Ha conseguido imponer su estilo minimalista y de alto contraste y creo que su influencia ha sido muy positiva sobre otros autores.
También respeto su panoplia de intereses temáticos, esas historias de fantasmas que beben de todas las fuentes posibles, de los cuentos clásicos a Lovecraft pasando por la mitología o lo que se les ocurra. Nada gótico le es ajeno y esos mundos son especialmente agradecidos para cualquiera educado a los pechos del tío Creepy como yo. Su problema siempre han sido los guiones.
De vez en cuando consigue resultar entretenido, como le ocurría en algunas de sus afortunadas colaboraciones con Corben. Pero en general leer un Hellboy o cualquiera de sus series adyacentes es como no leer nada, da lo mismo. Sabemos que tendremos una ración de bonitos dibujos asegurada pero que luego los hechos que se nos van a contar serán irrelevantes, planos y sin apenas emoción. De alguna manera Mignola no consigue transmitir, es frío como el hielo, distante.
Le he echado un vistazo a “El origen de la llama negra”, escrito por él. El dibujante tiene un estilo en su onda y todo presenta un buen aspecto. Hasta que nos ponemos a leer. Reconocemos la atmósfera, esos ambientes orientales con sectas asesinas que tantos buenos momentos nos han asegurado en el cine clásico. Pero aquí nada, pasan muchas cosas, los personajes no se callan nunca, hay monstruos del averno y todo da igual. Emoción cero, interés ninguno. No hay manera. Si no me creen les propongo que comparen el distanciamiento brechtiano de Mignola con la intensidad de Kirkman en otra conocida serie de terror. “Los muertos vivientes” también ha conocido una adaptación audiovisual, en su caso como serie de televisión. Por lo que he visto, con temporadas mejores y peores. Pero recuerden: el tebeo es otra cosa. Y milagrosamente el guionista se las ha apañado para mantener nuestro interés sobre sus personajes. Prácticamente hablaría de la serie en cada nueva entrega porque número a número siempre hace algo que me sorprende. A veces son buenos episodios y otras muy buenos. El último era realmente excepcional. Como suele ser habitual coincidía con la muerte de unos de los protagonistas, algo normal en la saga y al tiempo siempre diferente. La gente se muere “de verdad” en Los muertos vivientes. Tanto que el creador se ha visto obligado a introducir una carta en mitad del relato, para explicar lo mal que se sintió cuando se cargó a ese personaje. Y les aseguro que no sonaba a truco de guionista. Pero donde realmente demuestra su maestría es en una escena en mitad de la agonía de la heroína, que ha sido mordida por un zombi y sabe que el fin se acerca. Habla sobre el amor y niega el concepto de la media naranja, de esa pareja ideal que cada cual tiene reservada, esperándole en alguna parte. Al contrario, defiende que “cualquiera puede amar a otro si quiere hacerlo”. Argumenta que nadie está hecho para ajustarse a otro, pero que todos podemos aportarnos felicidad. La escena es tan conmovedora como sugerente y nos mantiene pegados al relato hasta su dramático desenlace. Kirkman sí tiene lo que esperamos de un buen guionista. Mignola, lamentablemente, no.
Los aficionados no necesitan que nadie les recuerde las cualidades de Robert Kirkman, guionista de Los Muertos Vivientes e Invencible.
La primera se ha hecho famosa gracias a su adaptación televisiva pero sigue siendo mejor en viñetas, como su último episodio (hasta el momento) prueba, con esas manadas de zombies y ese increíble final con los monstruos parlanchines. Tanto en esta serie como en Invencible (una puesta al día de Superman) el autor se las apaña para introducir ese tan necesario factor humano.
Puede respetar todas las normas genéricas que corresponden en cada caso, pero luego encuentra el momento para desvelar facetas de los personajes que no esperábamos o que demuestran que tienen más dimensiones de las que suponíamos. Kirkman es un tipo brillante y casi todo lo que publica merece atención.
Su último trabajo no ha sido la excepción a esa regla. Primero, llama la atención su capacidad para emparejarse con buenos dibujantes. Sus compañeros al lápiz tanto en las otras series como en esta Paria son no sólo correctos artesanos sino, lo que es más importante, grandes narradores. Manejan bien copiosos conjuntos de personajes, se aseguran de que las interpretaciones sean adecuadas, sitúan al lector para que en todo momento se siga bien la acción y aportan variedad a la planificación. Y además, como este Azaceta, tienen estilo. Estilo que se ve reforzado por el trabajo de una fascinante colorista, Elizabeth Breitweiser, que aporta unas gamas envolventes que favorecen mucho al angustioso clima de la historia.
La cosa va de posesiones demoníacas. O, mejor, de posesiones a secas. El protagonista tuvo que lidiar en su infancia con su madre, aparentemente dominada por un ente satánico, y más tarde con su mujer, a la que casi mató para expulsar al maligno. Como comprenderán, la salud mental del muchacho es más bien frágil. Hasta que da con un predicador que le pide ayuda en un exorcismo. Es entonces cuando el héroe descubre una pauta en todos los acontecimientos que han marcado su trágica vida y decide hacer algo al respecto. Por el camino se suceden los asesinatos y un misterioso personaje se le instala en la casa de al lado, después de liquidar a su vecino.
Como siempre, Kirkman articula muy bien las amenazas externas con las internas. Esta suerte de Don Quijote y Sancho que son los dos protagonistas, no representan uno a la seguridad y el otro a la incertidumbre sino que ambos se enfrentan como pueden a la duda y al absurdo de una existencia aparentemente sin sentido.
Pero si el bien no parece muy atento a lo que les ocurre a los humanos, el mal no descansa. Esta es la tesis central del comic. Si no hacemos nada el triunfo del mal será imparable. Mientras los protagonistas discuten sobre qué hacer a su alrededor las tinieblas crecen. El guión mezcla muy bien los sucesos del pasado con la acción en el presente y a lo largo de este primer libro vemos cómo la conciencia se despierta en el héroe hasta que al final reúne el valor para volver a la habitación donde todo lugar todo el drama familiar. Por el camino conocen a un agente del FBI que ha perdido a su mujer e hijos a manos de un compañero “que se volvió loco”. Cuando conversan con él comprueban que lo que le afecta no es exactamente una demencia.
Kirkman utiliza con habilidad las suspicacias de cualquier lector ante temas semejantes. Así que siembra de dudas el argumento. Quizás los poseídos están locos, quizás no. Quizás hablamos sólo de violencia familiar, quizás no. Es una gran serie de terror y yo se la recomiendo.
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El éxito de sus “Muertos Vivientes” puede llevar a que nos olvidemos de otras series de Kirkman. No permitan que eso ocurra.
Especialmente si son amantes de las emociones fuertes y el “gore” más desprejuiciado. Personalmente, no soy un gran fan de las vísceras y el derramamiento gratuito de sangre, pero supongo que para un autor actual resulta muy complicado evitarlas sin parecer ñoño y desfasado. Kirkman desde luego no tiene esos problemas y episodio tras episodio de Walking Dead nos ofrecen nuevas cumbres de brutalidad. Cabe decir en su defensa que suelen venir, como se dice, “justificadas por el guión” como las tetas de la Cantudo en las pelis de la transición. En el último capítulo hasta la fecha, si pensábamos que la gran viñeta en que al niño del prota le vuelan media cara (ojo incluido) era insuperable, el guionista nos demuestra que todavía puede llegar más allá. La muerte a palos de uno de los personajes principales se convierte en algo casi insoportable, contada a través de un conjunto de viñetas a toda página directamente brutales. Asoma el cerebro y los ojos se salen de las órbitas, empezando por los de los lectores. Y lo cierto es que sí, que todo encaja en la lógica argumental de la serie.
Algo similar pasa en Invencible. La saga no deja de ser una actualización del clásico concepto de superhéroe adolescente, con problemas con la novia, los padres y el trabajo. Kirkman nos lleva de sorpresa en sorpresa, acompañado por varios dibujantes con talento y caracterizados por una narrativa ligera y directa y un trazo encantador y expresivo. Pero resulta que se nos narra una guerra entre seres superpoderosos y sin sentimientos.
La atmósfera recuerda a ciertos relatos de Kirby, cuando abandonaba las calles de Nueva York y se ponía galáctico. O mejor, cuando se ponía galáctico sin abandonar las calles donde se había criado. Esas lecciones sobre la fuerza bruta y la voluntad de poder que había aprendido en el barrio no se le olvidaron y salían a la superficie cada vez que imaginaba alguna confrontación cataclísmica y descomunal. Kirkman juega en un terreno similar, con fuerzas desbordadas peleando por el destino de la galaxia. Y sabe a qué están acostumbrados los adolescentes actuales.
Compite contra videojuegos y superproducciones de Hollywood. No justifico sus excesos de violencia y sangre, pero sí que se explican en el contexto narrativo en el que las plantea. Difícilmente alcanzaría las alturas dramáticas que puntúan su serie, si no la salpicara con numerosas escenas de violencia explícita. Lo curioso en su caso es que se dan en un conjunto donde prima un tono más cotidiano. Al contrario que en Walking Dead o en un tebeo de Ennis, por ejemplo, en Invencible abunda el humor y las situaciones desenfadadas y el comportamiento del protagonista nos recuerda las etapas más ligeras de Spiderman. Por eso cuando acompañado de su padre alienígena se dedica a destripar villanos y a recibir él mismo soberanas somantas de palos, cuando, como en el último volumen, hacen saltar un planeta entero por los aires, con toda la tremenda energía que asociamos con Kirby, pero con un tratamiento más realista y sangriento, como lector me siento bastante descolocado.
Pero leeré el siguiente episodio.Leer más...
Pocas series de comic han conseguido tanta popularidad como Los muertos vivientes. Su salto a la gran pantalla ha demostrado que, más allá de sus premisas genéricas, puede conmovernos con personajes que intentan sobrevivir en un mundo incierto y cruel.
A priori la saga nos ofrece todo aquello que esperamos de un relato de zombis. Sangre y cerebros masticados, brutalidad gore y terror primario. Pero pronto se aprecia la sabiduría de Robert Kirkman, su guionista, que en la presentación televisiva definía el producto más como un relato de supervivencia que de zombies.
Si uno de los momentos álgidos de la segunda temporada era el enfrentamiento entre el grupo y el personaje que luego era azarosamente devorado por un “caminante”, en el último número del tebeo (hasta la fecha) llama nuestra atención esa incierta recuperación del hijo del protagonista, tiroteado en el episodio anterior.
En ambos casos notamos una de las constantes de esta ficción. Su voluntad de afrontar algunas graves preguntas. Ya sean estas qué nos hace humanos y en qué momento debemos renunciar a lo que consideramos la civilización. O cuales son nuestros motivos para vivir en un mundo salvaje, sin esperanza, cuando la muerte alcanza a los seres que queremos y la soledad y el miedo nos desgarra por dentro. No son preguntas sencillas y la heroicidad del protagonista (ese sheriff magníficamente interpretado en la televisión por uno de los actores de esa joya que es Love Actually) consiste en buscar respuestas e intentar sobrevivir a toda costa. Debe hacerlo, tiene un hijo que depende de él y el relato insiste en su responsabilidad, incluso cuando todo lo que le rodea se desmorona y desaparece.
Diría que la emoción que prima es el miedo. Miedo a la muerte pero también al dolor, a la soledad, a la incertidumbre. Por supuesto, el talento de Kirkman consiste en que, aunque sus personajes hablen mucho, no todo se cuenta a través de diálogos sino intercalando constantes secuencias de acción.
Pero tras cada pelea o lucha sincuartel contra zombis o humanos viene un pico dramático. En este último número llama la atención la reacción del hijo ante la muerte de la madre, casi borrada de su memoria y que parece desear olvidar. Estos héroes viven atrapados en una paradoja. Su vida es tan brutal que no pueden perder el tiempo enlamentaciones, deben avanzar, reaccionar sin mirar hacia atrás. Pero esa misma falta de sensibilidad acaba anulándolos, vaciándolos por dentro hasta perder todo resquicio de humanidad. El sheriff Rick se enfrenta constantemente a esa contradicción, pero no es la única.
Está también el problema dequién toma las decisiones. Lo que sirve en tiempos de paz resulta inútil cuando se debe actuar sobre la marcha, a la desesperada. Lo mismo nuestra posición ante el castigo y la pena de muerte. En Los muertos vivientes las armas se disparan con facilidad pero toda muerte tiene consecuencias. Por último, si en la serie de televisión la realización y producción están especialmente cuidadas, lo mismo podría decirse del dibujo del comic. Charlie Adlard planifica bien y es perfecto con las actuaciones de sus personajes. Es un excelente narrador que sabe cuándo debe dedicar una y hasta dos páginas completas a un determinado momento de la acción. No sólo eso, debe definir, caracterizar y diferenciar al enorme elenco que Kirkman pasea por la serie. El dibujante consigue mantenernos siempre situados, sin un resquicio de duda respecto a quién es quién. Una verdadera hazaña gráfica.
En fin, es una de esas sagas que ya saben que no deberían perderse.