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viernes, 2 de octubre de 2015

LA ESCUELA BRUGUERA: ANACLETO

Anacleto agente secreto de Vázquez

El estreno de la película sobre Anacleto, el clásico personaje de Vázquez, es una excusa tan buena como cualquier otra para reflexionar sobre la popular “Escuela Bruguera”.


Cuando se habla del legado de la editorial tiende a hacerse recurriendo a algunas oposiciones básicas. La primera sería la que la enfrentaba con su gran competidor de la época, el TBO. En el discurso que ha quedado establecido Bruguera aportaría un mayor realismo, una visión crítica, frente al conformismo burgués del TBO. Es cierto que había violencia y muertos de hambre en las historietas de Bruguera. Pero no lo es menos que La familia Ulises permanece como el gran retrato de la clase media de este país.

El problema reside en la idea de “realismo” que se defiende. El que se centra en lo negativo y desvela las contradicciones del capitalismo es buen realismo. El que aplaude sus aciertos y describe a gentes de bien, compasivas y decentes, malo. Bruguera asienta así un modelo que con el tiempo se ha convertido en conducta habitual de los protagonistas de nuestras series de ficción. Los bondadosos habitantes del TBO no tienen herederos. En cambio los rastreros, pelotas, chapuzas y miserables antihéroes de casi todas nuestras sagas televisivas llevan en sus genes la marca de Bruguera.

Por supuesto, estoy simplificando. En Bruguera participaron muchos y variados autores que no encajan con facilidad en esta descripción. Pienso en el noble Raf o en Segura y tantos otros. Pero el tiempo ha reducido la aportación de la editorial a dos nombres, tan opuestos como similares: Ibáñez y Vázquez. Ambos se parecían porque los dos trabajaron con personajes poco ejemplares.

Curiosamente, Vázquez, que hizo de la trampa un arte, supo insuflar más brío a sus creaciones. Sus héroes tienen una vitalidad contagiosa y hasta sus quejas son simpáticas. Hace unos años rodaron una película sobre él y también Paco Roca lo empleó como personaje en una de sus novelas gráficas. Allí era presentado como un desclasado que traicionaba a sus compañeros dibujantes. Mientras aquellos intentaban editar una revista para liberarse de la opresión de Bruguera, Vázquez los engañaba e Ibáñez se ofrecía a sustituirlos a todos, como el perfecto esquirol.

Anacleto agente secreto de Vázquez
Mi visión de Vázquez se resume en una anécdota de la que fui testigo. Hace años le invitamos al Salón del Cómic de Gijón y allí se le alojó en un hotel. Era un tipo alegre, bromista y amante de la farra. Así que una noche llegó a las tantas al hotel, donde le esperaba la policía. Parece ser que había dejado una cuenta sin pagar en otro establecimiento, nada raro tratándose del “tío Vázquez”. Según nos contó la recepcionista, a los pocos minutos ya estaba bromeando con los agentes, haciéndoles dibujitos y consiguiendo que se olvidaran de los cargos. Durmió tranquilamente en su cama. Vázquez era un genio que tenía mucho peligro.

También tengo otra anécdota para definir a Ibáñez, en otro certamen gijonés. Como saben, y él no se cansa de repetir, fue empleado de banco. Durante años compatibilizó su trabajo como contable con sus tareas como dibujante. Sus lectores recordamos cómo se autorretrataba atado a la mesa de dibujo, incluso en vacaciones, con el editor siempre exigiéndole planchas que faltaban. Él sí ha tenido un éxito prolongado, con Mortadelo y Filemón traducidos a innumerables lenguas y también con adaptación cinematográfica. Cabe decir que en persona no tiene ninguna gracia, repite una y otra vez los mismos chistes y acaba siendo cargante, al contrario de Vázquez que era un caradura muy simpático. Los lectores de Ibáñez siempre le recuerdan El sulfato atómico, el álbum donde demostró que podía dibujar tan bien como Franquin (a quien ha “citado” en muchas historietas de Sacarino por ejemplo). Ibáñez explicaba que no había vuelto a dibujar de manera tan laboriosa porque, en el tiempo que había empleado en hacer aquel álbum, más cuidado, podía dibujar dos o tres de los “normales”. No se había vendido más así que ¿para qué esforzarse? Esa era la lamentable actitud que tenía hacia su propia obra.
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viernes, 10 de octubre de 2014

COMIC DE AVENTURAS, BERNARD PRINCE INTEGRAL1 de HERMANN & GREG

Bernard Prince, Integral 1 de Herrman y Greg, edita Ponent Mon comic aventuras, tebeo
Ponent Mon, 2014
248 páginas, 42 euros.

Y AQUEL BARQUITO NAVEGÓ


Hay quien califica a Bernard Prince de desfasado y a sus personajes de tópicos. Afortunadamente la publicación en Integral de sus aventuras permite comprobar que hace falta ser muy zoquete para pensar tal cosa.


La serie arranca a mediados de los sesenta y continuará hasta finales del XX. Episodio a episodio vemos cómo el dibujo de Hermann evoluciona y pasa de lo simplemente bueno a lo realmente genial. En España vio la luz a través de diversas editoriales. Sin ánimo de ser exhaustivo, Jaimes Libros sacó La frontera del infierno, una aventura en que Prince se transformaba en Daniel Ross. Mucho más tarde Ediciones Junior inició la edición completa de la serie, aunque se detuvo en los primeros episodios. Fue Bruguera la que presentó esta creación de forma más constante, entre las páginas de la revista Mortadelo Especial o Mortadelo Gigante. Por ejemplo, de este primer integral encontramos Oasis en llamas en un Especial TV.

Lo primero que podemos comprobar es algo que ya se apreciaba en los Integrales dedicados a Ric Hochet: el color chirría. Puedo suponer que así les ha llegado desde Francia pero no es excusa. De nuevo los azules son extremadamente oscuros y en muchas ocasiones empastan la línea hasta casi hacerla desaparecer. No puedo decir que el color mecánico de Bruguera fuera mejor pero es que en ocasiones lo sacaban en bitono, lo que permitía al menos apreciar muy bien el contraste de B/N del dibujo. En la edición de Junior los tonos eran más pálidos con lo que no competían tanto con la línea. Este es el gran aspecto a mejorar.

Dicho lo cual debo afirmar que nos encontramos ante un gran tebeo. Es la saga en la que realmente Hermann madura como dibujante y para mi sigue siendo su mejor trabajo. Puedo comprender que otros, incluyendo al propio autor, prefieran el detallismo atmosférico y cargado de texturas por el que se decantó más adelante. Pero personalmente lo que me gusta de esta etapa es cómo mezcla su particular tramado con unos sombreados muy delimitados y en los que las masas negras se marcan con nitidez. Por supuesto, deben sumar los habituales puntos fuertes del dibujante: la humanidad de sus personajes, la variedad de sus caracterizaciones, su dinamismo, su gusto por la arquitectura y el paisaje y su capacidad para representar las fuerzas de la naturaleza, algo crucial en esta saga.

Bernard Prince, Integral 1 de Herrman y Greg, edita Ponent Mon aventuras comic barco
Así llegamos al guión. Ya saben que considero a Greg uno de los grandes, un tipo al que se suele minusvalorar aunque cuenta en su haber con obras tan potentes como Comanche, también con Hermann, o Luc Orient, cuya publicación en Integrales hace tiempo que espero.

Bernard Prince presenta algunos esquemas conocidos, empezando por el trío protagonista, con el héroe guapo al frente, el barbudo barrigón y borrachín como compañero cómico y el niño simpático con el que todo joven lector podría identificarse. Pero es que a partir de esos estereotipos Greg se lanza a contarnos historias que sientan sus bases en las aventuras clásicas y de alguna manera se transforman en algo mucho más cercano, al menos en los años setenta del siglo pasado. Me refiero al cine de catástrofes. Greg no presta demasiada atención a los nativos y prefiere centrarse en las fuerzas de la naturaleza. Así, en los diversos episodios asistimos a la lucha épica de Prince contra tifones y morenas gigantes (La ley del huracán, 1973), un espectacular incendio (en mi episodio favorito, La isla en llamas, 1974), un volcán (El soplo de Moloch, 1976), unas increíbles cuevas llenas de murciélagos y gas (La fortaleza de las brumas, 1977) o el intenso frío de una tierra congelada (El puerto de los locos, 1978), entre otros. No se olvida el factor humano y políticos corruptos, aventureros sin escrúpulos, guerrilleros de diversos pelajes, presidiarios y demás personajes característicos se pasean con naturalidad por la saga, aportándole sabor y humor.

Creo que lo que se le reprocha a Greg, lo que no encontramos en sus guiones, es una mirada ideológica. Lo suyo es el entretenimiento y los buenos sentimientos. Prince no duda en ayudar a quienes lo necesitan pero no pierde el tiempo en discursitos. Digamos que no es, afortunadamente, Corto Maltés. Y supongo que eso es lo que, en opinión de algunos, lo convierte en desfasado. Ahora esta saga se reedita y seguro que Prince y su barco, el Cormorán, se mantendrán a flote muchos años más porque hablamos de aventuras perfectamente contadas, con un ritmo excelente. Veremos cuánto tiempo aguanta el marinero de Pratt en el circuito. Y de cual nos olvidamos antes.
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