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viernes, 15 de mayo de 2015

CÓMIC DE LA REVOLUCIÓN DE LOS MINEROS

"La balada del Norte" Tomo 1 de Alfonso Zapico, edita Astiberri revolución minería Asturias 1934
Alfonso Zapico 
La balada del Norte. Tomo 1.
Astiberri, 2015.
226 páginas, 18 euros.

UNA DE MINEROS


Alfonso Zapico vuelve con un relato sobre la revolución asturiana del 34. Si antes había abordado asuntos tan cosmopolitas como el nacimiento del estado de Israel o la vida de Joyce, ahora regresa a su tierra natal para contar unos hechos muy locales que sin embargo marcaron el destino de todo un país.


Y es que pocos sucesos han resultado tan controvertidos como la revolución del 34, cuna y crisol de posteriores revueltas, según la posición adoptada por algunos comics recientes. Dentro de la sempiterna hiper-legitimación de la izquierda, la rebelión de los mineros asturianos habría supuesto un mitológico puñetazo sobre la mesa, un ¡basta ya! a la explotación, que antecedería a todas las revoluciones que la sucedieron. Se habrían exigido unos derechos naturales, con toda justicia, de la misma forma en que la mística nacionalista asume el derecho divino que asistía a Companys proclamando la independencia de Cataluña, el único que se sumó (brevemente) a los revolucionarios asturianos. La versión oficial insiste además en la escasa legitimidad del gobierno republicano. Por supuesto existe una lectura diferente que entiende los sucesos asturianos como un intento fallido de Guerra Civil, un ensayo de las matanzas que se producirían dos años después. Todo el mundo parecía desear una escabechina que al final llegó. Y todos despreciaban unos gobiernos democráticos que, con todos sus defectos, eran lo más parecido a la ley con que se contaba. Si los gobernantes del 36 eran legítimos, no eran tan diferentes los del 34, por mucho que se pretenda desacreditarlos.

Estos asuntos se han discutido durante tanto tiempo que no seré yo quien pretenda tener la última palabra al respecto. Por eso agradezco intentos como el de Zapico. Ha tenido la voluntad y el coraje de acercarse a estos temas incorporando los datos con que contamos y permitiendo que las conclusiones o la verdad se construyan en la mente de cada lector, además de fabricar un inmenso relato por el camino. Era inevitable tropezar con ciertos escollos míticos.

"La balada del Norte" Tomo 1 de Alfonso Zapico, edita Astiberri revolución minería Asturias 1934
En Asturias todo lo referente a la minería es casi una religión. Incluso en estos días en que afloran inmensas vetas de corrupción entre sindicalistas que supuestamente defendían los derechos de sus compañeros; con el jefe de todos ellos, Jose Ángel Fernández Villa, acusado de delitos económicos de enorme magnitud y encastillado en un hospital porque sufre un “síndrome confusional”.

Incluso ahora, digo, son muchos los que pretenden mantener una imagen virginal, idílica, de los mineros y sus sindicatos. El coste en vidas humanas de las minas las convirtió desde el principio en negocios ruinosos que sólo se sostenían a costa de unos salarios bajos y unas condiciones laborales en las que nada estaba cubierto, sin pensiones de invalidez ni viudedad. Esa era la situación que todos conocíamos por clásicos como ¡Qué verde era mi valle! 

Ahora bien, esas condiciones cambiaron hace mucho y los fondos que deberían haber permitido el desmantelamiento de una industria poco rentable y su transformación en proyectos de futuro, se desviaron y se invirtieron ineficazmente, una de las razones evidentes de la decadencia de Asturias en los últimos cuarenta años. Lógicamente, decir esto supone chocar contra el mito fundacional minero y ser calificado inmediatamente de reaccionario y lo que se les ocurra.

"La balada del Norte" Tomo 1 de Alfonso Zapico, edita Astiberri revolución minería Asturias 1934
Por tanto, el contexto en que trabaja Zapico es extremadamente volátil, muy complicado. Empezando por el final y volviendo al maestro Ford, él opta por “imprimir la leyenda”. No renuncia a esa mirada admirativa y compasiva hacia los mineros, que sin duda mamó durante su infancia en las cuencas. Pero la completa con verdad. Toda la verdad sobre las infectas condiciones de trabajo pero sin ocultar las consecuencias vitales de toda esa presión, con unos mineros al borde del alcoholismo y proclives a la violencia doméstica.

La fuerza que padecían en la mina era la misma que aplicaron contra sus mujeres e hijos e incluso contra sus propios compañeros. Por supuesto, al lado de esa frustración apenas contenida Zapico tiene la habilidad de incluir escenas tan líricas como la de la cabra. Primero convierte en imágenes un clásico tema de Víctor Manuel sobre un accidente en la mina. A través de una serie de viñetas mudas nos permite sentir la canción por dentro, consiguiendo un efecto realmente emocionante. Pero es que luego, tras la secuencia del entierro, vemos cómo uno de los protagonistas le lleva una de sus cabras a la madre del minero difunto, apenas un niño. Ahora que se ha quedado sin el jornal del hijo, el animal le permite contar con algo para comer. Sin apenas subrayados, con mucha sobriedad, se nos muestran los verdaderos dramas y la profunda miseria que se agazapaban a la sombra de las minas. Escenas como esta o como la de la mula a la que hay que sacrificar justifican posteriores actos de violencia. O, al menos, los explican, los enmarcan en una secuencia lógica de acontecimientos.

Por supuesto, tampoco evita contextualizaciones más generales, aportando datos sobre la situación en España y el resto de Europa, incluyendo el ascenso de Hitler al poder en 1933. Pero lo hace a toda velocidad, sin darles mucha importancia en el conjunto del relato. Parecido tratamiento reciben las conspiraciones de políticos y sindicatos que condicionan y enmarcan las actuaciones de los trabajadores. Su papel debe ser citado pero Zapico parece muy consciente de que el éxito artístico de su trabajo no va a depender de ellos si no de los personajes que consiga construir y de la verdad que logre insuflarles.

Y lo cierto es que su reparto no deja de ser curioso. Por supuesto tenemos a un patrono, cuyo nombre no corresponde con ningún aristócrata real pero que, al igual que la sustitución de las denominaciones de periódicos, minas y algunos lugares, no evita que pueda asociarse con figuras históricas con las que coincide al menos en parte. También aparece un líder minero con todas las características que cabría esperar, un noble bruto, dispuesto siempre a emborracharse, que intenta ser justo y que sobrevive al dolor de los hijos perdidos por accidentes o miseria. Cabe decir que tanto el marqués como el trabajador son grandes personajes llenos de matices, evitan los estereotipos con ferocidad y yo diría que Zapico se esfuerza por aportar humanidad al plutócrata y mostrar las debilidades del líder obrero.

"La balada del Norte" Tomo 1 de Alfonso Zapico, edita Astiberri revolución minería Asturias 1934
A partir de ahí el resto del elenco no era tan previsible. En realidad, el primer tomo ofrece una versión de Romeo y Julieta en las cuencas. Romeo es el hijo del marqués, un decadentista que aparentemente está a punto de morir por una enfermedad pulmonar, dedicado a editar libros de poetas rusos, cuyos versos salpican las páginas de esta Balada. Es probablemente el único resbalón pedante del libro, que perdono porque incluye un delicioso fragmento de Ana Ajmátova. Julieta es (¿ya lo han adivinado?) la hija del minero, que trabaja como doncella en la casa del marqués. No es exactamente que el marquesito la seduzca ya que Zapico le da unas facciones y una personalidad que recuerdan inevitablemente a Maureen O’Hara y quienes hayan visto El hombre tranquilo o la ya citada ¡Qué verde era mi valle!, entre otros films inmortales de Ford, sabrán a qué atenerse. Una chica pobre pero con mucha dignidad, carácter y curiosidad. Así que acepta las aventuras que le propone el moribundo marquesito, que incluyen una escapada a Oviedo donde contemplarán juntos una ópera en el Teatro Campoamor. Aquí Zapico replica un juego de espejos que ya emplearon antes que él clásicos asturianos como Clarín o Pérez de Ayala. Me refiero a la escena en que los espectadores de una obra reproducen los sentimientos apasionados que se están representando en el escenario. Está bien, pero yo siempre he pensado que Hergé tenía razón: si sacas una ópera en un tebeo, debes reírte de ella.

La cuestión es que Zapico maneja con maestría estos personajes y, de la misma forma que en Titanic sabíamos lo que iba a pasar al final y eso no afectaba al brío narrativo de Cameron, aquí todos sabemos del baño de sangre que se avecina y con cuyo prólogo se cierra este primer volumen. Pero ese final conocido no afecta a la capacidad de Zapico para engancharnos a personajes vivos y creíbles, conmovedores e irritantes, que forman parte de un tremendo fresco histórico que emociona por su ambición, ritmo que nunca cae y perfectos resultados. Un trabajo espléndido que no deberían perderse.
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jueves, 15 de julio de 2010

ADIÓS A VÍCTOR DE LA FUENTE

A principios de este mes fallecía el último miembro de una conocida saga de dibujantes asturianos. Hace ya tiempo que nos dejó Ramón, seguido más tarde por el popular Chiqui. Ahora “Vitorín” se ha reunido con ellos. Víctor de la Fuente era pequeño en tamaño pero grande en talento, uno de los dibujantes realistas más expresivos y poderosos que ha dado este país.


Víctor de la Fuente


















Su carrera profesional fue bastante accidentada. Nacido en Ardisana de Llanes en 1927, emigró a Sudamérica de donde regresó en 1945 para dibujar sus primeras historietas en Madrid. Vuelve a cruzar el charco para probar las más diversas actividades, de la publicidad al boxeo. Finalmente, a finales de los 50 se instala en España, desde donde dibuja tebeos bélicos para Inglaterra que, por cierto, recientemente han sido reeditados. También colabora con Víctor Mora en lo que es su primera serie de éxito, Sunday, un western donde llega a su madurez como dibujante. Puede con todo, ya sean animales, escenarios, mujeres, hombres, niños o cosas. Todo ello servido con un entintado seco y rasposo que aporta una mayor expresividad a su ya potente blanco y negro.

En 1970 crea su propio personaje para la revista Trinca: Haxtur. Una suerte de vagabundo con aspecto de beatnik que transita unos paisajes oníricos enfrentándose a las fuerzas del mal. De nuevo sorprende el grafismo, unido aquí a un color sugerente y una puesta en escena en la que dominan las viñetas alargadas verticalmente y un empleo radical de las elipsis temporales.
Haxtur de Víctor de la Fuente. Edita Glénat.
Pero Haxtur fue sobre todo conocido como un tebeo simbólico cuyas metáforas eran supuestamente ataques al régimen. Esto le provocó no pocos problemas a su autor, que tuvo que exiliarse en Francia. Todavía publicó las correrías de un segundo héroe en Trinca, en este caso el indio post-nuclear Nathai-Dor, una historieta tan sencilla en sus pretensiones como eficaz en su puesta en escena. Despojado de la en ocasiones agobiante carga simbólica de Haxtur, Nathai permanece como un gran relato de aventuras.

En Francia no acabaron los problemas de Víctor. Deseando mantener los derechos sobre su trabajo, se enfrenta a las editoriales y se ve condenado a buscar trabajo en otros lugares. Como Italia, para cuyo mercado dibuja cientos de páginas eróticas. En ese momento su velocidad es ya legendaria. Se habla de docenas de páginas al día, dibujando a lápiz con una mano y entintando con la otra. Él mismo comentaba que tenía una goma similar al torno de un dentista, que le permitía borrar la tinta, ya que en muchos casos apenas esbozaba las viñetas sino que las entintaba directamente.

De su prolongada carrera en Francia conocemos tanto como lo que ignoramos. Por aquí se publicaron algunos de sus álbumes para Los Gringos, su serie con Charlier, Josué de nazaret, su frustrada colaboración con Cothias o Los ángeles de acero, otra de sus aventuras con Mora. También pudimos disfrutar de algunos de sus relatos cortos para Warren o su nuevo personaje, Haggarth, prodigioso en el plano gráfico y bastante fallido en lo argumental. Pero sus contribuciones a la Historia de Francia o a la adaptación de la Biblia, entre tantos otros encargos para el mercado francés, permanecen sin traducir.

Víctor fue siempre un luchador, en lo artístico y en lo laboral, social y personal. Un tipo admirable cuyo talento apenas fue apreciado en su país de origen. Faustino Rodríguez Arbesú le rindió un homenaje en el Salón del Comic del Principado de Asturias, denominando Premios Haxtur a los galardones que otorga esta convención. También dedicó una exposición con un amplio catálogo a los hermanos de la Fuente en 2003. Desde entonces Glénat ha ido reeditando parte del material de Víctor. Sin duda la obra del último de la Fuente permanecera. Descanse en paz.
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