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viernes, 25 de marzo de 2011

STRANGE SUSPENSE de DITKO


Strange Suspense de Steve Ditko. Edita Diabolo
Diábolo Ediciones. Madrid, 2010
238 páginas. 34,95 euros

CUANDO A ES A



Steve Ditko es uno de los dibujantes más peculiares del siglo XX. Ahora se publica un volumen que permite echar un vistazo a la primera etapa de su carrera.


Existe un documental de Jonathan Ross para la BBC que repasa toda la trayectoria de este creador. Al final, con la ayuda del conocido guionista Neil Gaiman, intentan entrevistarlo en su oficina de Manhattan. Ditko viene a ser algo así como el Salinger del comic y su fama es merecida. Recibe a los dos flemáticos ingleses, les regala unos tebeos, pero se niega a ser grabado o fotografiado. Lleva años esforzándose por permanecer apartado de la curiosidad pública e insistiendo en una premisa que comparte con otros autores: todo lo que tiene que decir ya lo ha hecho a través de su obra.

Spiderman de Steve Ditko
Nacido en Pensilvania en 1927, coincidió con otros brillantes compañeros de generación como Kurtzman, Severin o Wood en la Escuela de Artes Visuales de Nueva York. Como ellos, se matriculó gracias a una beca del ejército. Allí su primer mentor, el dibujante de Batman Jerry Robinson, invitó al joven Stan Lee a dar una conferencia y parece que fue así como se conocieron. Antes de que juntos crearan los personajes por los que serán recordados, Spiderman y el Doctor Extraño, tuvo ocasión de curtirse en las innumerables editoriales que surtían de revistas el exótico mercado del comic de los cincuenta.

En Strange Suspense podemos disfrutar con la brutalidad de muchas historietas realizadas justo antes de que los editores se autocensuraran creando el Comics Code, una regulación interna devastadora para la industria, que ya no levantaría cabeza hasta la siguiente década.

Este recopilatorio es correcto, aunque basta compararlo con otros esfuerzos recientes, como The Art of Steve Ditko de Craig Yoe, con un formato mayor, para darse cuenta de que la reproducción del color es mejorable. Pero el material que se nos ofrece es tan bizarro y estimulante que no conviene quejarse mucho. Más bien jalear la aparición de estas rarezas y confiar en que alguien se atreva a traducir otras etapas del autor, que permanecen inéditas por aquí.

Fanzine de Steve Ditko


Lo que mejor conocemos es su breve pero intensa estancia en Marvel en los sesenta. Spiderman aparece en Amazing Fantasy nº 15 (1962) y pronto consigue su propia revista. El Doctor Extraño se presentó en Strange Tales nº 110 (1963) y Ditko también participó en otras series como Iron Man o Hulk. Aunque no tardó mucho en abandonar la editorial, tan breve recorrido le bastó para cimentar su leyenda. Los lectores ya no olvidarían a aquel dibujante de aire estilizado, con manos siempre dibujadas en gestos imposibles y unos acabados tan limpios y contrastados como poco realistas. 

The art of Ditko de Graig YoePor no mencionar la imaginación que derrochaban los escenarios místicos por los que paseaba Extraño o lo alucinante de algunos de sus comparsas. En cuanto a Spiderman, la clave era la empatía que desprendía aquel quinceañero atrapado siempre entre graves dilemas morales y al que directamente sepultaría bajo maquinaria en el célebre nº 33, una apropiada metáfora visual de la angustia que aplastaba al personaje.


Como es sabido, tras abandonar Marvel por discrepancias con Stan Lee, Ditko desarrolló una errática carrera en la que creó varios personajes que nunca consiguieron el impacto de sus héroes en Marvel. Aunque algunos como Question disfrutaron años más tarde de un renacimiento en manos del brillante Dennis O’Neil, en general ni Hawk and Dove, Creeper, Stalker o el Destructor alcanzaron la fama del mago que vivía en Greenwich Village o del atribulado trepamuros. En relación con la eterna disputa sobre el origen de Spiderman, son muy interesantes las palabras de Lee en el citado documental. Con su cortesía habitual, reconoce los méritos de Ditko en su creación visual… pero afirma que el concepto original fue sólo suyo.


Autoretrato de Steve Ditko
El personaje más controvertido de Ditko tras abandonar Marvel fue Mr. A, un justiciero enmascarado que dibujó para el fanzine de su amigo Wally Wood, witzend (1967). Se ha repetido en numerosas enciclopedias que allí expresó sus ideas de extrema derecha, con un héroe a la manera de Harry el sucio, un tipo que no distingue las zonas grises y que castiga a los malos sin atender a circunstancias atenuantes. Alan Moore reconoció haberse inspirado en él para crear a Roschach, uno de los protagonistas más populares de Watchmen. Preguntado Ditko al respecto declaró: “Ah, sí, es ese héroe que es como Mr. A, ¡pero que está loco!”. Moore se reía al contar la anécdota porque para todos los miembros de su generación Mr. A es el enfermo mental.

Para explicar las ideas reaccionarias de Ditko se cita a Ayn Rand, la escritora que dio lugar al movimiento objetivista y cuya influencia el dibujante nunca ha negado. De hecho hay quien afirma que se enamoró de ella y que esa es la razón por la que siempre ha permanecido soltero. Como fuere, tanto Mr. A como la señora Rand cambian bastante cuando se estudian de cerca y no a partir de comentarios ajenos o de fuentes secundarias. El primero es una rareza, pero no tanto en el universo de Ditko. Su radical discurso en torno al bien y el mal ya impregna las planchas de Spiderman. Lo que ocurre es que Mr. A supone un paso más en la línea lógica establecida por Rand. Hay que defender al inocente y castigar al culpable. En una escena una asistenta social intenta ayudar a un delincuente, que la premia pegándole un tiro. Interviene entonces el héroe y el malo queda colgando del asta de una bandera. Incluso entonces ella defiende al jovenzuelo, ante la impasible mirada de Mr. A, que se la lleva a un hospital mientras el malo se despeña.


Ayn Rand
En los siguientes episodios Ditko despliega sus argumentos en historietas narrativamente interesantes pero discursivas en exceso. No es de extrañar que sus lectores le abandonaran cuando se revisan las proclamas que suelta en diferentes entregas de witzend. Discursos sobre la neutralidad, la vida y la muerte, la violencia… Demasiado para los jovenzuelos que se habían identificado con las penurias de Peter Parker, el eterno adolescente, y que habían alucinado con los psicodélicos fondos del Dr. Extraño. Fondos que, por supuesto, no surgían del consumo de drogas como algunos suponían, sino tan sólo de su imaginación.

Más recientemente, Ditko ha continuado publicando panfletos que agrupan material diverso. En algunos de ellos ajusta sus cuentas pendientes con Lee, al que acusa directamente de aprovecharse de su trabajo. Llega a incluir la carta pública en la que el editor reconocía sus méritos y su participación en la autoría de Spiderman. Todo esto en medio de una marea de planchas en las que apenas se incluyen dibujos y dominan rótulos con conceptos como “justicia”, “verdad”, “miedo”, etc. Considero que aún deben pasar algunos años para poder juzgar con objetividad estos últimos trabajos de Ditko.


Los que vivimos de Ayn Rand>
 La obra de Ayn Rand también es algo más compleja de lo que algunas reseñas pueden hacernos suponer. Nos cuenta su juventud en la Rusia soviética, paraíso socialista del que huyó en 1926 para refugiarse en los USA. En Los que vivimos (1936), su primera novela, ya percibimos la fuerza de su narrativa y la inteligencia a la hora de transmitir sus ideas. No puede decirse que sea partidaria de los regímenes totalitarios, como conocedora de primera mano de sus virtudes. Sin embargo, sus personajes se alinean desmintiendo sus antipatías personales. 

Tenemos a la protagonista, como en sus siguientes novelas una mujer fuerte y poco convencional, un trasunto de la autora. Aquí se enamora de un decadente aristócrata sólo porque eso es lo que más molesta a un sistema que desprecia. Pero después el comisario encargado de vigilarla resulta más humano y digno de compasión que ese novio hundido en la autocompasión y sin ninguna virtud apreciable, más allá de su belleza exterior.


Himno de Ayn Rand
Luego vino Himno, un relato que primero fue concebido como obra de teatro y que padeció muchas dificultades editoriales. Vio la luz en Inglaterra en 1937, mientras que en los USA era rechazado. La novela describe un futuro distópico donde la humanidad ha vuelto a la Edad Media y la palabra “Yo” está prohibida, todo se hace en nombre de un impersonal “Nosotros”. 
Sorprendentemente, en el país del individualismo está narración permaneció censurada casi una década. En 1946 apareció una primera edición, luego se editó en tapa dura en 1953 y finalmente en 1961 alcanzó un público masivo con una nueva edición como libro de bolsillo. En 1995 ya había vendido dos millones y medio de copias. Para la misma Rand Himno era una suerte de ensayo general, de acercamiento un tanto poético a muchos de los conceptos que desplegaría en sus entregas posteriores.



El Manantial de Ayn Rand
Más intensa resulta El Manantial (1943), sin duda su trabajo más popular en España, entre otras razones porque al año siguiente de su publicación fue llevada al cine por King Vidor, con Gary Cooper en el papel del arquitecto Roach. Es un relato abrumador lleno de secuencias subyugantes. Si la película es excelente, en la novela podemos apreciar algunas sutilezas perdidas en la síntesis cinematográfica. 


Como la actitud de la autora ante el movimiento moderno, que critica abiertamente en su vertiente europea, frente a la vitalidad de ciertos creadores americanos, como Sullivan o Lloyd Wright en quien su protagonista se inspira sin disimulo. Mención aparte para secundarios como el crítico, un gusano que dice hablar en nombre del pueblo pero que finalmente defiende sus propios intereses, ocultos entre una hojarasca de palabrería sin contenido real. Todo el apasionante pasaje de la catedral, la estatua y el escultor desaparece de la adaptación fílmica y es una parte importante del libro.


Como en su primera obra, El Manantial está llena de personajes heroicos, que luchan contra circunstancias adversas sin dudar jamás, atentos solo a su propio criterio y a una voluntad que les permite sobreponerse a los peores inconvenientes. La autora lleva estos parámetros hasta el límite en su obra maestra, La rebelión de Atlas (1957), que primero pensó en llamar La huelga. De nuevo la protagonista es una mujer fuerte y apasionada, en este caso rodeada por un pelotón de inútiles que apenas pueden tolerar su presencia ya que ella pone en evidencia la vacuidad de sus vidas.


La virtud del egoismo de Ayn Rand
Esta es la obra más “filosófica” de Rand, donde sus ideas se transmiten de forma explícita, pero, salvo en el interminable discurso de su héroe John Galt, no permite que esos conceptos anulen la fuerza dramática del relato. Más adelante tuvo ocasión de desarrollarlos en diferentes ensayos con nombres tan provocadores como La virtud del egoísmo (1964), Capitalismo, el ideal desconocido (1966) o Filosofía ¿Quién la necesita? (1982). También definió sus principios estéticos en El manifiesto romántico (1969). Si no tienen suficiente con todo la anterior, prueben con El nuevo intelectual (1961). Todas estas obras han sido traducidas al español y publicadas por la editorial argentina Grito Sagrado, que las ha envuelto con una estética Art Decó apropiada para los temas que tratan, pero que no obstante les aporta un indefinible aire religioso, como de secta, que no creo fuera del gusto de la autora.

La rebelión de Atlas está llena de momentos intensos como el primer viaje de Dagny y Rearden en la línea John Galt, la visita de la protagonista al valle en que las personas más brillantes de la tierra se han refugiado, todos los pasajes amorosos entre Dagny y Rearden… 
La rebelión del Atlas de Ayn RandEs un trabajo monumental que describe un mundo no muy diferente del actual. Cuando revisamos esos capítulos en que se nos cuenta cómo la crisis económica va diezmando las fuerzas del país nos sentimos en unos escenarios familiares, donde los irresponsables están al mando y los hombres capaces son relegados o abandonan sus puestos por la impotencia que les provoca ver a los más ineptos dirigir las empresas, las fábricas, las compañías y todo lugar productivo del que pueda extraerse un beneficio rápido y fácil. Aprendemos a distinguir a los vagos y maleantes que en nombre del bien común consiguen llevar a una sociedad a la ruina. Es también una potente declaración anticristiana, al menos contra uno de sus argumentos, que ha sido recogido por otras creencias no estrictamente religiosas. Me refiero a la compasión hacia el débil, que Rand niega señalándola como fuente de todo mal.

Muy al contrario, defiende el egoísmo, un egoísmo lógico y creativo como motor de toda sociedad libre y próspera. Por eso sus héroes son músicos, industriales, inventores, empresarios… aquellos que mueven el mundo y que pueden, en cualquier momento, detenerlo. Esta es la última gran novela sobre el progreso, una ilusión para muchos autores, que lo niegan incluso atribuyéndole adjetivos tan despreciables como “sostenible”. Rand no tiene esos problemas, ni sus héroes. Escupen sobre el relativismo y la subjetividad afirmando la existencia de una realidad ajena e independiente del espectador. A es A. Eso les permite vivir una vida plena y fructífera. Y enfrentarse al mal, que se presenta bajo la forma de los saqueadores, tipos incapaces de tener una idea o de trabajar con sus manos y que desarrollarán teorías que les permitirán vivir de los logros ajenos, en nombre de abstracciones como “la sociedad” o “el pueblo”.

Con semejante panorama conceptual resulta comprensible que ni Rand ni sus seguidores como Ditko fuesen bien recibidos. Pero las palabras de una y los dibujos del otro aún nos alcanzan y conmueven mientras la fuerza de sus ideas permanece y se abre camino en la maraña creada por la falsa compasión y la negación del individuo. La Rebelión de Atlas arranca con una pregunta: ¿quién es John Galt? Yo les animo a que descubran la respuesta. Merece la pena.

Ayn Rand murió de un ataque al corazón el 6 de marzo de 1982. Fumadora compulsiva, había sobrevivido a un cáncer de pulmón en 1974. A su entierro asistieron algunos de sus más fieles seguidores, como Allan Greenspan, que en su juventud escribió libros defendiendo la vuelta al patrón oro y que en su madurez se convirtió casi en el reverso tenebroso de las doctrinas liberales apoyadas por su mentora. El ataúd de Rand fue coronado con un adorno floral que formaba el signo del dólar.

Mientras, su alumno y admirador Steve Ditko todavía permanece en pie, ensimismado en su trabajo y completamente ajeno a lo que el mundo pueda pensar o decir de él, como el perfecto héroe randiano. Es uno de los últimos supervivientes de una generación milagrosa, que redefinió el mundo de la fantasía poblando nuestra imaginación de nuevas y salvajes visiones. Algunos de sus compañeros se quemaron con rapidez, como Wally Wood (1927-1981), nacido el mismo año que él. Frazetta (1928-2010) y Al Williamson (1931-2010) nos abandonaron el pasado año, como un aviso de que toda una época y su memoria está a punto de desaparecer. Junto con Ditko permanecen en pie tres de los últimos gigantes, tres especialistas en el género bélico: el veterano John Severin (1921), el gran Russ Heath (1926) y su amigo Joe Kubert (1926). A ellos podríamos añadir algunos nombres más, como Cardy o Romita. Pero el tiempo se agota…
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viernes, 11 de marzo de 2011

Chico y Rita. Mariscal y Trueba

CINE, CÓMIC Y TODO LO DEMÁS

Chico y Rita
Mariscal y Trueba
Sins Entido. Madrid, 2010
210 páginas, 22 euros

La pasada edición de los Premios Goya nos recordó la relación establecida este año entre el séptimo arte y el llamado noveno, los comics o tebeos. El Gran Vázquez, que narraba las andanzas del conocido dibujante de quien recientemente se reeditaba su Familia Cebolleta, se colaba en la categoría de Actor de reparto. Como todos ustedes sabrán, no fue Álex Angulo el que conquistó dicho galardón sino Karra Elejalde. María y yo, dirigida por Félix Fernández de Castro e inspirada en el comic de Gallardo del mismo título, aspiraba al premio al mejor Documental, hasta que Maragall se cruzó en su camino. Finalmente, Chico y Rita, la película creada por F. Trueba, J. Mariscal y A. Errando, era galardonada como mejor film de animación del año.

En este último caso la relación con el cómic se produce al revés. Una vez producida la obra y antes de llegar a nuestras pantallas, grandes y pequeñas, se adelanta su adaptación como novela gráfica. Algo que no sorprenderá a los seguidores de Mariscal, un talento multidisciplinar que siempre ha coqueteado con el medio. También con la animación, que ha estado presente en su carrera en forma de series de dibujos, como aquella de Cobi, donde pudo contratar a algunos de sus colegas de El Víbora. Como Mediavilla o Gallardo, que aseguraba sentirse feliz porque uno de sus amigos había triunfado. Luego vinieron algunos videoclips y de una manera natural todos esperábamos que concluyese realizando un largo. Finalmente ahí lo tenemos, de la mano de Fernando Trueba con quien ya había colaborado con una espléndida gráfica para Lágrimas negras y Estudio 54. Ambos confluyen en una temática que parece obsesionarlos, esa música afrocubana de los 50 y su pervivencia en la actualidad.

Chico y Rita, al menos en su adaptación como historieta, no es tanto una obra de autor como de estudio. En los créditos podemos asomarnos al largo listado de artesanos que firman su dibujo y color. Aunque todo nos remite a los clásicos mundos de Mariscal que asoman incluso en la forma de auto-homenaje, como ese accidente que tanto nos recuerda su clásico choque de vehículos, que fue historieta, luego póster y hasta escultura. Sobre esto último puedo contar una anécdota: un alumno me contaba que, trabajando en Spanair, le tocó ayudar como voluntario a los familiares de las víctimas del tristemente célebre accidente de Barajas. Pues bien, en el hotel donde se concentraban se podía ver una versión de esta imagen que, en aquel contexto, resultaba dramáticamente inaceptable. Casualidades de la vida y el arte.

En general el tebeo resulta demasiado contenido. La gama cromática carga con esa oscuridad que de alguna forma acompaña siempre al color digital. Todo está realizado con cuidado y gusto pero el argumento no consigue despegar. Ya hemos visto en demasiadas ocasiones esta historia de éxito y fracaso, de amores y abandonos, esos eternos conflictos que protagonizan la vida de tantos músicos. Hay muchas secuencias musicales y de persecución que, me imagino, quedarán muy bien en la gran pantalla. Pero en la página impresa, cada vez que leemos el plan-plan-clin-clan del piano resulta más bien ridículo. En fin, no es una novela gráfica indigna, pero tampoco despierta mi entusiasmo, oscilando entre lo previsible y lo monótono, con unos personajes que no llegan a construirse como tales, arquetípicos en exceso. Confiemos en que su versión en movimiento sea algo mejor.
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viernes, 25 de febrero de 2011

WILSON de DANIEL CLOWES

"Wilson" de Daniel Clowes, editado por Random House Mondadori
Random House Mondadori. Barcelona, 2010.
80 páginas, 17,90 euros.

¿A QUIÉN LE IMPORTA?



No deja de asombrarme cómo ciertos autores emplean tanto talento para describirnos lo absurdo de nuestra existencia. Si se piensa que la vida es un recorrido azaroso que inevitablemente nos conducirá al fracaso y la desesperación, ¿porqué insistir en ello?


Las razones metafísicas de tal repetición se me escapan. Supongo que se encuentra algún consuelo en arrastrar a los demás hacia tales convicciones. ¡Os lo había dicho, todo es una mierda! Esa es la posición de Clowes, superados sus titubeos iniciales en Eihghtball. ¡Una mierda sin solución! Ya lo dijo bien alto en Como un guante de seda forjado en hierro, donde descubrimos hasta dónde podía llegar. Un tratamiento gráfico excelente para una trama a lo David Lynch que, por supuesto, no iba a ninguna parte. ¡Todo da asco! Continuó repitiendo en sus siguientes entregas, la exitosa Ghost World, la anodina y apocalíptica David Boring o en Ice Haven.

Por el camino, tuvo ocasión de demostrar su habilidad e inconfundible ironía. Mark Schultz lo consideraba el tipo más interesante de su generación y no seré yo quien le contradiga. No puedo olvidar algunos de sus chispazos de genio, como la intensa Caricatura, la divertida Art Schooll Confidencial o Pussey!, donde se burlaba cruelmente de algunos ilustres compañeros de profesión. Todo ello servido con un dibujo preciso y elegante y un empleo muy comedido y eficaz del color.

"Wilson" de Daniel Clowes, editado por Random House Mondadori¡No te esfuerces, el mundo es un infierno! Ahora insiste en sus prédicas y nos brinda un nuevo paradigma aborrecible más. Hace ya tiempo que Clowes evita los personajes con los que el lector pueda identificarse, qué ocurrencia tan antigua. En su lugar se decanta por tipejos despreciables, sociópatas como este Wilson que queda definido en la antológica secuencia del paseo con el perro. Todos los que pasan saludan al animal con un “bonito perro”, sin reacción por parte de Wilson. Hasta que se cruza con uno que, simplemente, no dice nada. “¡Capullo de mierda!” es la airada réplica del héroe.

Clowes salta de un estilo a otro, en un intento de distanciar al lector, de obligarle a recordar que esto es sólo un tebeo de mierda más. Y construye así un retrato a jirones, con fragmentos que sin embargo empujan la historia hacia adelante, donde lo único que permanece estable es el avinagrado carácter el protagonista. A veces llega a parecer humano, pero en general consigue mantenerse a la altura de otros héroes clowesianos. ¿Sentimientos yo?, no sé de qué me habla. Este microuniverso es tan inhóspito y descorazonador que aumenta la eficacia del corrosivo humor que caracteriza al autor. Algunos chistes son antológicos, como el del taxista que deduce qué desea Wilson: “¿Quiere putas?”. “¡Eso es! ¡Ahora lo ha pillado! ¡Estoy buscando a mi ex-mujer!”. O, por supuesto, las bromas con los paquetes de heces. Lo que demuestra, supongo yo, que hasta el averno puede ser divertido.

Clowes es un autor de innegable destreza, pero su insistencia al describir una y otra vez esos infiernos cotidianos acaba siendo insoportablemente repetitiva. Si tiene problemas con su vida y le gusta leer sobre otros que aún están peor que usted, éste es sin duda su tebeo. De mierda, por supuesto.
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viernes, 18 de febrero de 2011

Tex. Llamas sobre Arizona. Nizzi y de la Fuente.

ABURRIMIENTO TOTAL

Tex. Llamas sobre Arizona
Claudio Nizzi y Víctor de la Fuente.
Aleta Ediciones 2010.
240 páginas, 15 euros

El nombre de Víctor de la Fuente, el grandísimo dibujante asturiano recientemente fallecido, es la razón principal para comprar esta nueva aventura de Tex.

Lamentablemente, no es suficiente. Tex es la serie del oeste más popular en Italia desde hace un montón de años. Cada mes se publican millares de ejemplares con las aventuras de este violento vaquero. En España lo conocimos ya en los setenta y recientemente hubo un intento de reeditar sus peripecias. No duró mucho, pero sí que han continuado apareciendo con cierta regularidad algunos volúmenes especiales en los que reconocidos dibujantes se hacen cargo del personaje. Recordamos con entusiasmo las entregas de Kubert y de Font. Menos interés despertó la participación de Bernet, un artista formidable que en ese caso facturó un tebeo realizado con excesivas prisas.


No tiene mejor fortuna nuestro querido Víctor. Tex no es uno de esos casos en que popularidad y calidad se dan la mano. Antes de que oyéramos hablar del manga y sus estrategias folletinescas para alargar y convertir en complicadas secuencias más bien simples, ya los creadores italianos se las arreglaban para hacer de Tex una serie cargada de escenas innecesariamente estiradas. El posible interés de los guiones quedaba muy diluido en medio de unos desarrollos innecesariamente prolijos y ralentizados.

Esta aventura contiene todos esos ingredientes, corregidos y aumentados, además de algunos más, característicos de la serie y que no sorprenderán a sus seguidores. Como el regodeo con la violencia o las secuencias de tortura. No me malinterpreten, no cuestiono esas escenas por su contenido, personalmente disfruto cada vez que en la serie 24 el gran Jack Bauer, espléndidamente interpretado por Kiefer Sutherland, tiene que sacarle información a algún terrorista, cuando no es él el que recibe alguno de estos tratamientos. Pero ahí esos hechos se presentan en un contexto dramático que los explica, aportándoles sentido. Normalmente hablamos de elecciones terribles, momentos en los que el héroe debe escoger entre sacarle las uñas a un desgraciado o permitir que mueran millares de personas. Un dilema al que no me gustaría enfrentarme. Pero para eso contamos con Bauer.

Lo de Tex no, es mucho más precario y previsible, como un automatismo que nos remite a los despreocupados años en que fue creado el personaje. Como toda la construcción del argumento. ¿Cuántas veces nos han contado esta historia de los pobres indios en su reserva y las trampas de los malvados terratenientes para justificar una intervención militar que los masacre de manera definitiva? En todo caso lo peor no es la premisa argumental sino su puesta en escena, repetitiva, lenta, estirada en exceso y carente de personalidades con un mínimo de interés.

Ante ese panorama poco es lo que puede hacer un Víctor de la Fuente que, además, ya pasaba de los sesenta años cuando realizó este tebeo. Mantiene algunas de las virtudes que le hicieron célebre. Sus acabados son tan expresivos y limpios como siempre, dibuja muy bien los caballos y sus figuras están llenas de vida. Pero su estupenda planificación parece encorsetada y cohibida. En pocas palabras, ni siquiera él podía convertir en pasable un guión rematadamente aburrido.

¿Mi consejo? Olvídense de esto y repasen la reciente reedición de Haxtur. Comprenderán porqué Víctor siempre tendrá un lugar entre los más grandes.
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jueves, 3 de febrero de 2011

El cielo sobre el Louvre. Yslaire y Carrière.

MUERTE EN PARÍS

El cielo sobre el Louvre
J. C. Carrière y B. Yslaire
001 Ediciones. Torino 2010
66 páginas, 19,90 euros.

Yslaire vuelve acompañado de Carrière, un guionista de prestigio que ha colaborado con directores como Buñuel o Saura. Ambientan su historia en los días de la Revolución Francesa.

A finales de los noventa el dibujante nos sorprendía con una saga excelente, Sambre. Un drama romántico ambientado en los tiempos de la Comuna de París, pleno de recursos narrativos y dibujado con peculiar delicadeza. Era una obra tan rara como exquisita y que se mantiene como una de las mejores muestras del comic europeo del siglo pasado. Con el nuevo milenio el autor pareció despistarse un poco y perpetró varios productos confusos donde el salto a los medios digitales conseguía que su extraordinario dibujo nos recordara a Bilal (y esto no es un elogio). La claridad y languidez de sus acuarelas daban paso a una extraña mezcla donde dibujos muy abocetados se entrecruzaban con efectos de ordenador para ilustrar una historia no especialmente atractiva.

En su nueva obra emplea para situarnos en el tiempo los meses que inventaron los insurrectos para renombrar los ya existentes. Ya saben: termidor, fructidor, vendimiario, brumario, etc. Realmente el tebeo habla de eso: de una sustitución, pero no de algo tan banal como los meses sino de la idea misma de Dios. Robespierre deduce que el pueblo no podrá vivir sin religión y decide crear una nueva. Para ello encarga una imagen de ese nuevo ser supremo al pintor David.

En mi niñez vi una película sobre este periodo, “Historia de dos ciudades” o alguna parecida, que me impactó. Retuve una idea: la sustitución revolucionaria de una tiranía sólo provoca nuevas formas de violencia, ahora ya no dirigidas por un único individuo o su familia sino por la chusma, una masa informe que sólo encuentra satisfacción en el correr de la sangre. Además ese poder “popular” no tarda en ser usurpado por algún iluminado, en una pauta que nos lleva de Napoleón a Castro, pasando por Lenin y tantos otros. Ya Revel nos avisaba de los riesgos de la Revolución y de su endeble posición como mito fundador. Girard enuncia con claridad los procesos que agrupan a las masas siempre en torno a un chivo expiatorio. Sólo nos juntamos para hacerle el pasillo o el ruedo a alguien. Y ya se pueden imaginar cómo acaba ese alguien.

Dicho lo cual, añado que la Revolución Francesa me cautiva con la siniestra fascinación que provoca todo horror. Carriere e Yslaire aciertan en la elección de su escenario y por las páginas de su historia desfilan personajes que todos podemos reconocer. Su visión no es amable ni con los héroes revolucionarios ni con el propio David. Nos lo presentan como un artista tan sólo pendiente de su obra, que emplea la revolución como una plataforma para medrar y que luego con la misma frialdad pondrá su arte al servicio de Napoleón. Por el camino ese encargo de representar al Ser Supremo, encargo en el que falla ya que se obsesiona con un joven modelo al que sitúa en el papel de un soldado mártir, un hecho más concreto y ajustado a su sensibilidad.

A pesar del interés de todo lo que se nos cuenta, el volumen falla al no encontrar el equilibrio entre el drama histórico y el conflicto personal del pintor. En un determinado momento el argumento se convierte en una versión perversa de “Muerte en Venecia”, con David obsesionado por su joven efebo rubio. Hasta el punto de recuperar su cadáver cuando por un azar el muchacho acaba en la guillotina. Pero ni esa relación ni la que tiene con Robespierre acaban de dibujarse bien y se quedan en algo parecido al estilo adoptado por Yslaire: zonas claramente definidas al lado de dibujos apenas abocetados. Sin ser un trabajo redondo, puede recomendarse por su ambición y por su reconstrucción de un momento histórico apasionante.
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viernes, 28 de enero de 2011

La cara más dulce de R. Crumb

PARA TODOS LOS PÚBLICOS
La cara más dulce de R. Crumb
Ediciones La Cúpula. Barcelona, 2010.
122 páginas. 18 Euros.

El último recopilatorio de dibujos de Crumb se presenta como una selección amable, alejada de los surtidos de mujeres desnudas realizando actos procaces que normalmente asociamos con el autor.

En realidad no es así del todo, en más de un sentido. Por un lado no es cierto que el libro evite del todo la mirada siempre lúbrica del más famoso dibujante underground. No tanto por los escasos desnudos que se incluyen, demasiado “artísticos” como para resultar picantes. Pero sí que se escapan algunas figuras femeninas, sobre todo retratos de su mujer posando con diversos vestidos donde tanto las bromas de los textos que acompañan a las imágenes, como las actitudes que se sugieren, nos hablan de un cierto cachondeo erótico. Rituales en los que el acto de dibujar y posar serían preliminares, formas de calentamiento para juegos de índole más salvaje.

Pero es que además el escándalo que suele acompañar a toda manifestación crumbiana no se corresponde del todo con su trabajo. En él han proliferado (y todavía hace poco por evitarlos) los desenfrenos sexuales, la exposición cruda y violenta de sus fantasías apenas ocultas. Siempre con mujeres más grandes que él, figuras maternales que abrazan al niño Crumb y lo llevan a dar paseos por la selva, a la manera de esa Sheena con la que soñaba, según nos ha explicado. Una de las características del underground, fundado prácticamente por él, Gilbert Shelton y dos colegas más (algunos tan olvidados como Saxon o Stack), fue la representación explícita de áreas de nuestra conducta que habían sido excluidas del territorio de los tebeos. Como la violencia, las drogas o el sexo y en ocasiones también la política.

Lo que más nos llamó la atención allá por los setenta, cuando empezaron a llegar los primeros tebeos alternativos, no eran tanto las soflamas revolucionarias como el tratamiento del sexo. En el caso de Crumb, la mezcla de temas picantes con su dibujo casi infantil resultaba explosiva. Pero desde entonces ha llovido mucho. Crumb se ha hecho mayor y se ha convertido en un artista “relevante”. Todo lo que hace produce dinero y eso quiere decir que se puede poner serio y que tiene la libertad de abordar cualquier asunto. Ya ha librado demasiadas batallas, sobre todo con el ala más siniestra del feminismo, y no necesita probarle nada a nadie. Así que tanto nos brinda trabajos exhaustivos y serios como su Kafka o su Génesis como acumula volúmenes con los dibujos más dispares.

Para quienes hayan seguido la edición de sus cuadernos de bocetos no supone ninguna sorpresa que los intereses del autor sean más variados de lo que su imagen pública permite suponer. En ellos encontramos tías en pelotas, por supuesto. Pero también colecciones de coches clásicos, fachadas de casas, objetos cotidianos, bocetos para logotipos que imitan estilos de los años treinta, sus clásicos retratos de músicos de jazz y casi cualquier cosa que pueda ser dibujada. Crumb no es muy selectivo, todo le sirve como modelo y este volumen es una buena prueba de ello. Si les gustan los buenos dibujos, acompañados de un sano cachondeo, no se lo pierdan.

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viernes, 21 de enero de 2011

CAMINO A LA PERDICIÓN

"Camino a la perdición" de Collins, Piers Rayner, García-López, Lieber y Rubinstein, editado por Panini
Max Allan Collins, Richard Piers Rayner, Jose Luis García-López, Steve Lieber y Josef Rubinstein
Panini Noir. Barcelona, 2010.
592 páginas, 29,95 euros.

LO MEJOR Y LO PEOR

Hace años, coincidiendo con el estreno de la película de Mendes Camino a la Perdición, se editaba en España la novela gráfica que había inspirado el film. El dibujo era malo a rabiar. Después supimos que el extraordinario Jose Luis García-López se había hecho cargo de la segunda parte. Cuando ya suponíamos que nunca la veríamos traducida, alguien se ha decidido a publicarla.



La buena noticia es que podemos, finalmente, disfrutar del arte de García-López. La mala es que a algún desalmado se le ha ocurrido realizar una edición completa, con lo cual se nos obliga a adquirir otra vez ese pestiño del que ya nos habíamos desecho. Sumen a eso cierta desidia editorial que nos impide localizar con claridad las páginas dibujadas por quien nos interesa. El índice es demasiado genérico y apenas especifica quién se encarga de qué. Por supuesto, distinguimos inmediatamente al tal Piers, el inútil que perpetra la primera parte, que no he cometido el error de releer. Pero luego apenas se nos indica dónde acaba Gacía-López y empieza Steve Lieber. El segundo hace lo que puede, pero son muy pocos los que están a la altura del gallego afincado en Nueva York. Luego vuelve, entintado por alguien que no es Rubinstein como en la primera parte y que podemos deducir que es el mismo Lieber, pero no queda claro.

En fin, dicho todo esto, cabe añadir que las comparaciones que se hacen entre esta historia y Lobo Solitario y su cachorro son abusivas. La serie japonesa es realmente antológica, una obra maestra cargada de pasajes intensísimos, mientras que de esta saga lo mejor que puede decirse es que resulta entretenida, recrea bien una época fascinante y poco más.

"Camino a la perdición" de Collins, Piers Rayner, García-López, Lieber y Rubinstein, editado por Panini
En realidad, sólo hay una razón para que estemos hablando de ella. Hace años Josef Rubinstein nos explicaba en el Salón Internacional del Comic del Principado de Asturias, en Gijón, cómo le habían ofrecido el trabajo: “¿Entintar a Jose Luis? ¡Estupendo! ¿A cuatro páginas por día? ¡Vaya por Dios!”. Él no estaba nada satisfecho de sus acabados y esa era una de las razones por las que vendía originales de esta historia a unos precios de risa, para felicidad de quienes estábamos por allí, que pudimos hacernos con unos García-López por una ridícula cantidad de dinero. A pesar de las duras condiciones en que se culminó este proyecto, lo cierto es que apenas se notan en el resultado final.

Lo reviso y se me agotan los adjetivos: enérgico en sus héroes, que siempre irradian una prodigiosa fuerza interior, sensual en sus mujeres, tan mundanas como elegantes, delicado en los niños, creíble al cien por cien, ajustado en sus gestos, preciso en su narrativa, fascinante en sus angulaciones laterales, impecable en su reconstrucción del ambiente histórico… Personalmente prefiero la dureza de los acabados de Rubinstein frente a la versión un poco más suave que ofrece el segundo entintador, pero en ambos casos García-López se impone con su maestría habitual y vuelve a dejarnos con la boca abierta. Considero que cualquier aficionado que desee entender cómo se dibuja la figura humana debe estudiar con aplicación este poderoso trabajo. Todo está ahí, con sencillez y una apabullante facilidad. No se lo pierdan, pero empiecen por la página 299.
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viernes, 14 de enero de 2011

EL INVIERNO DEL DIBUJANTE de P. ROCA

El invierno del dibujante de Paco Roca, edita Astiberri
Astiberri. Bilbao 2010.
128 páginas, 16 euros.

MALOS TIEMPOS PARA SOÑAR


Tebeo a tebeo, Paco Roca se ha convertido en uno de los autores más interesantes de los últimos años. Ganador del Premio Nacional de Comic por Arrugas, su respetable aproximación al Alzheimer y la vejez, nos cuenta ahora un conflicto poco conocido que ocurrió en el seno de la extinta Editorial Bruguera.


Como el propio Roca reconoce, hablar de Bruguera supone hablar de magia y fascinación, la que tantos críos sentimos por los productos que esta compañía ponía en los quioscos. Apenas tuvieron continuidad en lo temático, ya que la transición trajo consigo nuevos creadores con otras inquietudes entre las que apenas se contaba la atención al público infantil, que se perdió de manera casi definitiva. Pero sí que resultaron muy influyentes en las formas y el imaginario de autores tan diversos como Max, Gallardo u Oscar Aibar, que recientemente dedicaba una película a uno de los hombres más conocidos de la editorial, Vázquez, encarnado por Santiago Segura. Roca se acerca a este universo de manera delicada, realista, sutil y rigurosa, aunque quizás esa misma seriedad que pone en su recreación le reste algo de emoción.

En lo formal permanece en los terrenos que le son familiares. Gran contención en el plano narrativo, con constantes viñetas de fondo repetido y puntos de vista que no se mueven más de lo estrictamente necesario. Su sobrio dibujo va como siempre acompañado de un color muy atmosférico, frío en las secuencias invernales y cálido en las veraniegas, siempre entonado en gamas muy limitadas y agradables. Su puesta en escena es minimalista y esencial, adecuada al tono que adopta, casi de notario de una realidad con la que no se permite más juegos que los temporales.


El invierno del dibujante de Paco Roca, edita Astiberri
Esta novela gráfica es la crónica de un fracaso, una derrota anunciada desde la primera secuencia, con la vuelta de un grupo de dibujantes a Bruguera. Luego el resto del volumen se dedica a explicar en qué consistió esa lucha y porqué unos perdieron y los otros, aparentemente, ganaron. En pocas palabras, las malas condiciones económicas que la editorial planteaba a sus colaboradores llevó a una parte de estos a lanzar una revista por su cuenta. Nacía así Tío Vivo, una apuesta autogestionada que no duró mucho, ahogada por problemas con la distribución y otras maniobras orquestadas por la poderosa Bruguera.

El tebeo participa de los tópicos de la lucha de los pequeños contra los grandes empresarios, con sus chivatos, maniobras sucias, cobardes y arribistas como Ibáñez, que aprovecha la ausencia de esos dibujantes para desembarcar en Bruguera, según se nos explica. Pero Roca consigue ir algo más allá de los lugares comunes. Por un lado se esfuerza por dar vida a sus personajes y diferenciar, individualizar a sus héroes. Rinde así un estupendo y merecido homenaje a toda una generación de creadores, muchos de los cuales apenas son conocidos por el público actual. Pero también destaca su construcción del “villano”, ese señor González que dirige la editorial y que tenía todos los puntos para convertirse en una caricatura del empresario sin escrúpulos. Roca sortea ese peligro y nos ofrece esa espléndida secuencia de diálogo entre el jefe, un personaje patético marcado por un destino trágico, y Vázquez, que por cierto sale bastante mal parado.

Trabajo que quizás peque de cierta frialdad, pero riguroso y muy por encima de la media de productos españoles. Denle una oportunidad.
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viernes, 7 de enero de 2011

Crossed. Ennis y Jacen

HORRIBLE AÑO NUEVO

Crossed. Garth Ennis y Jacen Burrows
Glénat. Barcelona, 2010.
256 páginas. 19,95 euros

La serie de Kirkman Los Muertos Vivientes ha sido adaptada al formato televisivo, algo que no ha extrañado a sus seguidores entre quienes me cuento. Su calidad trasciende el género de zombis al que pertenece para convertirse en una metáfora de la supervivencia y de nuestra actitud ante la muerte. Kirkman ha dado sobradas muestras de su talento, pero ahora llega Garth Ennis para darle la réplica con Crossed, su peculiar versión del asunto.

Adelanto que aunque mi admiración por Kirkman se mantiene intacta, considero que el irlandés gana por goleada, consigue llevar su tebeo a terrenos más complejos, ofreciendo al tiempo un espectáculo tan brutal como apasionante. Para muchos Ennis ya no cuenta desde que finalizó su serie más popular, Predicador, que recientemente ha conocido una apabullante edición de lujo. Otros lo reconocen por su anterior y muy valorable trabajo en Hellblazer. Pero lo cierto es que, con altibajos, casi todo lo que escribe tiene calidad. Muchos de sus episodios para Punisher, su serie Hitman o su labor en The Boys todavía puede dar sopas con hondas a pelmazos más reconocidos como Ellis, Morrison, Milligan y si me apuran Moore. Ennis es más divertido, más profundo, más irreverente y muchísimo más entretenido que todos ellos juntos. Series como Crossed lo prueban.

Lo primero que hace es adoptar todos los lugares comunes en una ficción como ésta. Llega el Apocalipsis por razones que no se molesta en explicar, todo se derrumba y seguimos al habitual grupo de supervivientes. Luego se permite algunas variantes que no sorprenderán a sus lectores. Como que sus zombis no son exactamente unos tarados que se arrastran buscando su ración de cerebro sino unas malas bestias con cierta capacidad de raciocinio con tantas ganas de comer como de follar. Ya se imaginarán que no son muy escrupulosos en cuanto a por qué orificio meterla. Los villanos de Ennis raramente decepcionan y aquí no sólo nos fascinan por su alegre brutalidad, también consiguen asustarnos por su absoluta maldad. Hay dos o tres matanzas realmente aterradoras y no es tan sencillo provocar ese malestar con una narración en viñetas.

Asistimos a las inevitables relaciones entre el grupo, la habitual lista de bajas y el encadenado de dramas y desgracias que deben graduarse para no abrumar al lector. En todo esto no se separa del modelo canónico establecido por Kirkman, llevándolo un poco más allá y forzando las notas de humor negro. Pero luego hay un aspecto que los seguidores de Ennis ya conocen y que le permite marcar una diferencia a su favor. Me refiero a su educación católica, inevitable en un irlandés como él y que aflora con naturalidad en muchos de sus tebeos. En ocasiones en forma de blasfemia, como en la irreverente encarnación del Dios Padre que imagina para Woormwood o el odioso creador que aparecía en las páginas de Predicador. Se declara ateo y ha saldado sus cuentas con la iglesia en numerosas ocasiones, pero eso no le impide reflexionar constantemente sobre el bien y el mal o, como hace aquí, sobre el sentimiento de culpa. Al igual que los protagonistas de Los Muertos Vivientes, sus héroes se enfrentan a situaciones límite en las que sus premisas morales son puestas a prueba. Kirkman adopta la ética de los pioneros. Debe hacerse lo que debe hacerse para sobrevivir, apechugar con las consecuencias y seguir adelante. Aunque en algunos casos no sea tan fácil, como le pasaba al hijo del sheriff en uno de los últimos episodios.

Ennis toma ese material y va un paso más allá, concluyendo que la culpa no es algo de lo que debamos librarnos para seguir vivos sino, muy al contrario, lo que nos convierte en humanos. El mal absoluto consistirá pues en la inconsciencia, en la anulación de esos sentimientos. Con una lógica evidentemente cristiana el guionista obliga a sufrir a sus héroes, a hacerse responsables de sus pecados y cargar con ellos. Por supuesto no supone que sus “cruzados”, esos monstruos sanguinarios de origen incierto, nos sean ajenos. Al contrario, subraya que están en el interior de cada uno de nosotros, esperando para salir. ¡Qué grande eres, Garth!

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viernes, 31 de diciembre de 2010

EL GAVILÁN, LA MISIÓN de PELLERIN

Viñeta de "El Gavilán" de Pellerin. Edita Ponent Mon
Ponent Mon, 2010.
88 páginas, 20 euros.
Dupuis 

UNA NUEVA SINGLADURA

Nada mejor para rematar el año que zamparse el nuevo volumen de las aventuras del Gavilán. Resulta especialmente recomendable en estas fechas debido a su abultado precio. 



Si el primer ciclo ya no estaba al alcance de todos los bolsillos, al menos allí se reunían un montón de álbumes que nos aseguraban una lectura prolongada. Este es sólo el primero de un segundo ciclo y en él encontramos el prólogo a lo que sin duda será una gran aventura. Así que aconsejo pedirlo como regalo navideño para disfrutarlo sin pensar en la dolorosa relación entre páginas y precio.

Superados estos lamentables y mundanos asuntos, recordemos que estos son días para hacer balance y valorar lo que realmente nos importa y aquello de lo que podemos prescindir. Sin duda nos han salido más caros todos aquellos tebeos de precio menor pero de calidad tan ínfima que rápidamente abandonaron el espacio que ocupaban en nuestras estanterías. El Gavilán, en cambio, es una obra clásica, un comic hecho con amor, a la antigua, cuidando el detalle y que nos brinda una diminuta obra de arte en cada viñeta. Y no hablo sólo del dibujo, cuya calidad está fuera de toda duda; con cierto parecido a Juillard pero mejor en el empleo del color y menos frío en los personajes. Pienso sobre todo en el guión, tan bien construido como en el primer ciclo. Con precisión y calma.

Viñeta de "El Gavilán" de Pellerin. Edita Ponent Mon
La historia comienza en Canadá donde un hombre consigue transmitir un mensaje justo antes de morir. Le arrancan un trozo de espalda y ponen la piel a curtir ya que en ella está grabada esa misiva para el rey de Francia. En Versalles, meses más tarde, el Gavilán recibe el encargo de completar esa misión en la que el anterior enviado ha fracasado, con trágicas consecuencias como ya sabemos. Antes de abandonar el lugar atentan contra su vida, algo que se repetirá en sucesivos intentos de abortar su viaje. Los conspiradores, algunos muy cercanos al rey, se reúnen en tenebrosos antros planeando diversas formas de acabar con el aventurero. Todo esto bajo esos grises cielos de Bretaña que ya conocíamos del anterior ciclo. También se repite el ambiente marino que delata la fascinación del autor por unos veleros que describe justamente como “catedrales del mar”.

En fin, el Gavilán arregla su nave y enrola a los hombres más adecuados para su tripulación, aunque algunos sean tan poco recomendables como ese Villéon al que saca de la cárcel. El volumen se cierra con el héroe flotando en el agua, la cabeza abierta por un disparo. Todavía respira, mientras nosotros contenemos la respiración hasta que se publique el siguiente episodio. Todo es sutil, realizado con esmero y respetuoso con el lector. Yo no sé ustedes, pero yo hacía tiempo que no me sentía tan bien tratado leyendo un tebeo. Ahora sólo falta que sea un éxito y le bajen el precio para alcanzar la perfección. ¡Feliz Año Nuevo!
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viernes, 24 de diciembre de 2010

The Amazon. Steven T. Seagle y Tim Sale

CACA VERDE

The Amazon
Steven T. Seagle y Tim Sale
Norma Editorial. Barcelona, 2010
86 páginas. 14 euros.

Siempre he pensado que Steranko tuvo dos hijos que resultaron mejores que él. Me refiero a Gulacy y a Sale. El primero heredó su dibujo fotográfico y de alto contraste y puso en funcionamiento algunas de sus invenciones narrativas. El segundo convirtió su adaptación de Atmósfera Cero en un modelo a seguir, demostrando que podía ser viable. En realidad nunca me han interesado los tebeos de Steranko, más allá de su indudable papel como fundador. Esto hay que reconocérselo para añadir inmediatamente que ninguna de sus historias resulta memorable. Más preocupado por la forma que por los contenidos elabora preciosos juguetes que acaban convertidos en trastos en un medio donde prima lo narrativo. Esto lo entendieron mejor sus aprendices, que pronto superaron al maestro. Gulacy fue el primero y ahí sigue sorprendiéndonos con la vitalidad de sus historias. Sale pareció inspirarse en el Miller de Sin City, de hecho le exigieron que lo imitara en Deathblow, el tebeo que consiguió que nos fijáramos en él. Pero demostró en seguida que su terreno de juego era más amplio y personal y que se derivaba más bien del experimento de Steranko, aquel comic construido a base de dobles páginas, tan bonito como ilegible. Sale nunca emplea una viñeta de más y siempre elige la mayor, estirándolas a lo largo o a lo ancho.

Tim Sale ha demostrado que es un narrador a quien conviene seguir la pista y ya he expresado en anteriores ocasiones mi admiración por su trabajo. Por eso me alegró esta recuperación de una obra perdida de hace veinte años. Lamentablemente, el guionista que le acompaña no es su compinche habitual, Jeph Loeb, con quien ha creado sus mejores historias. Al contrario, Steven T. Seagle es el típico escritor cuya firma recordamos vagamente de algunos títulos de la DC, obras que misericordiosamente hemos conseguido olvidar. Tenía un recuerdo difuso de su labor y leyendo este relato he comprendido porqué.

Amazon se deja leer gracias al portentoso dibujo de Sale. Se nota su juventud pero ya está en plena forma y las páginas se disfrutan con su habitual mezcla de sofisticación, claridad y sencillez. El color también es bonito. Pero ahí se acaban las virtudes de este tebeo. Tengo la teoría de que hay dos tipos de lectores. Están los lectores de “temas”. Los que aconsejan un comic no por cómo está dibujado o por sus personajes sino porque denuncia la opresión machista o los abusos de Estados Unidos en Nicaragua. Ya habrán comprendido que para mi esos NO son lectores de tebeos sino otra cosa. Los verdaderos lectores apenas mencionan el tema. Se deleitan en determinada secuencia, comentan tal chiste o disfrutan con aquel héroe. Pues bien, Amazon es una obra pensada para el primer grupo, una obra “de tema”.

En este caso se trata de la deforestación del Amazonas, como supongo que ya habrán imaginado. Por el camino se denuncia a las grandes compañías madereras, representantes del capitalismo salvaje, y a la iglesia católica, que provoca asco al protagonista y cuyas acciones considera “otra forma de arrasar esta tierra”. Por supuesto su visión de las tribus es mucho más indulgente, aunque apenas conoce su cultura la califica de “extremadamente eficiente” y casi alcanza el éxtasis cuando visita su poblado (“es todo tan hermoso”). En fin, siempre pueden disfrutar con los dibujitos y olvidarse del texto.
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viernes, 17 de diciembre de 2010

Arroz pasado. Juanjo Sáez.


AUTOR PASADO

Arroz pasado.
Juanjo Sáez.
Reservoir Books. Barcelona, 2010.
784 páginas. 26,90 euros.


En su momento aplaudí las primeras obras de Sáez, Viviendo del cuento y El Arte, conversaciones imaginarias con mi madre. Eran trabajos frescos, realizados por un narrador chispeante y con cosas nuevas que decir. Su mezcla de ingenuidad y pedantería funcionaba y su relativo éxito entre los modernos de este país parecía bien merecido. Su siguiente entrega, Yo. Otro libro egocéntrico de Juanjo Sáez, ya me hizo arrugar la nariz. Como casi todos los volúmenes que aprovechan encargos diversos tenía partes interesantes al lado de zonas estiradas, con un balance muy irregular. Luego, zapeando entre canales, pude ver unos dibujos animados que llevaban la inconfundible firma de su estilo en alguna cadena catalana. Efectivamente, se trataba de Arròs Covat, una serie que antes de saltar a la televisión nació en forma de story-board o historieta. Es lo que ahora se ha publicado en un grueso volumen de casi ochocientas páginas.

En ellas se nos narran las aventuras y sobre todo desventuras de Xavi, un joven diseñador catalán que se encuentra en un momento crucial de su vida. Empieza en la cresta de la ola, recibiendo un premio Laus y flirteando con una admiradora. Pero luego entra en crisis, el trabajo comienza a ir mal, deja a su novia, su tía sufre un colapso, sus amoríos son un completo desastre… El tono oscila entre la farsa romántica y el drama con pretensiones. En las solapas se compara el trabajo de Sáez con el de Woody Allen, algo que sin duda encaja con las aspiraciones del autor, aunque no tanto con sus logros.

Arroz pasado ofrece no pocos momentos de diversión, sobre todo en las secuencias con las queridas. Toda la escena en casa de la diseñadora de tetas bamboleantes es graciosa. Lo mismo la de la banquera con su niño-cerdo de ojos enrojecidos. También está bien construido el descenso de la nevera con el ex-suegro. Pero en general el humor es de un tono bastante grueso, no sé si por razones de contagio o exigencia televisiva. Alcanza notas tan grotescas como las del taxista de “Madriz” que, por supuesto, es un perro, escucha la COPE y odia a todos los catalanes. ¿Se imaginan tal acumulación de tópicos pero al revés, en un honrado funcionario del taxi de Barcelona? Supongo que en su caso el odio a los madrileños estaría justificado, que es más o menos lo que viene a decirnos Sáez.

En fin, lo peor de todo es que el libro resulta muy tontorrón. La historia está estirada, es aburrida y pretenciosa. El protagonista es un llorica con el que resulta imposible identificarse. Todo se cuenta como si tuviera mucha importancia cuando en realidad asistimos a un encadenado de anécdotas más bien insignificantes. Respecto al dibujo, mantiene el minimalismo habitual aunque aquí debe detallar algo más de vez en cuando, supongo que por razones dramáticas o de actuación de los personajes. Esto se traduce en que a veces se ve obligado a dibujar ojos ¡y hasta algunas bocas!
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viernes, 10 de diciembre de 2010

EL TENIENTE NEGRO de SILVER KAE & JOSE GRAU

El teniente negro de Silver Kane y Jose Grau, edita Glénat
Glénat. Barcelona, 2010.
256 páginas. 19,95 euros


UN NEGRO DESTEÑIDO


No es necesario ser un experto en comic clásico español para apreciar las virtudes de autores como Ambrós, Iranzo o Giner, por citar tres nombres que puedan sonar familiares. Sin embargo, excepto del primero, de quien se publican constantes reediciones de su Capitán Trueno, nadie ha pensado en recuperar el trabajo de estos maestros; se les condena así a pervivir en ediciones facsímiles habitualmente de precios abusivos. En este contexto de absoluta desmemoria histórica nos llega ahora este Teniente Negro.


Supongo yo que la razón de ser de esta publicación es su guionista, o, si lo prefieren, Francisco González Ledesma. En los últimos años se ha reconocido su ingente labor como escritor de novelas del oeste, aquellos productos de quiosco que pasaron por tantas manos, en un inacabable proceso de intercambio. Bien está que aplaudamos los esfuerzos de artesanos que parecían condenados al olvido, mientras fantasmas con menos capacidad reciben públicos honores. Pero eso no hace bueno el guión de este tebeo. Sin duda habrá sido escrito en las peores condiciones posibles. Eso excusa a su autor pero no a quienes han decidido recuperarlo. Menos aún cuando se aducen sorprendentes paralelismos entre las disparatadas aventuras que componen esta serie y nuestra trágica y sobada guerra civil. Si en un episodio aparecen unos buitres bombardeando un pueblo no se puede discutir que es un trasunto de Guernica ¡Faltaría más!

Otra cita obligada es la película de Ford, por supuesto. Sólo que allí el protagonista era un sargento, no un teniente y, lo que es algo más importante, era un verdadero negro, no un blanco pintado como aquí, uno de los aspectos más ofensivos del relato. Se emplean algunos tópicos enraizados en series como El Jabato o El Corsario de Hierro, pasando por el ya citado Capitán Trueno: al protagonista le acompañan un alegre jovencito y un forzudo más bien rellenito. Pero además se parte de una premisa clásica, la misma del Zorro o de la Pimpinela Escarlata, el héroe adopta una falsa identidad para protegerse, mientras que en su vida diaria se comporta como un petimetre. Lo más peculiar de ese disfraz es que no consiste en otra cosa que en pintarse la cara de negro. Y ¡hop!, ahí tenemos a nuestro aventurero desfaciendo entuertos en plan Al Jolson. Tan lamentable como suena.

No cabe duda de que, como cualquier serie B, El Teniente Negro no carece de encantos, debido sobre todo a la acumulación de situaciones disparatadas y a la indudable imaginación de su guionista, aunque se echa en falta un mayor desarrollo de los personajes y algo más de conexión en el incesante flujo de sucesos inverosímiles. La parte del dibujo es más débil y muy mejorable en las secuencias de acción. Cada vez que una figura salta parece volar, el asalto a la casa con el grupo del Ku-klus-clan enarbolando un tronco es directamente cómico por lo ridículo.

En fin, seguro que encuentran mejores tebeos en los que gastarse los euros estas navidades. Leer más...

viernes, 3 de diciembre de 2010

SKY HAWK de J. TANIGUCHI

Sky Hawk de Jiro Taniguchi. Edita Ponent Mon
Ponent Mon, 2010.
288 páginas, 17 euros.

VIENTOS DEL OESTE


Hace ya tiempo que Jiro Taniguchi demostró que es el actual dios del manga, por emplear la exagerada terminología que tanto agrada a los japoneses. Y lo es por muchas razones: su indudable habilidad narrativa, su ingente producción, su capacidad para transitar con fortuna los géneros más diversos, su cuidado dibujo, su cosmovisión, que transmite no importa qué esté contando… 


No es sólo bueno, habilidoso, es que además nos cae bien, su escala de valores nos alcanza, su convicción nos emociona. Así que en muy pocas ocasiones me he resistido a comentar su trabajo, porque lo considero imprescindible y normalmente recomendable.

En los últimos meses he dejado pasar tres de sus obras, para no aburrirles. Pero aprovecharé que hablamos de él para, al menos, citarlas. Una es Mi año, su aventura europea con Morvan, un guionista que no contaba entre mis favoritos. No sé si es gracias al japonés, pero esta su primera entrega es tan emotiva como interesante. Ojo a esta serie cuyo segundo episodio ya esperamos con ansiedad. Peor era Blanco, algo que supongo es una recuperación de un trabajo de juventud. El autor todavía no está maduro y se le nota. Más interés tiene El gourmet solitario, un álbum en la línea de El caminante, un deambular por diversos restaurantes nipones, donde se nos muestran algunas comidas locales. Un trabajo raro y espacial, que resulta agradable sólo gracias al talento de Taniguchi, capaz de hacernos leer cualquier cosa y de conseguir que además nos fascine.


Y ahora nos llega este Sky Hawk, un western donde mezcla la épica y el drama de la lucha de las tribus indias con la agonía de dos samuráis que han emigrado a América, huyendo de un destino que los condenaba a la extinción.
Sky Hawk de Jiro Taniguchi edita Ponent Mon.
El autor transita con naturalidad los terrenos del western, adoptando el punto de vista de los nativos americanos, como ya hicieran antes que él creadores anteriores como Ford o Aldrich. Por supuesto, hay mucho de Bailando con Lobos, Jeremiah Johnson y otros clásicos del género. Y no pocas secuencias contemplativas en las que los protagonistas se embelesan con los paisajes que les rodean y perciben la energía de una naturaleza que pronto sufrirá grandes transformaciones.

Más allá de los dramas y las aventuras que se narran, muchas de las cuales ya nos suenan de otros relatos fílmicos o en viñetas, Taniguchi acierta en la construcción de esos dos indios de adopción, que sorprenden a los pieles rojas con sus cuchillos largos y sus poderosos arcos. Aunque las simpatías del autor están claramente con los nativos, no peca de una excesiva idealización y cuida especialmente los aspectos relativos a la ética guerrera de sus héroes. Como Aldrich en La venganza de Ulzana, la lucha y la exterminación del enemigo se muestran como fines honorables, aspectos de una vida que no puede aspirar a la paz, por mucho que ésta se desee.

Hikozaburo y Manzo aceptan sin quejarse un destino que los condena a una lucha sin tregua y una muerte segura al final, con la estoica tranquilidad que caracteriza a los auténticos samurais. Taniguchi nos habla de todo esto y de cómo los nativos americanos pueden entender y aceptar esa filosofía, adoptando como miembros de su tribu a estos extraños guerreros venidos del oeste. Con estos componentes y sazonado con sentimientos que van del afecto entre camaradas a un amor nunca enunciado, pasando por el instinto de protección entre padres e hijos y una generosa ración de odio entre razas y culturas, construye uno de los mejores tebeos del año. Otro más en su ya larga y fructífera carrera. No se lo pueden perder.
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viernes, 26 de noviembre de 2010

Amistad estrecha. Bastien Vivès

SENSUALIDAD

Amistad estrecha. Bastien Vivès
Diábolo Ediciones. Madrid, 2010.

132 páginas, 17,95 euros

El gusto del cloro contaba la historia de un personaje que se enamoraba de una chica con la que coincidía nadando en una piscina pública. O algo así. En realidad, a su autor no le interesaba tanto la solidez del relato como las sensaciones que podía transmitir con su dibujo y sobre todo con el color. Cualquiera que como en mi caso se haya pasado algunos años nadando en piscinas, reconocerá inmediatamente la paleta de tonos azulados y verdosos empleada por el dibujante. Y eso era exactamente lo que se fijaba en la memoria. Casi se podía sentir ese gusto del cloro en una obra que suponía una auténtica inmersión en el universo piscinero, una realidad que bordea en ocasiones el territorio de los sueños.



Con todo, me pareció un divertimento, un trabajo bonito pero menor, así que dejé escapar los siguientes productos de Vivès, En mis ojos y Por el Imperio, de la que ya se han publicado dos tomos. Ahora nos llega una nueva entrega del dibujante, que insiste en sus especiales colores, su tono lánguido y sus temas de difícil clasificación. Aquí cuenta con la inestimable ayuda al color de Romain Trystram. Considero que este trabajo es un buen síntoma de lo que nos espera, obras en las que los soportes digitales favorecen la aparición de efectos nuevos y sorprendentes. Amistad estrecha se estructura alrededor de dos tipos muy diferentes de secuencias. Por un lado hay un relato secuencial, actual, que se cuenta con un dibujo esquemático, de línea básica, como de rotulador, y un color con una gama muy definida y que puede recordarnos a la del Gusto del cloro. Priman los violetas, rosados, verdes y azules pastel en una combinación tan sencilla como eficaz. En la secuencia de la discoteca la gama se satura con el empleo de tonos más ácidos, pero igualmente armónicos. Por otro lado se emplea un recurso de Photoshop, como es el desenfoque de los objetos. Este efecto consigue que los pasajes en que se aplica el acabado redondeado de las figuras recuerde a Matotti, que alcanza parecidos resultados con sus lápices. En todo caso el procedimiento es tan agradable como confuso. De nuevo la gama de color es atractiva, más cálida que en el resto del volumen, pero eso no nos ayuda a situarnos. La verdad es que cuesta identificar a los protagonistas de esas zonas desenfocadas.

El resultado es un álbum que se entiende a medias. La parte que se sigue con cierta facilidad supone un quiero y no puedo. El autor nos cuenta en un tono muy solemne la vieja historia de la pareja de amigos que se enamoran casi sin darse cuenta. Eso sí, de la forma más rebuscada y cool posible. Si argumentalmente este es un trabajo hinchado y poco convincente, Vivès vuelve a acertar en el terreno de las sensaciones. Aquí abundan los diálogos y las secuencias eróticas y realmente son el dibujo y el color quienes consiguen que nos interesemos por esos personajes cuyas palabras apenas nos conmueven. Pero sí su aspecto y la forma en que han sido trasladados al papel.

Así que el dibujante se mantiene como un creador tan irregular como sugerente. Creo que probaré suerte con alguno de sus otros trabajos y ya les contaré.
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viernes, 19 de noviembre de 2010

ASTERIOS POLYP de DAVID MAZZUCCHELLI

ASTERIOS POLYP de DAVID MAZZUCCHELLI
Sins entido. Madrid, 2010.
344 páginas, 30 euros

CUANDO LO NUEVO PARECE VIEJO


La biografía de Mazzucchelli es tan breve como extraña. En los ochenta dibuja superhéroes firmando, con Frank Miller al guión, dos álbumes antológicos: Daredevil born again y Batman año I. Luego publica su propia revista a principios de los noventa, Rubber Blanket, donde incluye una serie de experimentos de difícil clasificación, en general de pequeño formato. Con dos excepciones: la peculiar Discovering America y la extraordinaria Big Man, ambas publicadas en español por mis compañeros de El Wendigo. En 1994 dibuja una adaptación de la novela de Paul Auster, City of Glass. Y luego, un conjunto de noticias sueltas. Una beca para estudiar en Japón, portadas para el New Yorker, clases en la School of Visual Arts


 Leímos su historieta japonesa en Nosotros somos los muertos y su adaptación de un cuento en el volumen editado por Spiegelman. Pero, sobre todo, esperábamos. Era un secreto a voces que David preparaba una novela gráfica, el trabajo definitivo de quien ya había demostrado que su talento como dibujante no tenía límites. Tampoco era mal escritor, en todos sus comics latía una preocupación existencial que los teñía de cierta melancolía y un sentimiento religioso poco habitual en sus contemporáneos.

Por fin nos llega su Asterios. Es un libro mimado en todos sus detalles, aunque no entiendo la tontería de la camisa corta en la cubierta ¿Es para que se estropeen los bordes? El color se soluciona alternando dos tipos de bitonos, de cálidos y fríos, respectivamente. Y su dibujo tiene la calidad de siempre. Utiliza una estructura de página dinámica, con muchos blancos y variedad de tamaños en las viñetas. El problema, como ya habrán supuesto, está en la historia. O mejor, las historias.

Hay una parte en la obra más agradable, como es la relación entre Asterios, el “héroe” de la novela, y Hana, la escultora japonesa. Tiene momentos muy verdaderos, especialmente la deliciosa secuencia muda en que acumula un montón de instantes cotidianos con gran efectividad. También convencen algunos de sus diálogos, en los que Asterios acaba siempre haciendo callar a su compañera. El arquitecto protagoniza otras partes creíbles, como la de la construcción de la cabaña, una celebración del esfuerzo y el trabajo bien hecho. O la visita al cráter, en la que el talento de Mazzucchelli para el dibujo realmente nos transmite la sensación de grandiosidad necesaria.
Viñeta de Asterios Polyp de David Mazzuchelli, edita en España Sins Entido

Pero son momentos aislados en el conjunto de una obra hinchada, presuntuosa e innecesaria. El autor parece contagiarse de la personalidad de su personaje, ese pedante insufrible que filosofa sobre la percepción de la realidad, la dualidad y otros asuntos igualmente graves y trascendentes. David despliega su bolsa de trucos y lo vemos esforzándose por resultar moderno, cambiando de estilo a voluntad, saltando de un manierismo al siguiente, repitiendo encuadres y jugando con los colores para contarnos ¿qué? Muy poco, la verdad.

Acumula retazos de historias pero falla a la hora de encadenar las secuencias, o quizás es que está por encima de esas menudencias. Así que nos quedamos sin saber en qué consistió la relación entre Hana y el insoportable Willy o porqué se separó de Asterios. Y, si me apuran, tampoco sabemos porqué se unen cuando él parece tan feliz tirándose a todas sus alumnas. Si los apartados filosóficos interrumpen el fluir de los hechos, lo mismo podría decirse de la estancia de Polyp en la casa del mecánico. Parece una excusa para aportar un tono “indie” a la narración y presentar unos cuantos personajes estrambóticos y pintorescos, entre los que destaca, por supuesto, Úrsula Major.

Lo peor no es que la novela resulte pretenciosa y grandilocuente, es que además es aburrida. Artificiosa y falsamente trascendente, como el capítulo dedicado al padre enfermo demuestra. No conseguimos entrar en lo que se nos cuenta, falta verdad, autenticidad. Sin duda Mazzucchelli se ha pensado mucho este trabajo, pero apenas consigue emocionarnos. Apreciamos su destreza, pero nos distanciamos de su helado interior.
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