viernes, 7 de enero de 2011

Crossed. Ennis y Jacen

HORRIBLE AÑO NUEVO

Crossed. Garth Ennis y Jacen Burrows
Glénat. Barcelona, 2010.
256 páginas. 19,95 euros

La serie de Kirkman Los Muertos Vivientes ha sido adaptada al formato televisivo, algo que no ha extrañado a sus seguidores entre quienes me cuento. Su calidad trasciende el género de zombis al que pertenece para convertirse en una metáfora de la supervivencia y de nuestra actitud ante la muerte. Kirkman ha dado sobradas muestras de su talento, pero ahora llega Garth Ennis para darle la réplica con Crossed, su peculiar versión del asunto.

Adelanto que aunque mi admiración por Kirkman se mantiene intacta, considero que el irlandés gana por goleada, consigue llevar su tebeo a terrenos más complejos, ofreciendo al tiempo un espectáculo tan brutal como apasionante. Para muchos Ennis ya no cuenta desde que finalizó su serie más popular, Predicador, que recientemente ha conocido una apabullante edición de lujo. Otros lo reconocen por su anterior y muy valorable trabajo en Hellblazer. Pero lo cierto es que, con altibajos, casi todo lo que escribe tiene calidad. Muchos de sus episodios para Punisher, su serie Hitman o su labor en The Boys todavía puede dar sopas con hondas a pelmazos más reconocidos como Ellis, Morrison, Milligan y si me apuran Moore. Ennis es más divertido, más profundo, más irreverente y muchísimo más entretenido que todos ellos juntos. Series como Crossed lo prueban.

Lo primero que hace es adoptar todos los lugares comunes en una ficción como ésta. Llega el Apocalipsis por razones que no se molesta en explicar, todo se derrumba y seguimos al habitual grupo de supervivientes. Luego se permite algunas variantes que no sorprenderán a sus lectores. Como que sus zombis no son exactamente unos tarados que se arrastran buscando su ración de cerebro sino unas malas bestias con cierta capacidad de raciocinio con tantas ganas de comer como de follar. Ya se imaginarán que no son muy escrupulosos en cuanto a por qué orificio meterla. Los villanos de Ennis raramente decepcionan y aquí no sólo nos fascinan por su alegre brutalidad, también consiguen asustarnos por su absoluta maldad. Hay dos o tres matanzas realmente aterradoras y no es tan sencillo provocar ese malestar con una narración en viñetas.

Asistimos a las inevitables relaciones entre el grupo, la habitual lista de bajas y el encadenado de dramas y desgracias que deben graduarse para no abrumar al lector. En todo esto no se separa del modelo canónico establecido por Kirkman, llevándolo un poco más allá y forzando las notas de humor negro. Pero luego hay un aspecto que los seguidores de Ennis ya conocen y que le permite marcar una diferencia a su favor. Me refiero a su educación católica, inevitable en un irlandés como él y que aflora con naturalidad en muchos de sus tebeos. En ocasiones en forma de blasfemia, como en la irreverente encarnación del Dios Padre que imagina para Woormwood o el odioso creador que aparecía en las páginas de Predicador. Se declara ateo y ha saldado sus cuentas con la iglesia en numerosas ocasiones, pero eso no le impide reflexionar constantemente sobre el bien y el mal o, como hace aquí, sobre el sentimiento de culpa. Al igual que los protagonistas de Los Muertos Vivientes, sus héroes se enfrentan a situaciones límite en las que sus premisas morales son puestas a prueba. Kirkman adopta la ética de los pioneros. Debe hacerse lo que debe hacerse para sobrevivir, apechugar con las consecuencias y seguir adelante. Aunque en algunos casos no sea tan fácil, como le pasaba al hijo del sheriff en uno de los últimos episodios.

Ennis toma ese material y va un paso más allá, concluyendo que la culpa no es algo de lo que debamos librarnos para seguir vivos sino, muy al contrario, lo que nos convierte en humanos. El mal absoluto consistirá pues en la inconsciencia, en la anulación de esos sentimientos. Con una lógica evidentemente cristiana el guionista obliga a sufrir a sus héroes, a hacerse responsables de sus pecados y cargar con ellos. Por supuesto no supone que sus “cruzados”, esos monstruos sanguinarios de origen incierto, nos sean ajenos. Al contrario, subraya que están en el interior de cada uno de nosotros, esperando para salir. ¡Qué grande eres, Garth!

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