viernes, 4 de noviembre de 2011

Humor Blanco

BLANCO, EL TBO… ¡Y MUCHO MÁS! 
Humor Blanco. 
Josep Maria Blanco Ibarz
Casal Solleric. Del 13 de septiembre al 13 de Noviembre de 2011. 

La pasada Nit de l’Art se inauguraba en el Casal Solleric de Palma la exposición dedicada al dibujante Josep Maria Blanco, uno de los últimos supervivientes de la revista TBO, la publicación que explica que en España denominemos “tebeos” a los comics.

El TBO, primero 
El TBO nació casi una década antes que Blanco, en 1917 mientras que él veía la luz en 1926. La revista incorpora a dibujantes tan reconocidos como Opisso o el menorquín Marino Benejam. Son sólo dos nombres que sobresalen en una plantilla que supone un verdadero despliegue de talento. En 1923 aparece como sección Los Inventos del TBO y en 1936 Benejam crea a Melitón Pérez, aunque el TBO se caracterizaba por incluir pocos personajes fijos.

Con la guerra la cosa se complica y en 1938 se interrumpe su publicación. Vuelve en 1942 pero variando su nombre y con muchos problemas para conseguir un permiso de edición. Con todo, en 1944 aparece la serie más popular de la revista, La familia Ulises. Finalmente en 1952 consiguen normalizar su periodicidad, dando inicio a la etapa más exitosa y prolongada. En 1972 se convierte en TBO2000 y en 1980 en El TBO. Desaparece tres años después. Todavía hoy es fácil acceder al material del TBO. Ediciones B agrupó en tomos historietas de diversas épocas de la revista bajo el título de “El TBO de siempre” y pueden encontrarse en cualquier librería especializada. Recientemente Salvat lanzaba un coleccionable compilando Almanaques:“TBO, edición coleccionista”. En ambos casos se echaba en falta algo más de orden en la selección y presentación, pero al menos nos permitían satisfacer nuestro interés por una obra tan variada como interesante y divertida.

Existen razones que explican la tremenda popularidad del TBO, con tiradas impensables hoy en día, casi medio millón de ejemplares que se calcula eran leídos y compartidos por millones de lectores. Por un lado sus aspectos gráficos, su colorista presentación pero también los variados y muy personales estilos de sus colaboradores. También sus contenidos, que primaban un humor bienintencionado generando la ilusión de un mundo luminoso y agradable en el que primaban las buenas maneras y una inocencia generalizada. Durante años el legado del TBO ha quedado oscurecido por la atención prestada a su principal competidor, Bruguera, que a la larga fue quien se quedó con el pastel del público. Bruguera, se nos dice, ofrecía una mirada distorsionada pero crítica de lo real, de la violencia, el hambre, las contradicciones, la represión y las penurias de la sociedad franquista. El TBO por el contrario sería una publicación burguesa, acomodaticia y que colaboraría con el régimen participando del milagro económico de los sesenta, aturdiendo a sus lectores con la fantasía de un mundo mejor. Es la vieja idea del arte como reflejo. Para los que no creemos en un arte dictado, todo esto no tiene ningún sentido. ¿Hay que despreciar a Matisse por proclamar que su pintura es como un buen sofá? No niego que el arte pueda alimentarse de la indignación política, pero sí que DEBA hacerlo.
El TBO no tiene nada de qué avergonzarse y mucho de qué enorgullecerse. En el desarrollo de ese proyecto jugó un papel relevante Josep Maria Blanco.


Blanco contra Ibarz
Tras algunos coqueteos con otras revistas, Blanco consigue publicar en el TBO en 1951. En ese momento ya trabaja en un Banco, ocupación que no abandonará hasta su jubilación. Toda su vida laboral se caracteriza por una extraña duplicidad, oficinista por la mañana, dibujante por la tarde y noche. Para él, más que una necesidad creativa, de expresión, su trabajo “artístico” era otra fuente de financiación. No era el único, Urda fue su compañero en la sucursal y también Ibáñez trabajó en un banco hasta que Mortadelo le permitió dejarlo.

Lo más interesante en los primeros años de Blanco son sus constantes cambios de estilo. De la distorsión extrema, lo que él llama su etapa de narigudos, a una mayor contención y naturalismo, imitando el estilo de Benejam. Después prueba con la geometría, llegando a realizar las cabezas con monedas. Esta fase es quizás la que nos resulta más moderna, más próxima, pero al autor no le satisfacía, no se ajustaba a sus prioridades cómicas. Entra así en una etapa de geometrías blandas donde los cuerpos se estiran y distorsionan y el dibujo es satisfactoriamente limpio y despejado. Tampoco dura mucho. A mediados de los sesenta fija su estilo“clásico” que ya no abandonará.

Curiosamente esos cambios le perseguirán a lo largo de su carrera. Cuando en los setenta su fama se consolida y debe continuar el trabajo de Benejam en La familia Ulises, los editores deciden recuperar historietas anteriores, inéditas algunas, ya publicadas otras. Para no confundir al lector adoptan el apellido materno del autor. Así, al lado de las planchas del moderno Blanco, encontramos el material del antiguo Ibarz. Ambos son igual de satisfactorios.

Fuera de serie 
Bruguera basaba toda su producción en personajes fijos, al contrario que el TBO. Sin embargo, algunas de sus escasas series fueron tremendamente populares. Como la dedicada a los estrambóticos inventos, donde Blanco apenas participó con un par de planchas. Por su cuenta creó algo parecido a una serie, unos caníbales de nombre movedizo, los kakikus, que seguramente hoy escandalizarían a los beatos de lo políticamente correcto. Participaba de una tradición donde encontramos a Opisso o a Benejam tratando con lamentable paternalismo a los africanos. Aunque cualquier rasgo de supremacía blanca queda habitualmente diluido en un humor siempre bonachón y multidireccional.

Luego el autor se ve embarcado en una aventura que le dejó un sabor agridulce. Como continuador de La familia Ulises, Blanco se siente orgulloso de haber mantenido vivos los personajes creados por su maestro y amigo Benejam. Pero también se lamenta de las horas perdidas realizando un trabajo que no sentía como propio, con guiones que no eran suyos.

Volvió a coquetear con otros héroes, esta vez de creación personal. Pero ni Don Cosme, su señora o el burro Aníbal pueden considerarse realmente fijos. Eran más bien excusas que le servían para fabricar historias. Tan pronto los empleaba como se olvidaba de ellos. Donde realmente sobresalía era en el gag, la historia corta, la ocurrencia. Ya fuera en portadas, planchas enteras o medias, centrales o tiras, su humor no desfallece y apenas necesita desarrollar a sus protagonistas, tan universales son sus rasgos. Blanco conoce muy bien al hombre de la calle, al tipo que vive su vida e intenta que le dejen en paz y evitarse líos. Lógicamente las cosas nunca salen como esperamos y esa decepción activa el mecanismo cómico. Su humor siempre oscila entre la pura observación de la realidad y un desparrame surrealista y muy imaginativo. Si sus historias tienden a originarse en lo real pueden acabar transitando territorios tremendamente absurdos y siempre divertidos.

 Más allá del TBO 
Cuando el TBO se desvanece Blanco decide reinventarse. Salta entonces de las diminutas viñetas que realizaba para la revista a un sorprendente conjunto de “viñetas” únicas y de gran formato. Dedica sus esfuerzos a la ciudad que le vio nacer y donde ha pasado toda su vida. Las transformaciones del 92 empiezan a hacer mella en algunos parajes característicos, así que el dibujante convierte sus vistas en memorandums de una Barcelona que está desvaneciéndose para dar paso a una modernidad quizás demasiado seria.

Si en sus historietas había asumido el lenguaje de Benejam llevándolo a su propio terreno, en sus perspectivas demuestra que también carga con la influencia de Opisso y que puede medirse con él en uno de sus terrenos de juego favoritos, las calles llenas de coloridos personajes. Los fondos se llenan de detalles y rigor y las figuras demuestran que Blanco tiene más facetas de las exhibidas en sus largos años de trabajo en el TBO. De alguna manera la esencia cómica de su arte permanece, pero enriquecida y mejorada.

Todo esto y más puede verse en la exposición del Solleric, que todavía están a tiempo de visitar. Me siento especialmente satisfecho del catálogo que la acompaña, producido con la calidad que la obra de Blanco se merece. Échenle un vistazo y ya me dirán.

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