jueves, 22 de julio de 2010

AYA DE YOPOUGON - Marguerite Abouet y Clément Oubrerie

AYA de Yopougon de Marguerite Abouet y Clement Oubrerie. Edita Norma Norma Editorial.
Barcelona, 2010.
106 páginas, 18 €.



COSTUMBRISMO AFRICANO



Esta serie llega a su cuarto volumen, manteniendo las virtudes que sin duda le aseguran un público fiel y un éxito moderado pero sostenido. Más allá de su ambientación “exótica”, Aya nos habla de ambiciones, deseos, intrigas, decepciones, alegrías y tristezas universales. 


Los autores alcanzan un delicado equilibrio entre la descripción fiel de ese entorno africano, que podría resultarnos ajeno, y unos personajes que se comportan de manera tremendamente familiar. En este episodio, además, abandonamos África para acompañar a ese peluquero imitador de Michael Jackson, uno de los protagonistas más simpáticos, a París, donde padece la atribulada vida del inmigrante aunque su natural vitalidad le permite sobreponerse a las inclemencias de la fortuna.

No abandonamos al resto de pobladores de la serie, Aya, sus amigas y familiares. Tampoco cambia el dibujo con su frágil línea y su envolvente color. A veces los acabados digitales afectan un poco a la legibilidad, pero es lo peor que puede decirse de un grafismo que cumple con creces su función. Los personajes actúan muy bien, son dibujados siempre con simpatía y la planificación es tan sencilla como efectiva. Los escenarios son precisos sin exceso de detalles y enmarcan perfectamente la acción.

AYA de Yopougon de Marguerite Abouet y Clement Oubrerie. Edita Norma
Respecto al guión, mantiene su tono, a mitad de camino entre la comedia de situación y el culebrón, con protagonistas muy bien definidos y un nutrido elenco de secundarios, que nos permiten acercarnos a la realidad de Costa de Marfil. Uno de los aspectos que más han llamado la atención de esta serie es su “normalidad”. La visión que nos ofrece de África evita los tópicos habituales, de la guerra al hambre pasando por el neocolonialismo o los conflictos tribales. Al contrario, todo suena cercano y casi familiar. Reconocemos esa sociedad donde los hijos ya pertenecen a la ciudad mientras los padres mantienen sus raíces en el campo, con las tensiones que todo eso provoca. O donde algunos intentan prosperar a base de trabajo, estudio y esfuerzo, mientras otros aprovechan las oportunidades que una cultura en transformación les brinda, no todas lícitas por supuesto.

En ese sentido sorprende la integridad de la protagonista, esa Aya que ve como sus amigas pierden el tiempo con amoríos que no las llevan a ninguna parte y que debe enfrentarse a abusos cometidos por los profesores que en teoría deberían de enseñarla y ayudarla a mejorar. El viejo discurso de “pobre, pero honrado”, que por estos lares ya sólo enuncian los más pringados, resuena con fuerza en la saga. Parecida posición adopta Innocent, el peluquero que se larga a París buscando cumplir sus sueños. Por muy mal que le vayan las cosas, no adopta nunca el papel de víctima. Al contrario, increpa al músico callejero que en el metro canta las desdichas africanas. Según dice: “cuando uno quiere cantar tiene que expresar alegrías y cosas hermosas”.

En fin, que Aya no es sólo un buen tebeo, bien contado y dibujado, con personajes interesantes y anécdotas divertidas y siempre entretenidas, también nos permite echar un vistazo a un África que no lloriquea y que sólo desea que la dejen en paz para progresar por su cuenta. Que así sea.

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