viernes, 1 de julio de 2011

Logicomix

UNOS TIPOS NO TAN LÓGICOS

Logicomix
Doxiadis y Papadimitriou
Sins Entido. Madrid, 2011.
352 páginas, 24 euros.

Una novela gráfica sobre Bertrand Russell firmada por unos autores griegos de los que nunca había oído hablar. Suena a plato rematadamente indigesto pero a veces debemos revisar nuestras premisas.

Se indaga no sólo en la vida del filósofo sino también en su trabajo, explicando en qué consistieron sus descubrimientos matemático-filosóficos. Para ello se emplean largos pasajes donde los autores hablan de su propia obra y reflexionan respecto al material que deben y no incluir en ella. Con material tan difícil se construye una novela gráfica apasionante, entrecruzando con habilidad algunos de los lances sentimentales de Russell con sus indagaciones filosóficas y sus decisiones político-vitales. Casi desde el principio se nos desvela una trama muy poco oculta, un leit-motiv: la lógica parece el fruto podrido de unos dementes. Se juega a lo largo de todo el relato con ese asunto, de la misma forma en que las novelas de misterio ofrecen falsas pistas para mantener intrigado al lector. Pero además se nos brinda una narración que puede disfrutarse a muchos niveles diferentes.

Por un lado, el simplemente pedagógico. Logicomix explica muchas cosas. Por sus páginas desfilan personajes de la talla de Wittgenstein, Whitehead o Gödel. Se nos desvelan las relaciones entre ellos, así como sus diferencias y enfrentamientos. También se nos cuentan algunas de sus teorías y conceptos más importantes. Los autores son lo suficientemente rigurosos como para señalar en los apéndices en qué momentos se han desviado de la historia “real” y, dentro de la narración, indicar qué partes no van a contar. Por ejemplo la relación entre la lógica y los ordenadores, algo que se esboza pero que queda fuera del relato a causa de sus propias restricciones dramáticas.

Logicomix es sobre todo un drama moderno con un héroe trágico, ese Russell que se enfrenta a los fantasmas de la locura que rondan por las diferentes ramas de su familia. Incapaz de completar su personal utopía de orden y lógica absolutos se despliegan ante nosotros algunas de sus contradicciones y pasiones, componiendo un retrato complejo y no exento de humor. Algo complicado cuando tu protagonista se dedica a elucubrar sobre conceptos tan abstrusos como los tipos lógicos. La “teoría de tipos” es el truco de Russell y Whitehead para escapar de la contradicción que veían en la base de las matemáticas. El asunto se resume con la frase “el mapa no es el territorio”, que nos recuerda los peligros de todo proceso de simplificación y explicación de lo real. En el tebeo, Russell nos previene contra la amenaza de los totalitarismos que, con la excusa de salvar a la humanidad, nos bendicen con nuevos horrores. Al final, cada uno debe surcar su propio camino hasta dar con la verdad. En la versión de los autores griegos el filósofo se presenta como alguien lúcido, consciente de sus errores y de las paradojas que han recorrido su filosofía. Es un retrato al tiempo duro y amable. Sus líos de faldas ayudan sobre todo a humanizarlo, sus debilidades carnales lo hacen más vulnerable y cercano. Aunque la forma en que se aleja de la realidad y maltrata a quienes lo rodean es sin duda inhumana y cruel. Pero se redime al aceptar sus errores y denunciar los abusos cometidos en nombre de la disciplina que ayudó a crear, la lógica.

El dibujo, aparentemente sencillo, resuelve con decisión muchos pasajes realmente áridos. Alecos Papadatos maneja con corrección los aspectos relativos a la gestualidad y actuación de los personajes, algo crucial en una obra tan dialogada como ésta. En ocasiones, sobre todo en las partes en que el guionista discute con su asesor científico, recurre a grandes escenarios sobre los que pasean los actores. Es un procedimiento que, si se emplea con moderación, resulta agradable y efectivo.

Dejo para el final la que considero parte más débil y forzada de la obra. Entiendo que el guionista emplee ese ensayo teatral como excusa narrativa, le permite airear el relato, sacar a los personajes del estudio donde se fragua el tebeo y ponerlos a pasear por Atenas. También se entiende el argumento final donde se traza un paralelismo entre los dilemas que debían resolver los protagonistas de las viejas tragedias griegas y los problemas de los padres de la lógica moderna. Pero la puesta en escena es atropellada y cierra mal un trabajo admirable en otros muchos aspectos.

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