viernes, 15 de julio de 2011

Cuadernos ucranianos

PESADILLAS SOVIÉTICAS

Cuadernos ucranianos.
Igort
Ediciones Sinsentido. Madrid, 2011.
176 páginas. 24 euros.

Las historias sobre la antigua URSS llevan camino de convertirse en un nuevo subgénero de terror. Todo lo que descubrimos en ellas es pavoroso y sobrecogedor. En todo caso, todavía está por llegar ese gran tebeo sobre el extinto paraíso socialista. Lo que hasta ahora hemos leído vale más por las buenas intenciones que por los resultados. Últimamente se han publicado dos novelas gráficas sobre dos asuntos bien dispares de consecuencias similares: un montón de personas inocentes sufren a causa del todopoderoso estado soviético. La primera es Chernóbil: La zona de los españoles Bustos y Sánchez. Como podrán suponer se nos cuenta el tristemente célebre desastre nuclear. El problema es que es tan poético y sutil que cuesta entrar en la narración. Y el dibujo, muy mejorable en acabados, movimiento de las figuras y expresiones faciales, no ayuda mucho. Supongo que tiene un valor testimonial y poco más, es una obra claramente fallida.

No es mucho mejor el intento del italiano Igort. Si Chernóbil describe los trágicos sucesos que ayudaron al derrumbe del imperio, Cuadernos ucranianos nos ayuda a entender la fundación del régimen soviético. Casi desde el principio Lenin se enfrenta a la mayoría del pueblo ruso en general y a los campesinos en particular. Ese odio entre el estado y una clase a la que despreciaban pero de la que dependían para sobrevivir permanecerá y con el tiempo provocará terribles luchas en las que por supuesto los kulaks tenían todas las de perder. Toda esta historia ha sido descrita con precisión por diversos autores. El libro negro del comunismo, obra monumental e imprescindible, es una referencia obligada. O el espléndido Imperio de Kapuscinski, que dedica un estremecedor capítulo a la tragedia ucraniana. Allí cita los supuestos casos de canibalismo que las exigencias recaudatorias del poder central provocaron en la región. Las hambrunas ucranianas constituyen uno de esos escándalos terribles que debieran explicarse en las aulas al lado de horrores de similar trascendencia como el holocausto judío o el camboyano.

Así que bienvenida sea una novela gráfica sobre asunto tan ingrato. Su tema la excusa y en cierta medida la justifica, pero también aumenta nuestra nivel de exigencia. Lo cierto es que el autor no consigue estar a la altura de lo tratado. Primero por lo pretencioso del volumen, poniendo el énfasis en el dibujo y las divagaciones formales. No tengo problemas con su estilo pero sin duda un tratamiento más sobrio habría resultado más adecuado. Al menos podía haberse preocupado por la longitud de sus textos, en muchos casos con anchos de columna ilegibles. Luego apesta su forzada “objetividad”. ¿Se imaginan un libro sobre Auschwitz donde se diera voz a un miembro de las SS? Igort coquetea con la idea de que “no todo estaba tan mal” en la antigua Unión Soviética. Como lo que nos presenta son memorias de una serie de personajes ucranianos le parece adecuado incluir el testimonio de un adepto al régimen. Queda como una nota desafinada, más cuando intenta justificarse aludiendo a la actual situación de corrupción y abandono.

En fin, el álbum tiene una virtud indudable, más allá de su torpeza narrativa. Nos transporta al infierno. No sólo por los actos de canibalismo, que se presentan como cotidianos, lo más normal del mundo. También por la absoluta desolación que recorre las páginas. Asistimos a una interminable colección de desgracias y pesares, hombres abandonados de la mano de Dios que ven cómo sus vidas son degradadas por un poder inhumano que apenas les presta atención. Ahí es donde el autor consigue conmovernos, cuando se concentra en lo individual, en la tragedia de Nicolai, de Serafima, de María…

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