jueves, 7 de enero de 2010

EL ARTE DE VOLAR de ALTAMIRA y KIM

El arte de volar de Altamira y Kim
Edicions de Ponent.
Alicante 2009.
208 páginas, 22 euros.


¡VIVA LA MUERTE!


Admiro el trabajo de Kim y lamento que apenas le veamos ir más allá de su popular Martínez el facha. En mi memoria permanece una pequeña historieta que realizó para el primer número de Rambla, tremendamente sórdida. Contaba la historia de un tipo que vivía en una pensión miserable. Un día el protagonista tiene un lío con una mujer, a la que toma por un ángel. Todo el tebeo subrayaba la suciedad del sitio y la sordidez de sus habitantes, sobresaliendo el detalle de las bolsitas que el héroe tiraba al patio de luces, para librarse de sus heces. En ese entorno las escenas de sexo contrastaban de forma sorprendente, produciendo una desagradable sensación en el lector. Se necesita talento para transmitir ese malestar.


Muchos años después Kim nos ofrece otro trabajo en el que explora aromas parecidos. Aquí cuenta con la ayuda de Altarriba, que emplea un recurso ya ensayado por Gallardo hace años. Recupera los diarios de su padre y construye con ellos una historia. Si Gallardo se centraba en los episodios transcurridos en nuestra Guerra civil, separando con claridad las palabras del padre de sus interpretaciones gráficas, la vía de Altarriba es otra. Arranca con el suicidio del padre. Luego adopta su voz y el resto del libro es un largo flash-back en el que recrea toda su vida.

El arte de volar de Altamira y Kim, edita Edicions de PonentAl principio prueba algo que parece excitar mucho a Antonio Martín, firmante de la introducción. Me refiero a todo eso de “mi padre, que ahora soy yo…” y lo que le sigue “mi abuelo, que ahora es mi padre…”. En fin, una bobada muy grande que sólo sirve para liar al lector y que, afortunadamente, abandona pronto. Le cuesta algo más desprenderse de las largas parrafadas y las frases rimbombantes. Como: “Las luchas fraticidas que me han tocado vivir me enseñaron que los hombres no deben tener más pueblo que la humanidad” o “Así supe que la guerra iba a ser larga y cruel… porque las guerras en las que interviene Dios siempre lo son”. Como la Segunda Guerra Mundial, supongo. Lo peor de todo es esa voluntad de trascendencia, de resultar profundo a toda costa, saturando con textos un relato que funciona mejor cuando se deja que los hechos se expliquen solos. Por cierto, considero la valoración que Martín hace en el prólogo como tremendamente exagerada, no estamos ante uno de los “libros más sustanciales de nuestra historieta”. Ni de lejos.

La vida del padre no carece de interés. La dura infancia en el campo, la lucha en la guerra con los anarquistas, la huida a Francia, los campos de concentración, la resistencia, la traición de los amigos, la vuelta a casa, el abandono de los ideales, la frustración de un matrimonio sin amor, la decadencia en el asilo, la depresión y finalmente la muerte. Cuando nos dejamos llevar por la historia y el sólido (al tiempo que muy personal) dibujo de Kim el volumen funciona. Y bien.
Los problemas se derivan siempre de esa voz que intenta aportar sentido a una realidad que quizás no lo tenga. La visión es la habitual, con los anarquistas como guardianes de una pureza siempre traicionada.

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