viernes, 17 de junio de 2016

LITTLE TULIP, KOLYMÁ de BOUCQ Y CHARYN

Little Tulip de Boucq y Charyn, edita Norma
Norma Editorial, 2016.
88 páginas, 22 euros.

REGRESO A KOLYMÁ


A finales del siglo pasado, Jerome Charyn y François Boucq revolucionaron el mundo del comic con dos memorables álbumes, La mujer del mago (1986) y Boca de Diablo (1990). Veinticinco años después, vuelven a unir sus fuerzas.


Como entonces, fusionan en su obra elementos oníricos y una cruda realidad que no evita la cita a pasajes históricos que parecen obsesionarles. Como en Boca de Diablo, la acción nos lleva de la extinta Unión Soviética a Nueva York, de un presente plagado de enigmas a una infancia marcada por la violencia y la crueldad. Los autores han madurado y todo parece mejor, más sólido y rotundo que en sus anteriores entregas. También es cierto que han perdido en parte su capacidad de sorprendernos. Lo que en sus primeros álbumes impactaba por delirante o crudo, a día de hoy ha sido tan repetido y superado que difícilmente podría volver a causar el mismo efecto. Pero desde un clasicismo anómalo, tanto el dibujo de Boucq como el guión de Charyn consiguen fascinar al lector y transportarlo a unas tierras salvajes y aterradoras, el territorio de Kolymá.

Ya Ryszard Kapuscinski nos había hablado de ese gulag en su monumental Imperio. De su narración se deducía que era comparable a los campos de Treblinka o Auschwitz. Un infierno en la tierra adonde se enviaba a los enemigos del régimen para hacerlos desaparecer. En un momento en que algunos todavía aplauden la encarcelación de presos políticos y sueñan con trasladarnos a futuros paraísos comunistas, conviene recordar en qué consistieron estos en el pasado. Apenas nos suena Kolymá y es tan sólo un lugar más de una larga lista, el infernal archipiélago que con ironía y precisión describió Solzhenitsyn.

Little Tulip de Boucq y Charyn, edita Norma
Allí viajamos de la mano del siempre convulso Boucq, que nos sumerge en un mundo de venganzas, peleas y tatuajes. Del amor apenas quedan pequeños rescoldos, algo que todo superviviente de los campos confirma. Las emociones eran mucho más primarias y siempre conectadas al instinto básico de supervivencia. Con todo el protagonista entra en el campo de la mano de su padre y de su madre y hace lo que puede para reencontrarse con ellos. De alguna forma lo consigue, pero con dramáticas consecuencias.

El dibujo no desfallece en ningún momento y Boucq demuestra habilidad en escenarios, personajes y secuencias de acción. Tiene innumerables páginas que podrían emplearse como ejemplos de narrativa, donde resuelve pasajes realmente complejos. Como las dos planchas en las que el desesperado joven intenta asesinar al líder de la banda rival, un verdadero prodigio de expresividad y puesta en escena. O todas las páginas con la persecución nocturna por los tejados de Nueva York. El color acompaña y ambienta el relato a la perfección.

Si toda la parte penal es arrebatadora y veraz, no puede decirse lo mismo de la acción en “el presente” (en realidad en 1970). El héroe es un tatuador muy misterioso de indudable carisma. Pero la forma en que la mínima trama policíaca lo enlaza con su pasado es forzada y poco convincente. Y el final con la masacre y el fantasma dirigiendo a la joven protagonista, precipitado y decepcionante. El guión es muy interesante, su único problema es que la intensidad de los pasajes siberianos no se alcanza en la parte que transcurre en Nueva York, todo parece más rutinario y deslucido. Pero la media es altísima y el álbum perfectamente recomendable.

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