viernes, 17 de abril de 2015

LOS TALBOT DE NUEVO EN LAS LIBRERÍAS

Se ha publicado el tercer tomo de la serie Grandville, de Bryan Talbot, coincidiendo en las librerías con otro trabajo suyo realizado en colaboración con su mujer Mary.


Sally Heathcote - Sufragista de Mary Talbot, kate Charlesworth y Bryan Talbot edita La Cúpula, voto feminista mujeresMary M. Talbot, Kate Charlesworth y Bryan Talbot
Sally Heathcote. Sufragista.
La cúpula, 2015.
175 páginas, 22,90 euros.

Ya habían trabajado juntos antes en aquella excelente "La niña de sus ojos", revisión de las relaciones entre Joyce y su hija, allí Bryan ponía el dibujo y echaba una mano con el argumento.

Aquí la cosa ha estado más repartida. Aparentemente se han buscado una dibujante, Kate Charlesworth, y el matrimonio Talbot se ha concentrado en el guión. Mary Talbot es una especialista en asuntos de género así que aquí está en su salsa.

Se cuenta la historia de una sufragista ficticia, pero que sirve como excusa para ofrecer un panorama completo de la lucha de las mujeres por el voto en Inglaterra. 


Sólo por el tema merece la pena adquirir esta obra ya que va cargada de datos interesantes y no tan conocidos. Sorprende la resistencia del gobierno a modificar situaciones que a día de hoy nos resultan inconcebibles. También la implicación de mujeres respetables en la causa y sus colisiones con otros movimientos obreros, que entendían la lucha de clases pero no la de la mujer.

Por supuesto llaman la atención algunos de los procedimientos para hacerse oír, cercanos al terrorismo y que constituyen el hueso moral que la obra mordisquea una y otra vez. Ante ciertas injusticias ¿dónde están los límites de la protesta? Es difícil de determinar, sobre todo tras leer los pasajes dedicados a las huelgas de hambre de las sufragistas encarceladas, huelgas que concluían con su alimentación forzosa. Y no a través de un pinchacito como ahora, sino al estilo oca-paté: embudo y tubo hasta el estómago. El procedimiento era realmente repugnante.

Si el interés histórico del proyecto es indudable no lo son tanto sus valores narrativos. Se pasean demasiados personajes a los que no siempre es sencillo reconocer. Entran y salen señoras enfrentadas unas con otras en las diferentes corrientes partidistas y en ocasiones las peripecias vitales de la protagonista se desdibujan. Son muy de agradecer los pasajes en que acude a los mítines, la encarcelan o se echa novio, anécdotas concretas donde podemos situarnos con facilidad. Pero cuando representantes de diversas tendencias se ponen a discutir la atención se dispersa y continuar con la lectura se hace muy cuesta arriba.

Grandville 3 - Bete Noire de Bryan Talbot, edita Astiberri, asesinatos, pintura steampunk
Bryan Talbot
Grandville. Bete Noire.
Astiberri, 2015.
96 páginas, 16 euros.

Quienes hayan leído los dos primeros capítulos de Grandville ya saben que eso no ocurre en esta serie de animales parlantes, que alcanza su tercer episodio, y el cuarto.


Aquí Bryan Talbot es el absoluto rey de la fiesta y vuelve a demostrar su maestría. Como siempre, hay que sobreponerse al color, muy oscuro y cargado de brillos pero que, en cuanto comienza la lectura, pasa completamente desapercibido.

Nuevamente el inspector Le Brock debe viajar a París para resolver un caso que esta vez tiene como protagonista el mundo de la pintura. Varios artistas son asesinados y eso facilita una excusa para que Talbot nos dé su versión de unas vanguardias fin de siglo que ven cómo su momento pasa y están a punto de ser sustituidas por una nueva generación de pintores ¡abstractos!

De fondo subyace una amenaza dirigida por una malévola tortuga y sus amigos ricachos. Hay romance, comentarios sociales, se habla de pintura y de política y todo resulta chic y sofisticado, muy parisino, con esposas casquivanas incluidas. Talbot sigue salpimentando el fondo con personajes populares, que suelen adoptar roles sorprendentes. La estructura del guión es tan precisa y eficaz como acostumbra, una deliciosa pieza de relojería.

Sólo puedo ponerle una pega y es ese epílogo en el que explica el advenimiento de la pintura moderna como una conspiración capitalista. Al poner fin al realismo, se acabó la crítica a los poderosos, que fue sustituida por unas imágenes impopulares y que nadie aceptaba ni entendía. Talbot sostiene que la C.I.A. pagó a críticos y estudiosos y reservó espacios publicitarios para apoyar unas corrientes que sólo buscaban eliminar cualquier elemento combativo de la esfera artística.
El argumento es tan demencial que no necesita mayor comentario. Quizás él prefiera el realismo socialista. Por otro lado, cualquiera que oiga hablar a la mayoría de los creadores contemporáneos, lo único que escuchará será una sarta constante de ataques a las sociedades que los cobijan, empezando por figuras tan populares y bien remuneradas como el insufrible Banksy.

En cuanto al famoso problema entre Rivera y Rockefeller, que él califica como “vandalismo cultural”, creo que si el millonario pagaba todos los gastos, estaba en su derecho de decidir la decoración de su vestíbulo. Yo tampoco hubiera dejado entrar a en mi casa.

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