viernes, 21 de septiembre de 2012

Aventuras de un oficinista japonés. J. Domingo

Aventuras de un oficinista japonés - José Domingo
Bang Ediciones, Barcelona
2012. 120 páginas, 22 euros.

UNA Y OTRA VEZ

Siempre he pensado que los premios del Salón del Comic de Barcelona son muy útiles, ya que nos indican los tebeos a los que no debemos ni acercarnos. Como ha vuelto a ocurrir este año.

Gabi Beltrán competía por el premio junto a Tomeu Seguí con Historias de barrio, la obra con la que previamente habían ganado el Ciutat de Palma de Comic. Le sorprendía que en tiempos de novelas gráficas hubiese ganado un álbum perfectamente mudo, un argumento discutible. Su propio trabajo adolece de cierta logorrea y una tendencia a abusar del texto. Y a lo largo de la historia del comic no son pocos los tebeos extraordinarios en los que no se pronuncia una sola palabra.

Por otro lado, si a algo se parecen estas Aventuras de un oficinista japonés con las que el joven José Domingo se convirtió en el mejor autor del año a juicio del jurado barcelonés, es a la escuela donde se ha criado Beltrán: el archipiélago de Nosotros somos los muertos y compañía. Cuando pasamos las páginas de este silencioso y bonito volumen notamos la presencia de diversos autores, de Max a Fito pasando por su santidad Chris Ware. En la puesta en escena, con una constante repetición de la retícula de cuatro viñetas, podríamos citar a Brown y su mirada divina, ese encuadre axonométrico que aplana la perspectiva y apenas se permite variaciones en la planificación. Esa opción narrativa se explica en parte por la experiencia en animación del autor. De hecho creo que su forma de contar resultaría más adecuada para un corto que para un comic, donde cansa encontrarse invariablemente con el mismo mecanismo, página tras página.

Menciono las influencias no para sugerir que Domingo carece de originalidad o que su modernidad es sólo superficial. No, cada época trae determinadas costumbres formales, al menos en el campo de la ilustración y el comic. Max ha sido una poderosa influencia sobre numerosos jóvenes creadores y él a su vez reconoce sus deudas con autores como Meulen o Chaland. Sin problemas. Las “credenciales” de Domingo son impecables y sus esqueletos, árboles, colores y otros elementos gráficos podrían pasearse tranquilamente por cualquier número de la fallecida NSLM, la publicación radiante de Max y Pere Joan.
Viñeta de Aventuras de un oficinista japonés - José Domingo
Pero ¿en qué ha consistido esa influencia? ¿Qué tiene que contarnos el autor, cuales son sus virtudes narrativas o temáticas? ¿Qué han visto en su trabajo los sesudos miembros del Salón barcelonés? Ni idea. Me he obligado a releer el álbum para escribir estas líneas y ha sido aburridísimo. No quiero quitarle méritos a Domingo y le felicito sinceramente por su galardón. Ha realizado un tremendo esfuerzo para completar su obra pero como lector no consigo interesarme por ella. En absoluto. No es que dibuje mal o que no se entienda lo que cuenta. Pero estos relatos oníricos, estas exhibiciones de escritura automática, necesitan algo más para resultar soportables. No hay evolución, no hay reglas, cualquier cosa puede pasar, sale el autor que se retrata como un esclavo que ha vendido su alma a no sé qué perdido demonio, se acumulan las citas a la serie B y a los delirios digestivos y qué sé yo cuantas cosas más. Pero falta humor, chispa, verdadera sorpresa, imaginación. ¡Es una pesadez!

Como las desgracias nunca vienen solas, Seguí no sólo no gana el premio en Barcelona sino que además su programada exposición en Ses Voltes se aplaza sine die. Estaba prevista para la Nit de l’art pero al final no ha podido ser. Confío en que el año que viene se nos permita disfrutar de este proyecto.

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