RAZONES PARA VIVIR... ¡Y PARA MORIR!
Con poco más de un mes de diferencia nos han dejado dos gigantes del medio: el japonés Jiro Taniguchi y el americano Bernie Wrightson. Los dos habían nacido a finales de la década de los cuarenta (1947 y 1948, respectivamente) y alcanzaron un éxito global.
Empezamos a saber de Taniguchi cuando la primera gran oleada manga alcanzó España, a principios de los noventa.
Pronto empezó a destilar obras maestras que le dieron fama mundial. Entre sus imprescindibles yo destacaría: El almanaque de mi padre, El olmo del Cáucaso, K, La cumbre de los dioses y Seton. Su obra es mucho más extensa y no dudo que disfrutarán de sus otros trabajos. Pero estos son los que le sitúan en un lugar de excepción. En algunos casos él mismo escribió el guión, en otros se apropió de argumentos ajenos. Pero siempre mantuvo sus preocupaciones principales, destacando una reflexión constante sobre el sentido último de la vida.

Era algo más que un correcto dibujante, un gran narrador y un guionista interesante, era un sabio capaz de emocionarnos hablando de cosas cercanas, del amor, la pérdida y la memoria. Personalmente no comparto los babeos con sus obras más ensimismadas, como El caminante o El Gourmet solitario. Pero las respeto, como también me parecen entretenidos algunos de los mangas de sus inicios, más aventureros y macarras.
Supongo que será recordado por sus trabajos más personales, aquellos en los que encontró un lugar desde el que hablarnos de asuntos tan universales como humanos, a veces a través de animales y otras de escaladores. Se le ha catalogado también como “el más europeo de los dibujantes de manga”. No se pueden negar sus coqueteos con la industria europea. Ni las diferencias entre su obra y el resto de productos que nos llegan de Japón. Pero a pesar de ello sus intereses parecen tan íntimamente relacionados con la espiritualidad y los lugares comunes que asociamos con el país del sol naciente, que calificarlo de europeo resulta casi insultante.

Básicamente era un dibujante y, en algunas etapas de su carrera ni siquiera dibujó comics, solo ilustraciones, como su fenomenal Frankenstein. Era la época, mediados de los setenta, en que compartía estudio con otros tres genios del comic y la ilustración: Jeff Jones, Barry W. Smith y Michel Kaluta. Todos ellos han alternado trabajos en el mundo de las viñetas con esporádicas intervenciones en el campo de la ilustración.
Wrightson había aterrizado en la editorial DC en 1968. En 1971 firmó una de sus obras cumbre: La cosa del pantano, con guión de Len Wein.
Después saltó a Warren para apabullar a los lectores con un conjunto de historietas cortas que estaban a la altura de los maestros de la EC con los que lo había aprendido casi todo en su infancia. Adaptaciones de Poe y Lovecraft que permanecen en la memoria de los aficionados, al lado de brillantes muestras de horror firmadas por Bruce Jones y otros. Demasiadas para enumerarlas todas aquí. ¿Recuerdan Jennifer? ¿Y El monstruo de Pepper Lake?.

En años posteriores siguió trabajando y alcanzando al público de formas diversas. No solo a través de los comics, también con películas. Colaboró y dibujó adaptaciones de films como Creepshow y diseñó monstruos y escenarios para Los cazafantasmas y otras producciones hollywoodienses.
Ahora que tras su muerte tantos han insistido en catalogarlo como “gótico” (¿sabe alguien qué significa eso?) yo recordaría más bien otra característica de su dibujo, que sí asoma en incontables productos de los ochenta. Me refiero a su gusto por la casquería, por el desparrame de tripas y los monstruos de mil bocas cargadas de dientes y saturados de pústulas. Esa estética del exceso y la acumulación encontró un fiel reflejo en muchas fantasías de la época, entre las que destacaría el remake de Carpenter de La Cosa.
Hablamos del apogeo de una técnica que se desvaneció pronto, apagado su brillo por el de los emergentes destellos digitales: aquella mezcla de látex, silicona y mecanismos hidroneumáticos. ¿Cómo olvidar la transformación del Hombre lobo americano en Londres, o las sucesivas mutaciones de La Cosa y tanta otra viscosidad que vivieron su momento de gloria en aquellos años? Si quieren ver algo parecido en viñetas, no duden en echarle un vistazo al Spiderman de Wrightson.
El autor, es cierto, podía mostrar esa cara más clásica y negra cuya cumbre alcanzó en su Frankenstein o en historias cortas como su adaptación de El gato negro. Pero su enfoque nunca fue convencional, le gustaban los encuadres extremos y su visión era profundamente dinámica y cinematográfica. Atención a su trabajo con las sombras, nadie las alargaba distorsionando las figuras con ellas como él lo hizo. Manejaba a la perfección las texturas, ya fueran hojas, arrugas o agua y, aunque algunos lo han intentado, era muy difícil de imitar. Fue un gran maestro y lamentaremos mucho su pérdida.