viernes, 13 de enero de 2012

Príncipe Valiente. H. Foster.

EN LOS TIEMPOS DEL REY ARTURO

Príncipe Valiente. 
Hal Foster.
Planeta DeAgostini

No han abundado las historietas medievales, sin embargo las pocas que se han dibujado se cuentan entre lo mejor del medio. Ahora mismo asistimos a la enésima reedición de El Príncipe Valiente, la obra maestra de Foster.

Cuando alguien decide dedicar sus esfuerzos a la Edad Media el resultado suele ser abrumador, enormes sagas que sorprenden por su volumen y ambición. Es el caso de Las torres de Bois Maury, el monumental trabajo de Hermann. O La crónica de Leodegundo, obra maldita del cómic español, una historia que cuenta ya con docenas de álbumes a sus espaldas y que no ha conseguido salir del estrecho ámbito en que ha sido publicada. Con una reducida tirada en bable, Gaspar Meana no ha encontrado un editor que se anime a editar sus historietas en un idioma que le permita alcanzar públicos más amplios. Así que permanece enterrado en encargos que apenas le permiten sobrevivir mientras que una de las colecciones más interesantes que se han creado en España es ignorada por la mayoría. Una muestra más de la cortedad de nuestros editores que marginan un trabajo muy bien documentado y convincente en el plano dramático, una saga que se inicia con la entrada del Islam en España y que viaja desde Asturias hasta los confines más lejanos del imperio árabe, ofreciéndonos una visión completa y compleja de un apasionante momento histórico.

Foster compartía el amor por el detalle de los autores citados pero sus fuentes no eran tan fiables como las actuales y sus licencias, por tanto, mayores. En todo caso eso preocupa bien poco a sus lectores, que enseguida se dejan llevar por el brío de sus historias y la vitalidad de sus personajes. El creador de El Príncipe Valiente participaba de una tradición fascinada por los mundos del medievo, que se remonta al siglo XIX. De Morris a Viollet le Duc la mitificación de una época más bien desconocida servía a un diverso y paradójico conjunto de intenciones. Su idealización nos brindaba un paraíso en el que todo era realizado con cuidado y mimo y las relaciones entre clases eran más justas y humanas, una sociedad jerarquizaba en la que los dirigentes servían de espejo a imitar para los más desfavorecidos.

Esa fábula pasó de forma natural al mundo de la pintura. Howard Pyle, uno de los padres de la moderna ilustración, dio vida a las aventuras del rey Arturo y sus mariachis en un espléndido conjunto de láminas con elaborados tramados en B/N. Su alumno predilecto, N. C. Wyeth, ilustró las andanzas del sonriente bribón que robaba a los ricos para ayudar a los pobres, a todo color y con una saturación que anticipaba las locuras cromáticas del Robin Hood de Curtiz y Flynn. Película que presidía el conjunto de espléndidas cintas que Hollywood dedicó al tema y la época. Un año antes de su estreno, en 1937, Foster había abandonado Tarzán para hacerse cargo de sus propias historias en El Príncipe Valiente, ofreciendo unos contenidos que resultaban muy familiares a los lectores.

La ambientación histórica es poco más que una excusa para el autor. Desde ella nos muestra su visión del mundo. Un mundo en el que los más justos gobiernan y en el que, sin importar el origen o la condición, lo que cuenta es el valor, la inteligencia y un conjunto de valores que caracterizan a la civilización frente a la barbarie. Como señala Faustino Rodríguez Arbesú ese carácter metáfórico del relato se hace evidente en pasajes como el de la lucha contra los hunos. Dibujado durante la IIGM, expresa con claridad la posición del creador: cuando los bárbaros, un reflejo de los nazis, han sido vencidos el héroe se niega a participar en nuevas guerras de conquista. Su deseo, como el de tantos americanos, era evitar el conflicto. Intervenir cuando no queda otro remedio y retirarse con la llegada de la paz.

Más allá de esas metáforas sociales y políticas, lo que engancha de esta serie son dos aspectos, uno evidente, quizás el otro no tanto. El primero es por supuesto, el dibujo. Foster sobrevive a cualquier edición. He leído la versión remontada en B/N de Dólar, la recoloreada de Buru-Lan, la pastosa de Ediciones B y algunas otras también en B/N, pero supuestamente más respetuosas. Planeta, después de un primer intento fallido nos brinda ahora una edición bastante decente y ajustada de precio. Sí, lo que están sacando los americanos es algo más grande, pero no seré yo el que se queje. En cualquier formato Foster se muestra como lo que es: un dibujante formidable, un maestro de maestros. Sus mujeres son maravillosas, sus figuras tienen movimiento, domina el claroscuro y sus sombras son elegantemente limpias, su entintado y sus tramas son muy modernos, sus telas y plegados excelentes, su ambientación perfecta, etc. Todo lo hace bien, todo parece real y hermoso en sus manos. Pero es que a ese fenomenal talento gráfico debemos sumar unos guiones impecables. La apariencia anticuada de sus planchas, la ausencia de bocadillos que son sustituidos por textos a los pies de las viñetas, no deben engañarnos. Su narración es trepidante y enérgica, sus personajes dignos de aparecer en cualquier drama clásico. Combina a la perfección el humor y la aventura, la descripción psicológica y el apunte social, es un feminista avant la lettre y nos cuenta una historia familiar, con niños que van creciendo ante nuestros ojos, como no volverá a verse en un cómic.
Es uno de los grandes y para mi será siempre el mejor.

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