592 páginas, 40 euros
FINALMENTE, UNA BUENA HISTORIA DE LA ILUSTRACIÓN
El profesor de la Massana, Carlos Cubeiro, firma esta Historia de la Ilustración (y el dibujo) que viene a cubrir el enorme hueco dejado por los historiadores del arte.
Al fin y al cabo, no queda claro si eso de la ilustración es o no un arte. Un Arte con mayúsculas, se entiende. Un Arte serio, como la pintura o los perfomances. Quizás esa duda inicial sobre su estatus explique la ausencia de referencias a ese mundo en los estudios tradicionales de arte. Nadie quiere meter la pata hablando de artesanía, de pericias técnicas sin importancia. Pero, como nos recuerda Hockney en uno de los documentales que Cubeiro recomienda al comienzo de su libro, “la poesía no se enseña, pero la técnica sí; y ahora las escuela cometen el error de pretender explicar la poesía, olvidando la técnica”. Recuerdo algunos artículos de Gombrich sobre Steinberg o cuando cita a Abraham Games. O a Hughes, mencionando a Rockwell y no para hablar bien de él. En general se considera que la ilustración está en otra liga. Menor.
Pero hete aquí que llega un señor, hijo además de uno de los dibujantes de Bruguera, profesor en una escuela de arte (ya saben, de artes y oficios antes de que las “ascendieran” a escuelas de diseño) y demuestra que con mucha pasión y ganas se puede construir un tratado que aglutine con una explicación coherente los principales autores y las áreas de trabajo más relevantes. Les confieso que durante años fantaseé con la idea de escribir un libro similar, algo que me sirviera en las clases y aportara a los alumnos la información básica sobre los creadores que les precedieron. Ahora me siento como cuando Hughes explicaba su reacción como carpintero aficionado ante los grandes templos de madera de Japón. No le deprimía notar unas destrezas que él jamás alcanzaría. Al contrario, tanta magnificencia y belleza elevaba su espíritu y le hacía desear ser mejor carpintero. No digo que esta obra sea magnífica, pero sí muy disfrutable y tremendamente necesaria. Señala un punto de partida quienes vengan detrás deberán superar.
En el prólogo, Cubeiro define su método como poco académico, no se trata de construir una historia al uso sino de agrupar conjuntos de imágenes que le fascinan, comentar algo de la vida de sus autores y, sobre todo transmitir su pasión por productos gráficos que considera bellos y hasta la fecha subvalorados. Antes de este trabajo aparecieron obras muy sesudas sobre el papel de la mujer en la ilustración infantil o el cartel de guerra como elemento de propaganda, por decir algo. Es decir, ensayos en los que las ilustraciones eran irrelevantes, su valor se derivaba de los textos que acompañaban. Eso no pasa aquí ¡gracias a Dios!
Otro error habitual y que también esquiva el autor es la dependencia del arte. Se citan los carteles o las ilustraciones de pintores conocidos. Como si fueran necesariamente mejores que los de ilustradores que no tienen una carrera “artística”. Aquí no, Lautrec aparece entro otros muchos cartelistas, reconociendo sus aportaciones, por supuesto, pero también sus torpezas. Como esos rótulos que ponen los pelos de punta a cualquier amante de la tipografía. Alguien tenía que decirlo y ha sido Cubeiro. ¡Olé!
Hay un repaso por la ilustración científica, Leer más...

