viernes, 25 de septiembre de 2015

EDAD MEDIA Y CÓMIC

La Crónica de Leodegundo - el cómic de la Edad Media Gaspar Meana España Medieval

Las imágenes con que visualizamos la Edad Media hacen honor a su apelativo de época oscura. En sus representaciones cinematográficas y tebeísticas la evolución ha consistido en una progresiva incorporación de roña. 


De El Príncipe Valiente a Las torres de Bois-Maury lo primera diferencia que el ojo encuentra es la suciedad. Se acabaron las capas impecables de la corte del rey Arturo, bienvenidos los trapos hechos jirones y manchados de barro.

El realismo nos habla de una sociedad en la que unos pocos amos deciden el destino de muchos siervos en régimen de esclavitud. El Renacimiento supone el fin de la anomalía medieval, el triunfo de la razón sobre la superstición cristiana y su reinado de terror. En ese universo oscuro llaman nuestra atención los coloridos vikingos. Basta mentarlos para que acuda a nuestra memoria la imagen de un Kirk Douglas tuerto en la clásica película de Fleischer. ¡Ah, los vikingos, que tíos tan brutos, pero qué simpáticos, cuánto entusiasmo!

Repasando con Gaspar Meana los álbumes que componen el cuarto volumen de su magna obra La Crónica de Leodegundo (el mejor comic histórico que yo recuerdo), que la UIB lanzará a finales de año, le expresé mi admiración por las secuencias protagonizadas por los vikingos. Por supuesto, ya no pasean sus tradicionales cascos con cuernos. Hermann incluyó uno en su saga y tuvo que ponérselos argumentando que si no nadie lo reconocería como vikingo.

Gaspar, siempre fiel a la verdad histórica, prescindió de tan llamativo complemento pero se arriesgó a cometer un error aún mayor. Según me comentaba, no existen pruebas concretas de una incursión vikinga en Gijón como la que él relata. Pero lo hizo basándose en dos razones. Una era, si se quiere, argumental. Las convulsiones que se suceden tras la muerte de Alfonso II, que culminan con la aniquilación de sus seguidores, no podían explicarse sin la aparición de un factor externo, un suceso dramático que generase el clima necesario para las revueltas. Él supone que el ataque vikingo fue aquel factor. Pero además se apoya en ciertos textos que mencionan un ataque “crudelísimo”. Me explicó que los astures estaban acostumbrados a las incursiones de los moros, que eran tan numerosas que apenas aparecían en las crómicas. Que una en concreto se detallase y además expresando sorpresa por su crueldad, delataba, en su opinión, que no había sido lo habitual. Los hombres del norte se habían dejado caer.

La Crónica de Leodegundo - el cómic de la Edad Media Gaspar Meana España Medieval
Hay una serie televisiva que aborda el tema, una recreación terriblemente veraz de los usos y costumbres de los vikingos. Yo había visto secuencias sueltas de la primera temporada y encontré especialmente horrorosa la escena de los sacrificios humanos. De una manera muy inteligente el guión oponía la fe de un monje cristiano capturado por los bárbaros y temeroso por su vida, frente a la convicción arrogante de uno de los vikingos que sonreía mientras era degollado para complacer la sed de sangre de Odín y compañía. Gaspar coincidía conmigo en que el cristianismo, con todos sus excesos, al menos había traído cierta compasión frente a las prácticas anteriores, cierta humanidad. Cada vez más nos rodean muestras de neopaganismo, se recuerda que Todos los Santos ocultaba una anterior celebración de los muertos y que cada festividad cristiana es una suerte de engaño, frente a la romería original. Todo eso está muy bien, pero no olviden en que consistían aquellas fiestas.

Este verano tuve ocasión de zamparme, casi por sorpresa, la que supongo es la segunda temporada de Vikingos. Una noche se pusieron a echar un episodio tras otro, hasta dejarme sin aliento. Me admira la inteligencia del guión, al graduar la mirada del espectador, dándole pistas y preparándole para la gran escena. El héroe es acompañado por su hijo, todo un mocetón al que se le permite el honor de degollar a un enemigo capturado. Ahí se nos recuerda la importancia del valor, de no quejarse ante la adversidad. Si lloriqueas ante el verdugo no entras en el Valhalla, se siente. Se percibe la angustia en los ojos del joven, que teme no estar a la altura cuando el momento supremo llegue. De hecho, todos los personajes padecen ese mismo miedo existencial, dada la extrema dureza de su código ético.

Incursiones vikingas en la España del Medievo
El caso es que capturan a un reyezuelo con engaños y deciden sacrificarlo. Como “honor” le anuncian que le practicarán la ceremonia del “águila que despliega sus alas” (cito de memoria). El protagonista explica a su hijo en qué consiste: con un cuchillo se abren dos grandes huecos en la espalda del sujeto, se le parten las costillas con un hacha y, finalmente, se extraen los pulmones y se depositan sobre sus hombros, para que parezcan un par de alas desplegadas. Todo esto, por supuesto, con la víctima viva. Y, por supuesto también, sin que ésta se queje ni lloriquee, so pena de perder el acceso a la residencia de los dioses. Como el mismo condenado dice: “aseguran que es muy entretenido, sobre todo para el que lo padece”. En fin, el proceso se estira todo lo posible para que vayamos visualizando la salvajada, hasta que llega un momento en que apenas necesitamos verla para imaginarla en toda su crudeza. Como vuelta de tuerca final engañan al preso haciéndole creer que un traidor le ayudará a escapar. Cuando llega al patio están todos esperándole y él acepta con orgullo el suplicio.

El resto es casi insoportable. El realizador no se entrega a un delirio gore ni nada por el estilo. Pero como nos ha hecho partícipes de la angustia de la víctima, apenas necesita un poco de sangre o el ruido del hacha destrozando huesos para helarnos la sangre en las venas. El condenado aguanta hasta el final, y todavía tiene tiempo de exhalar un último suspiro cuando los pulmones ya han sido arrancados de su pecho. ¡Eso sí que eran fiestas!
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viernes, 18 de septiembre de 2015

STEVE DITKO: LO UNO O LO OTRO

Ditko Fanzine: The four pages series
34 pages all new Art # 2Oww 3Oww
Publicado por Robin Snyder y Steve Ditko. USA, 2015.
32 páginas, 4 $.

Este año las Converses Literàries a Formentor se dedican al mal y su presencia en los textos. Si alguien ha reflexionado sobre tal concepto en el ámbito del comic ha sido Steve Ditko.


A punto de cumplir noventa años, este verano publicaba otra entrega de la serie de fanzines a los que ha dedicado sus esfuerzos en la última década. También varios artículos que agrupa en el folleto The Four-Pages Series, ambos producidos por su amigo y editor Robin Snyder. Ditko, el creador de Spider-man y Dr. Strange, lleva toda una vida dedicado a discutir qué entendemos por bien y, consecuentemente, a qué denominamos mal. Como él mismo dice “no basta con saber contra qué luchamos, también es necesario saber a favor de qué estamos”.

Este verano leía en prensa un artículo de un conocido escritor que definía muy bien el estado de la cuestión. En el texto, con un estilo pretendidamente humorístico, se igualaba al atracador con el banquero, argumentando que uno y otro robaban.

Tengo la misma sensación cuando veo una fiesta popular tras otra colonizadas por hordas de demonios y otras ruidosas batucadas. Mientras, los santos correspondientes son intercambiables y tienden a desvanecerse. ¿Cuántas camisetas habremos visto con la bobada esa de “las chicas buenas van al cielo y las malas a todas partes”? Breaking Bad es la tónica. ¿Cuántos escritores y guionistas repiten que el bien es aburrido y el mal atractivo, que en la ambigüedad está la auténtica salsa narrativa? Gombrich, al explicar las razones del diluvio Universal, recordaba la “inconsciencia del pecado”. La misma idea del pecado nos resulta fuera de lugar. ¿Pecar?, ¡qué antiguo! ¡Tenemos derecho a divertirnos!

Ditko Fanzine: The four pages series
Esta deriva encuentra su perfecta expresión en el mundo del cómic. Ditko denuncia a los “anti-héroes”, héroes imperfectos que según opina no pueden actuar como modelReseña sobre Steve Dicko os. De acuerdo a esa idea creó a Mr. A y a Question, héroes racionales que siempre se atenían a estrictos códigos morales. La paradoja vino cuando varios de los personajes que él había ideado para la compañía Charlton fueron vendidos a DC. Allí fueron resucitados pero antes se pensó en que el británico Alan Moore jugara con ellos. Al final no quiso emplear los nombres originales y los transformó en un nuevo grupo que alcanzó fama mundial y que recientemente se ha adaptado al cine. Me refiero por supuesto a Watchmen. Merece la pena detenerse en esa mutación. Aplicando abundantes dosis de cinismo y crítica, Moore contó al mundo lo que pensaba de las ideas de Ditko, practicando una inversión de todos sus valores. Question, convertido en Roschach, era un psicópata asesino con traumas infantiles a quien le gustaba matar para aliviar sus frustraciones. Blue Beetle se convertía en el anodino Buho, que necesitaba ponerse su traje para mitigar su impotencia. El monstruoso Doctor Manhattan, un científico al servicio del gobierno que perdía progresivamente su humanidad, se derivaba de Captain Atom. Ozymandias, el hombre más listo del mundo, estaba dispuesto a liquidar a una buena parte de la población para salvar al resto. En fin, los héroes eran presentados como enfermos, sociópatas con problemas afectivos, vigilantes en quienes no se podía confiar, tipos raros que necesitaban vestirse con capas para sentirse superiores a los comunes mortales. Nadie estaba libre de pecado en Watchmen.

Aunque pagado con dinero americano (DC), la filosofía subyacente en Watchmen era europea, marcando una diferencia ya señalada por Ayn Rand, la filósofa que sirvió de inspiración a Ditko. Los americanos creían en el derecho a la felicidad, los europeos no. Los americanos creían que debían enfrentarse a los problemas para intentar resolverlos, los europeos esperaban a que el funcionario correspondiente se hiciera cargo del asunto. La cosmovisión de Moore era abrumadoramente negativa. En Watchmen la propia idea del bien había sido extirpada. Aun más, el mal no existía. ¿Contra quién luchaban aquellos tarados con máscaras? Contra sí mismos. No extraña que los lectores se entusiasmaran con el personaje de Roschach, el único que aún mantenía en su ADN parte de los genes implantados por Ditko, el único que no se rendía al final, dispuesto a enfrentarse al mal incluso a costa de su vida. Él era el loco y Moore lo liquidaba. Los demás callaban y seguían con sus vidas en una apología del crimen colectivo, del chivo expiatorio como elemento conciliador. Nada podía ser más opuesto al pensamiento de Ditko.
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